Miradas que manchan

Yo ya no me acordaba de que estaba triste. Lo olvido con frecuencia, cuando me embriago del ajenjo diáfano de las imágenes que pasan frente a mí, transmutándose en mi retina como si fueran espejismo. Salgo por la tarde, fatigado, a que me dé el sol, con la cabeza descubierta y los ojos escondidos bajo unas gafas negras. La gente me observa al pasar, como si fuera un extraterrestre. Me palpo la cara por si tuviera algún manchurrón de helado de chocolate, pero no lo encuentro. Sigo caminando. Empiezo a pensar que toda esa gente que se me queda mirando, apuntándome con esos ojos preguntones, impertinentes, como diciendo: ¿qué has hecho?, está irremediablemente loca o no tienen otra cosa que hacer. Pero yo no sé lo que he hecho para que me miren así, porque ni yo soy tan guapo ni todos los ojos que me miran lo hacen con el pretexto de su juventud, en cuyo caso por lo menos se comprendería. Pero que me observen de esa forma a veces esas señoras marujonas de sesenta años, o lo que es peor, caballeros de corbata, camisa, chaqueta y pantalón, es algo que ya me empieza a inquietar. Más de una vez he sentido el impulso desequilibrado de alzar la voz y decirles: “¡Dejen de mirarme así! Yo no he hecho nada”, pero prudentemente he preferido bajar la vista, y seguir mis pasos sin fijarme en quien me mira. La gente que pasa sigue mirándome, como murmurando entre dientes: “Eso crees tú, que no has hecho nada”.

Quizás recuerdan a aquel joven amargado que salía por las noches a la calle, a eso, a mirar, pero no a mirar de arriba abajo a las jovencitas como hacen los que salen a ligar, sino a mirar de frente, con los ojos casi abrochados, el rostro arrugado, el corazón de piedra, los labios manchados de desprecio y la lengua enfurecida, dando saltos en su cueva porque desearía proferir insultos a todo el que pasa por su lado, y la timidez le cohíbe, o porque el lenguaje se le hace demasiado simple para expresar algunos sentimientos. Pero ese hombre, esa sombra de hombre, cuyo rostro a veces parpadeaba como una mala visión, ya no sale a la calle. Le deben muchas miradas, miradas indiferentes y desconocidas, que se posan sobre mí por unos instantes y luego se van, a asomarse a los ojos de otras almas. Sin haber reparado nunca en mí, sin haberse cruzado en mi camino jamás, me recuerdan, y son ellos los que ahora me olfatean con desdén, como diciendo: “yo a ti te conozco”. Pero no, no me conocen, ni siquiera conocían a aquella sombra indómita, con más angustias que días, que apuntaba atrevidamente a todo alma que pasaba, como dos pistolas recién cargadas, mirando a todos con desaire, aunque ninguno se diera perfecta cuenta de ello. Notarían mi aliento, no obstante, y sin duda al llegar a casa sentirían que se han manchado de la mirada de un hombre angustiado y antipático. Se limpiarían enseguida los ojos, las mejillas, yermas y solitarias, porque no han sentido la humedad de un beso ni mucho menos la de una lágrima. Hay personas que se jactan de no haber llorado nunca. Pobres diablos. Restregarían, ingenuos, hasta convertir su piel en polvo de serrín, y se preguntarían por qué hay manchas tan difíciles de quitar. Creen que en esa mancha de mirada intervienen fuerzas superiores. Pero no, a mí me han manchado muchas veces.

