Un chico que vendía libros en la feria de julio

Me ha pedido un pariente, de estos a los que le gusta poco pedir favores, que vaya con él a vender libros a una de esas casetas de la feria. Yo que siempre he sido uno de esos jóvenes tranquilos, incultos contra su voluntad, de poco caudal además, que manosean libros, los ojean antes de comprarlos, y desentierran esos ejemplares que por clásicos o demasiado renombrados –no siempre leídos– el librero se resiste a vender, casi siempre mudo y con cara de hombre de pocas luces. Como es propio, aunque no me agradara mucho convertirme en dependiente, he tenido que ponerme detrás de un mostrador, en una de esas urnas u hornos donde igual que se cuece el saber y la ciencia, se derriten los que comercian con ellos. Porque entre esas tres maderas, de espaldas a la brisa del mar, hace un calor pegajoso, insoportable.

Desde semejante urna, que ya quisiera san Esteban tener una igual, veo pasar a una persona detrás de otra. La mayoría no traen cara de comprar libros, y los que la traen, han hecho sus compras en las grandes superficies. La gente sólo compra lo que le cuentan, y cuando le dan bombo y platillo a esas noveluchas de templarios y enigmas vaticanos, acuden a comprarlas como desesperados, por aquello de conocer qué se escribe y no engrosar las listas de militantes de la ignorancia. Había un escritor, un escritor nuevo, de nombre F. J., pasando calor en nuestra caseta, también pariente mío, y no dejaba de trastocar en el parapeto de volúmenes que unas horas antes habíamos preparado; cambiaba los libros de sitio, los abría, leía una frase de aquél, otra del de más allá, y se reía de las cursilerías y las mediocridades que se escriben. Aunque él sabe que la literatura no es cosa de niños, ni agencias publicitarias, conoce mejor que nadie que sin fama ni premios no hay escritor que valga en esta sociedad infantil. Y para ganar fama antes hay que tenerla, y para ganar premios... antes hay que tener fama; con que ocultos para los lectores del montón, la plebe obediente y correcta, allí estábamos mis consanguíneos y yo, vendiendo libros como si no tuviéramos otro porvenir en el mundo.

Desde luego se escuchan unas cosas, se cometen unas atrocidades contra el conocimiento y la mínima cultura general... Se ve todo tan bien, se ven esos criterios andantes que pasan señalando como niños, y que como estos, encaprichados con sus libros de juguete, acaban soltando la pela y llevándose a su casa un ejemplar de portada rústica con unas cuantas páginas emborronadas de prosa mercantil. También hay buenos escritores, que escriben bien, y hasta venden, porque en este microcosmos de la literatura hay que ser muy bueno o muy malo para vender algo; las medianías nunca venden, marginadas del orden social en un mundillo gobernado por la oligarquía del éxito. Hay quien como Losantos nada más que con su apellido flamante y su busto sardónico, fotografiado en la portada, congregan multitudes; otros, que como Mendoza o incluso Reverte, además del apellido y la catadura necesitan un título sugerente, que no sea muy largo, ni de tema muy fastidioso para el lector lleno de equipajes; y por último, hay los que como Vargas Llosa no necesitan ni de nombre ni de título ni de fama para que la gente no los compre. Lo van buscando, lo huelen en cada mesa, y cuando uno lee por casualidad ese nombre, el de ese escritor peruano, aunque fuera en letras pequeñas, se le suben las cejas y se detienen a acariciarlo como a un santo. Pero luego se largan, porque escribe demasiado bien. Vargas Llosa no hace demasiada exclusión entre el público, en eso es un hombre literario, que no admite recelo alguno, salvo el de esos maniáticos que juzgan al hombre antes por su criterio político que por su pluma consagrada y amplitud de miras. No digo ya si hablamos de cierto libro que publicó Cesar Vidal, titulado La guerra que ganó Franco, que no sé cuánta gente se ha parado a mirarlo y se ha ido luego frunciendo el mentón o murmurando blasfemias.

Como digo, allí las clientelas traen un humor y un aspecto de paseantes que de no ser el cansancio que supone pasar seis horas enseñando libros pasaría las noches en vela riendo a carcajadas. Como una señora, no muy vieja, que se atrevía a llamar novela a Los manuscritos del mar muerto, antes que al Código da Vinci, o esa otra inoportuna que nos preguntó por la curiosa exégesis bíblica Dios es ateo, un título que la lógica aristotélica hubiera desdeñado sin duda por innumerables motivos. Otra señora que pasaba por allí, con la sonrisa ancha y la cara de quien va a menudo a la playa, nos preguntó con sorna:

-¿Han vendido ustedes muchos federicos? –ojeaba el volumen con escrupulosidad ratonil, tras unas gafas enormes.

