Elogio de la filosofía. De hombre a hombre

Que sí, jovencito, que la cabeza te la dio Dios, no sólo para ponerte la gomina en el pelo y parecer sexy, sino para que vayas archivando luengos conocimientos que te hayas ido labrando, a lo largo de la vida y la experiencia. Como si fueras una biblioteca ambulante. Tú me entiendes. Pues has de saber también, que además de soltar adrenalina, disfrutar placeres afrodisíacos, quebrantar las leyes mundanas y corromper las costumbres del colega, tienes algo que ofrecer, más que a esta sociedad orgullosa y pachucha, a ese enanito que llevas dentro que te dice a las veces qué clase de hombre podrías ser. Tienes una frente larga y ampulosa, en la que a lo largo de tus días se va acumulando sudor y sudor, porque ya conoces el versículo. O deberías. Y si no te gusta sudar por fuera, lo cual habla mucho de la pulcritud de tus rutinas, más vale que sudes por dentro, esas neuronas felizmente acomodadas en su Olimpo despótico, juzgando a placer desde su poltrona qué sabidurías merecen la pena capital y cuáles no son siquiera merecedoras de nacer, según su sagrado criterio. Al más viejo estilo totalitario que gobierna según los vicios de su voluntad. Porque en el ser humano, mal que les pese a muchos políticos que se metieron a filósofos, la única forma de gobierno que vale, la más eficaz, la más saludable e higiénica para el espíritu, es la monarquía. La monarquía de la razón.

Ya sé que me dirás que yo no conozco a los jóvenes, que parezco palurdo, correcto y desfasado, que ahora las modas se han desbocado y no puede seguir viviéndose como hace cuarenta años. O me lo dirías con otra jerga, como ves a mí también me han enseñado que vosotros no os detenéis en consideraciones metafísicas ni perspicacias de la gramática. El progreso ha pasado por alto todos esos desmanes, ha franqueado todas esas murallas por la vía rápida y ahora no hay más vuelta de hoja que valga. Sólo queda avanzar, aunque sea llevándonos el mundo por delante, y por supuesto predicando que utilizamos la cabeza, aunque no lo hagamos, y nos lo creamos como si el fortín de la razón fuera una trinchera tan simple. Cuando nacemos y nos llevan al colegio, y nos tiramos unos cuantos años mirando a los otros compañeros, casi sin darnos cuenta acabamos formándonos una imagen minimizada del mundo, un microcosmos donde todas las bravuconerías del pensamiento mal educado tienen un lugar digno y una consideración notable. Luego ya hacemos nuestros planes futuros, atravesamos las penas de rigor, enamoramientos frustrados, enemigos traicioneros, falsos amigotes del montón, profesores antipáticos, mayores que se pasan de listos, chiquillos que se las dan de mayores y mayores que se comportan como chiquillos. El panorama perfecto, con el idóneo narcótico de sexo salvaje y ligues postizos, para un tipo que se cree capaz de comprender el mundo y encasillar, como quien dice, a cada campesino en su granero. Los eruditos por un lado, esos que hablan tan raro, los monstruos por el otro, esos tíos que llevan suerte, y por último las jovencitas explosivas de una noche de cama y las ingenuas señoritas que, aunque simpáticas, todavía tienen remilgos para dejarse avasallar por el encanto masculino. Eso es todo. Seis mil años de Historia. O quién sabe cuántos.

No hace falta más, están los malos y los buenos. ¿Los matices? Sólo sirven para ocultar la realidad cuando conviene ocultarla, y para hacer bonito desde la tribuna cuando el político se pone de pie para hablar. Así parece que somos gente de talla, erudita, creando el mito del filósofo autista, que habla siempre con laconismo salomónico, aunque toda la facundia y el oportunismo sean de la galería y para la galería. Cultivar el espíritu va más allá de nuestras borrosas lentes, como si no pudiera haber algo de enjundia en la vida, como si tuviéramos nosotros un don especial de Dios, o de los ídolos, para arrastrar con nuestra prosa los ojos de la Historia y conseguir que por un momento los hombres se fijen en nosotros. Aquello lo hizo Platón, porque era él, y dejó detrás de sí una herencia para que futuras mentes privilegiadas, tanto como la de él, pudieran bromear con sus utopismos hasta aburrirse o traspasarlos a una nueva filosofía, naturalmente prestada. Pero era Platón, hombre antiguo, que no tenía televisión, ni partidos de fútbol, ni salsa rosa en que entretener su locura, de modo que no tenía más remedio que comerse la cabeza. Comerse la cabeza, desgastarla, erosionarla, sí, con tanta idea que inventó y con que procuró alumbrar a las generaciones, cegando a veces a algunas, para morir al fin bajo el auge de la civilización. Habría que comerse muchas más cabezas, más que cortarlas, más que aplanarlas equitativamente, más que aplastarlas bajo el yugo de la igualdad. Por desgracia el hombre le tiene tanto miedo al uso y a la erosión, que ha preferido dejarla de adorno, para el entretenimiento o para la repetición monotemática de opiniones que nunca cambian. Porque, junto con la libre expresión –valor fundamental que hasta un joven como yo lo conoce–, nos han colado la mentira de que todas las opiniones valen. Y eso no sólo es ignorancia de manual. Además es una estupidez de las más grandes que se han dicho.
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