Yo voy caminando por esas calles sin saber con quién va la cosa, diciéndole por dentro a esa mirada impertérrita que va por ahí: “Caballero, usted se equivoca, yo nunca le he mirado así”. Pero las palabras no estorban el lenguaje de las miradas, y me miran hasta que se siente satisfecho de haber estigmatizado mi rostro con su desagradable atisbo. Yo vuelvo a palparme, pero no me molesta, porque ya hay muchas personas que sin saberlo me han mirado, y alguna que otra vez me han acariciado unos ojos amables, o se han posado los míos sobre alguna fugaz sonrisa. “Sigan ustedes su camino, miradas desconocidas, obsérvenme hasta desquiciarse, hasta quedarse ciegos, pero yo no quiero volver a mirar con esa cara de demonio”, pienso interpretando una sonrisa de amargura, casi verdadera. Hay miradas que matan, ya saben. Pero hay otras que resucitan. El hombre que se queja de que el coche se ha pasado el semáforo. La taquillera del cine que levanta los ojos joviales, sonríe y hace algún chiste malo. La dependienta del quiosco que no pierde ocasión de hacer confesiones al primer cliente que llega. Aunque muchas de ellas son alegres, no hacen daño, como las de muchos conocidos en las que la familiaridad ha quebrantado el placer de la ignorancia, ha destruido ese contacto filial entre almas que pasan a cercanos metros y te compensan con un pedazo de felicidad en honor al minúsculo momento de nuestras vidas en que se han cruzado nuestras miradas. Quién sabe si nos volveremos a ver algún día. O si alguna vez nos reconoceremos.

En el momento en que una mirada se cruza con otra, se cruzan dos destinos, dos montones de años acumulados, dos fortines de vivencias que han padecido ora miradas sanguinarias, ora chulescas, ora familiares, y que probablemente nunca han entrado en diálogo diplomático. Diplomacia entre almas. Eso es lo que hace falta en la calle. Pero hay muchos ojos que no expresan nada cuando miran. Y muchos más que se dejan mirar sin darse cuenta. En semejante plan se hace imposible, incluso a largo plazo, un futuro lenguaje visual donde las almas se reconozcan tan fácilmente unas a otras que no haga falta lucir un nombre de pila o expresar con torpes explicaciones lo que solamente está escrito en el corazón humano. Solamente los ojos dicen siempre la verdad, aun cuando mienten. Habrá quizás un día en que la mirada, por el camino que lleva la prostitución de la gramática, sea la única expresión perfecta del pensamiento. Pero mientras llega ese día, en la gran ciudad, en la corte playera donde resido, habrá todavía millones de miradas que se miren sin darse cuenta; miradas que harán daño sin saberlo, que salvarán la vida con su roce, que abrirán un paisaje aun más profundo que el que tocan nuestros dedos, allá donde sólo penetra la córnea humana y el iris delicado, lleno de huellas y curvas de colores profundos, sustituye a la belleza de los mares, las playas y las casas solitarias. Habrá muchos turistas, de todas las patrias, franceses, alemanes, italianos, ingleses, con ojos distintos, en cuyas retinas se imprimirán, siquiera por un instante, el rostro de caprichosos desconocidos que nunca han visto y a los que nunca volverán a ver. Quizás por eso hay tanta magia en la mirada humana. Tanto que ninguna vida sería lo que es si no la hubieran mirado ojos extraños.