-Pues no vendemos muchos, señora –respondimos– Alguno se han llevado.

-Me parece que no le gusta mucho este hombre –le preguntaba a mi pariente, mirándome a mí de puro rigor.

-Sí, sí, sí que me gusta, oigo sus programas todas las mañanas –respondió, divertido, entonado con su tema predilecto.

-¿Lo dice usted en serio? –la señora tenía la convicción de que se burlaba de ella.

-Sí, claro, lo oigo siempre que puedo –constató, mientras inclinado sobre el mostrador hacía unas anotaciones.

-¿Sí? Pues yo me he pasado a la SER, que es menos radical. Este hombre da demasiada caña.

Sonreí. La señora se apartó de nosotros, enseñando sus dientes de vieja.

La catedral del mar es una tentación para el lector, y es de los que más se venden. La sombra del viento lo siguen señalando con el dedo, pero ya ha dejado de adquirirse. También la Autobiografía del motorista Valentino Rossi ha embobado a muchas jovencitas que llevaban prisa, pero que no han podido hacer menos que comprarlo, casi inconscientemente. El Código da Vinci ya lo tienen todos en su casa, así que ni lo compran ni lo miran. De Sánchez Dragó y García de Cortázar, la gente aguarda a que dentro de unos días vengan a firmar ejemplares. Y de los de César Vidal hay opiniones de todo tipo; los paseantes los ojean, los manosean, los devoran con los ojos, les dan la vuelta para ver el precio -naturalmente con descuento- y luego, frunciendo el ceño, se marchan enfadados, con ganas de llevárselos, aunque sin dinero. Entre tanto y tanto libro, mientras la luna cae sobre nosotros y el calor nos invade, observamos inmóviles cómo cada vez pasa menos gente por la calle, hasta que sobre la medianoche tenemos que echar el cierre. Regresamos a casa con las ganancias del día, satisfechos en cierto modo, todavía recordando a los pintorescos transeúntes que se paran a mirar más que a comprar libros, expuestos en una urna calurosa.
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2 comentarios

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NUMINA
admin
20:31 ×

Hola Samuel. Siento no haber podido comentar los artículos estos días, pero no miento si digo que no me ha sido posible hacerlo en este tiempo. Pero no te quepa duda de que he leído cuanto se ha escrito en ésta página. Mis ojos darían fe de ello en todo caso.

Debes saber que te comprendo cuando escribes sobre el habitual aburrimiento tan característico del verano, esa época del año tan fatigosa e improductiva para todos. Y hasta irónica; y no te imaginas cuanto. Por ejemplo yo debo estudiar durante nueve meses y esto implica tener que leer y pensar. Y cuando llega el verano, en vez de desear mirar para el techo y olvidarme de todo, lo que estoy deseando es seguir leyendo. Y pensando. Y aunque en un contexto diferente, la actividad sigue siendo la misma. No se, quizás cada persona tenga una forma de ser y no pueda renunciar a ella, pese a querer hacerlo algunas veces. Pero no podemos luchar contra nosotros mismos porque eso sería una empresa demasiado arriesgada para una persona que, como yo, muchas veces es incapaz de luchar contra pequeños contratiempos temporales y cotidianos como el que supone la soledad. Aunque de la soledad también se aprende mucho, sobre todo a no depender de los caprichos de otras personas, y que suelen ser completamente arbitrarios e irracionales. Pero a veces es tan cruel conmigo...

Pero te estaba comentando (volviendo a tus interesantes líneas) que el calor y el aburrimiento son dos poderosos enemigos estivales. Yo ni siquiera se muchas veces que hacer para que la etapa veraniega se haga más amena, ya que esto es a lo único que aspiro, al no estar en mi mano acortar la duración de los meses, o bueno, más bien de esa cosa que llaman meses, esa ficción humana que tan poco sentido tiene. Ni tan siquiera tienen todos la misma duración. Pues yo los “meses” de verano intento abordarlos desde la paciencia y el sosiego, paseando o leyendo porque ni tan siquiera mi ciudad castiza me permite disfrutar del lujo de sentir la brisa del mar soplando contra mi cara, por muy asfixiante que sea la humedad. Hasta mi ciudad me da la espalda en estas fechas. ¿Te lo puedes creer?