Después de un público paseo, luciendo mi pensamiento impreso en la retina, regresa uno a casa con la sensación de que lo conoce todo el mundo, que lo odia todo el mundo, aun sin conocerlo. Quién sabe si esa mirada amarga del hombre que daba la vuelta a la esquina se debiera a su insoportable dolor de estómago, y han sido mis ojos inocentes los que han tenido que leer la cólera en los de él, ignorando el motivo. Pero es que el motivo importa un rábano, porque hay algunos ojos que se lanzan como venablos y se clavan irremediablemente en el retablo de la estética, ofendiendo a todo el que pasa por su lado. Sin ningún motivo. Como me sucede a mí. Pero... ¿será que yo imagino cosas que no existen en esos ojos de vinagre que desvergonzadamente luce ese hombre de ahí? ¿será que yo me engaño y ese hombre no nos está diciendo nada? ¿Qué ojos son los que no expresan nada? ¡Ningún hombre puede dejar de mirar, así como no pueden dejar de soñar! Ese tipo impertinente que me observa, sin saber que soy yo, un alma, el objeto de su observación, no es consciente de que mira por la pura necesidad de expresarse. Probablemente se dirige a su trabajo. Pero en el camino, sus ojos hacen también el suyo. Expresar en el brillo del iris esos sueños que le acometen por la noche y los demás mortales no conocemos, aunque él conoce de alguna manera en lo profundo de su espíritu. Si ese pobre hombre que me mira sin saber lo que mira, tampoco es capaz de soñar sabiendo que sueña, es difícil que alguna vez sepa si me ha mirado. Y si su mirada era la de un puñal que se clava despiadadamente en mi cuerpo. Pobre hombre, que sin leer en mis ojos sueña que me conoce, cuando lo único que hace es mirarse a sí mismo. Hablar consigo mismo. No asesinarme a mí. Mis ojos sólo son el espejo donde, turbiamente, se refleja su crimen.
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2 comentarios

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NUMINA
admin
22:11 ×

Samuel, me quedo con tres frases que me han llamado la atención especialmente, porque son grandes verdades: “Hay personas que se jactan de no haber llorado nunca. Pobres diablos. Restregarían, ingenuos, hasta convertir su piel en polvo de serrín, y se preguntarían por qué hay manchas tan difíciles de quitar.” “Solamente los ojos dicen siempre la verdad, aun cuando mienten.” “En el momento en que una mirada se cruza con otra, se cruzan dos destinos, dos montones de años acumulados, dos fortines de vivencias.”

Llorar siempre ha sido una actividad algo conflictiva para los humanos y a veces intento encontrarle una explicación a esto. Yo he pensado en varías teorías. Alguna vez he pensado que esto puede ser por miedo a ser considerados débiles por la sociedad. Otra es que tenemos miedo a ser considerados débiles por nosotros mismos. Y la última, algo más complicada de entender, podría ser una explicación biológica y psicológica: he leído que el llanto es de los pocos vestigios que nos quedan de nuestra etapa animal y que servía para llamar la atención de nuestros semejantes cuando estábamos en peligro; quizá no hayamos eliminado del todo ese componente psicológico.

Yo me inclino por una combinación de las tres. Miedo a lo que piense una sociedad de personas generalmente burlonas e infames, que sienten gusto riéndose de la debilidad ajena. Cobardes en grupo, sed de poder y de aceptación social, porque cuando alguien está solo y te ve llorar no lo comenta por lo bajo y se ríe. Miedo a nosotros mismos y a nuestro ego, que se puede ver dañado, y no por el hecho de llorar, sino porque el lloro es la manifestación exterior de un trauma, una carencia, un miedo... y recordarlo nos daña. Y quizá también un componente biológico, como los sueños en que nos sentimos perseguidos. Un vestigio animal. No nos vayamos a creer... somos animales, o evolución de animales: con menos pelo y más cerebro (algunas personas) Animales débiles, porque además de llorar cuando estamos en peligro, también lo hacemos por motivos sentimentales.

Yo lloro, claro, y no me gusta que me vean cuando lo hago, porque no nos gusta que sientan compasión de nosotros: dar pena, como se dice vulgarmente. Una canción (asociada a un recuerdo o persona, claro está) una fecha, un amor perdido, o uno no conseguido. Un fracaso, un “te quiero” o un “ya no te quiero” Y como ya dije antes tampoco me gusta llorar cuando no me ve nadie, no por el hecho de llorar; más bien porque el lloro es la manifestación externa de un dolor interno, así que llorar implica necesariamente estar recordando algo que duele. Me gusta mucho la psicología, no lo puedo negar. La mente humana es algo digno de ser analizado porque el ser humano es el único que se siente consciente de si mismo, que no se mueve como si de un conjunto de células movidas por las leyes naturales se tratase. Nuestra virtud es nuestra perdición.

Y otro tanto de las miradas. Para bien o para mal soy una persona sensible y todo lo capto, me afecta, me disgusta. Una mirada, un gesto, la forma de decir algo. Y aunque no veamos los ojos, o los gestos, por teléfono o en una carta es posible captar si quien te escribe miente o no, si está bien o mal a pesar de lo que digan sus letras. A veces no me gustaría ser así, vivir ingenuamente, fiarme de los demás y no darme cuenta de sus intenciones. ¿Nunca has intentado deducir la personalidad de la gente con sólo un simple vistazo? Se puede ver la prepotencia, la bondad, el carácter, la timidez, el nerviosismo. Pero no creo que sean miradas que manchan. Más bien son de curiosidad. Y es seguro que tu caminas sosegadamente, despacio, con pasos no muy largos, sin mirar al suelo, pero tampoco al frente altivamente. Con la mirada puesta en el horizonte pero percibiendo lo que sucede a tu alrededor y el semblante serio. La gente pensará que eres tímido y callado. Te revelaré que yo no se que hacer con las manos. Toda manifestación externa es una representación de nuestra personalidad. Debes de pensar que soy una persona muy rara por contarte todas estas cosas. Intenta atribuirlo a la soledad veraniega.

Saludos afectuosos.

NUMINA

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Samuel
admin
13:14 ×

Hola, Numina. Para empezar te contestaré a esto último que me decías, y es que si a otros puedes parecer rara, a mí me resultan familiares muchas de las reflexiones que haces. Quizás porque siempre he estado empeñado en conocerme a mí mismo, y sólo al que vive sin conocerse, hablando al tun tun, le parece extraña una persona que no sólo no se oculta sus sentimientos, sino que además se hace preguntas sobre ellos.

Con respecto a tus teorías sobre el llanto, te diré que en mi opinión no pueden ser más acertadas. Yo mismo, incluso, creo llorar cuando lloro por alguna herida pasada cuyo recuerdo siempre me causa el mismo efecto. Lo que decías, una canción, una fecha (aunque yo nunca las recuerdo) y sobre todo, los lugares de mi ciudad donde he vivido momentos agradables o angustiosos, las calles por las que he pasado... incluso, las épocas del año.

Es curioso también lo que decías de las miradas. Yo siempre le he dado más importancia a unos ojos que a un gesto o a un mensaje escrito, pero en el fondo pueden expresar lo mismo. Sin embargo, soy de la opinión que la mirada es más expresiva que unas palabras escritas por un chat. Aunque si se trata de un texto literario, o un sueño enigmático, te aseguro que no sabría decir qué es más sincero. El sueño, la mirada, el escrito... no lo sé. Pero me encanta la sinceridad de esas formas de expresión. Mucho más que la palabra oral.

Me preguntas si alguna vez he intentado deducir la personalidad de la gente con un simple vistazo. La verdad es que siempre lo he hecho, me fío más de los gestos que de lo que me digan. Incluso me han dicho que a veces da miedo ver cómo sé lo que sienten o lo que piensan otras personas antes de que lo digan. Soy impresvisible por naturaleza, lo mismo un día todo lo veo negro que al día siguiente estoy eufórico. A estas personas son a las que más cuesta reconocer lo que verdaderamente sienten, si no se las conoce muy bien. Porque a veces ni ellos mismos lo saben. A diferencia de lo que les pasa a esas mentes poco precisas que, a no ser que te haya sucedido una desgracia palpable, no saben nunca por qué estás triste. Y sin embargo, qué fácil es distinguir la timidez al primer golpe de vista.

A mí también me gusta la psicología, aunque nunca tuve tiempo de estudiarla. Siempre estos veranos calurosos me han hecho pensar más de la cuenta, y ya veo que no es sólo a mí a quien le pasa.

Un cordial saludo,

Samuel.

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