También me ha gustado mucho el último artículo que escribiste. No hay duda de que pareces una persona tranquila, y así lo demuestra tu redacción fluida y relajada, aunque permíteme que me atreva a aventurar que tu mente no es nada tranquila, sino más bien despierta y soñadora. Incuso esas cosas se pueden deducir de nuestra escritura, que no es más que un reflejo de nuestra alma, si es que realmente existe ese concepto ontológico. Una vez plasmado el halago, fiel a la realidad en todo momento, me gustaría comentarte que hay que diferenciar entre las personas que visitan las ferias de libros por hacer la visita de rigor, de aquellas que, aunque no compren, van a pasar un rato entre libros y libros que son hojas y letras donde se suelen plasmar historias personales, unas veces reales y otras inventadas, aunque no por ello de menor valor. Porque yo a veces he ido a alguna feria de libros adoptando ésta segunda postura, es decir, la de rodearme de tanto saber, sin estar por ello menospreciando el trabajo de quienes se sitúan detrás de esas urnas-hornos, como sí hacen, o eso demuestran, las personas que van a curiosear y a pasar la tarde. Como quien va al circo, a la feria o de tiendas.

Pero pobre gente. Creo que bastante castigo tiene con soportar su propia mediocridad como para que nosotros nos ensañemos. Me resultó muy curioso el fragmento de diálogo con aquella oyente de la SER que transcribes con tanto realismo en tu escrito. Por un momento me hice una imagen metal de la situación de tal manera que era como si yo hubiese estado allí mismo, entre los libros. Me gustó de veras. Ya me gustaría a mi poder escribir de modo que quien me leyese se transportase a lo que intento explicar con palabras. Eso te hace ser un gran amigo de la palabra. Termino ya, porque no pretendo hacer desperdiciar a la gente el tiempo leyendo mis memorias de una tarde de verano calurosa y aburrida. También siento que esto se haya convertido en eso mismo, en una transcripción de mis memorias casi a modo epistolar, cuando realmente debería haber sido un comentario a tus fenomenales artículos. Me parece que tu bondad se ve reflejada en ellos. ¡Tantas cosas dicen sobre nosotros las cosas que escribimos y la manera en que lo hacemos!

Un saludo muy afectuoso.

NUMINA

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Samuel
admin
10:11 ×

Hola, Numina. Dirás lo que quieras, pero ya me has alegrado el día con tu reflexión y comentario. Nos acordábamos de ti. Me identifico realmente con lo que dices sobre el verano y el aburrimiento. A mí siempre me ha pasado desde que era un niño que en cuanto me daban las notas y me metían en casa ya no sabía lo que hacer: ora ir a la playa, ora leerme un libro, ora pasear, ora escribir... Pero existe tan poca regularidad en lo que hago que difícilmente después puede decirse que haya hecho algo en concreto. La soledad, una vieja amiga, también me acompaña a todas partes, y aunque la gente le tenga cierto pánico, yo también he aprendido eso que dices. Mejor es estar solo que mal acompañado, que dice el dicho popular. Y además, después la compañía se disfruta más que el que siempre está rodeado de gentes. Porque conocer a las personas no es simplemente saber sus señas, sus gustos y cuatro detalles insignificantes. Además, aunque la soledad no sea un fin ideal, es un sano ejercicio para el espíritu y pocas veces he visto personas fuertes que no se hayan quedado más solos que la una en alguna etapa.

Me ha llamado mucho la atención que hayas advertido tantas cosas, porque eso demuestra que ya eres una lectora experimentada y sabes distinguir los tintes subjetivistas del autor. A mí me pasa, como supongo que a muchos, que cuando escribo algo apenas puedo mentir, incluso si se trata de un relato. Toda la escritura sale de experiencias que hemos vivido y de imágenes que guardamos dentro. Y si se consigue transportar al lector a la situación que uno ha vivido, ya está el deseo del escritor cumplido.

Es cierto también eso que dices de los libros, hay gente, incluso yo mismo, que sólo pasamos a mirar, a "estar entre libros", porque nos sentimos como pez en el agua. Aunque yo quería hacer el énfasis, más que en estos, en aquellos que los miran de lejos y hacen unos comentarios tremendamente descorazonadores. Si ven un libro demasiado serio, exclaman: ¡y para esto había que escribir un libro! ¡qué paranoias! Y otros comentarios así, que dan verdadera lástima. Aunque yo reconozco que a los vendedores se nos pega mucho el vicio de vender, y a veces hasta ignoramos que pueda haber causas mayores que le impiden al cliente hacer otra cosa que mirar el libro... jeje.

Ya termino, que yo también me extiendo sin quererlo. Muchas gracias por acordarte de nosotros y como siempre, un enorme placer leerte.

Samuel.

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