Sutilezas del microscopio

Acalorado lector, yo tengo una pena metafísica, de esas que tarda uno tanto en encontrar a lo largo y a lo ancho de la vida, de esas inoportunas que interrumpen la costumbre cuando menos te lo esperas y que, después de tanta lucha, de tanta discusión negligente, acaba uno olvidando por la superposición de otras lecturas. Empeñado en leer los clásicos, como ya había hecho Juan Valera con mis años, se me traspapelan los libros con otros libros más recientes en una rebosante mesita de noche. Homero, Cicerón, Cadalso, Clarín, Vidal, Reverte... lo llenan todo con su prosa cognoscitiva, edificando un monumento de diverso ladrillo. Respondo a una especie de obligación cósmica, un compromiso universal, o al menos, humano, con la naturaleza que me rodea y sus formas, y a cómo el hombre, desde su condición onírica en la tierra, ha descrito los parajes que ha pisado, las hazañas que merecían contarse o las ficciones que su intelecto aburrido barruntaba conforme se hacía más tediosa la estancia en la Tierra. Después de que la largura de los siglos haya prolongado la broma, aquí me encuentro escribiendo estas líneas, escuchando de fondo el Scheherezade, de Rimski-Korsakov, intentado recordar en esta atmósfera aquello que no hace muchos días comenzó a bullir en la sombría celda de mi alma.

Notaba yo, leyendo algunas novelas de este siglo postizo, tiempo adoptivo de unos hombres cansados de preguntarse cosas, que no cierran sin embargo el camino hacia el brote de una esperanza insospechada, que difícilmente podrían los colectivos concebir nunca esas ideas guardadas para quienes detentan la aristocracia del espíritu. Dudaba también de que hubiese en las manos de los políticos acicate alguno que encauzase el gusto infantil de las masas hacia un objetivo común, el de ser hombres distintos, cabales, cada cual a su manera y añadiendo a las enseñanzas de siglos las que ellos mismos hubiesen logrado aprender. Porque pensaba, allá sumergido en mis reflexiones, que en esta sociedad babilónica, con tanto y tanto desvarío intelectual enmascarado, con tanta y tanta manipulación del lenguaje, que ya no se evoca en ningún lugar la tradición atávica de lo que han ido aprendiendo los ancestros, y que tal vez valdría la pena adentrarse a considerar lo que nuestro frívolo entendimiento, súbdito del sofisma, llama hoy irrebatible con el tácito consentimiento de los demás, cómplices nuestros. No hace falta más que llegue un necio, quizás no militante pero sin embargo necio, y formule una duda existencial, haga una pregunta al aire y durante el coloquio los extravagantes razonamientos del vulgo se vayan por doquier, diciendo unas veces una cosa, y otras tantas otra, dándose aires de librepensador, cuando en realidad no son más que pensadores sin rumbo y multidireccionales. Dice la gente tantas cosas cuando indaga misterios.

No sé cuántas majaderías se han dicho desde que la política sustituyó al conocimiento y se mercantilizó que el arte era cosa de cualquiera. Y no sé cuántos valores contradictorios se ensalzan, no por el puro placer de ensalzar, sino porque de verdad son fervorosos de ello y hasta le ofrecen sagrado culto. Cabe, por ejemplo, la rebeldía, la rebeldía contra un sistema rebelde, que no deja de ser el latido intrínseco de una sociedad posmoderna, sin nada de novedoso ni que se aleje de las medianías. Pero se nos antoja innovador, profundo, como si las edades hubiesen aguardado tanto tiempo para contemplar tal derroche de triunfalismo extravagante. No media el sentido común, ni hay lucidez de pensamiento, ni nadie posee la verdad absoluta, excepto los que reconocen de cara que no la tienen, aunque luego la prediquen. Pero somos rebeldes, como reza la canción. No sabemos contra qué, porque a estas alturas de rebeldía social, la revolución ácrata y amoral ya debería haberse impuesto y no habría necesidad de mencionar esa palabra. Mas a los revolucionarios les entusiasma pegar gritos entre los que vociferan, hacer locuras en los manicomios, y en vez de rebelarse contra el pasado anacrónico, se levantan contra el permanentemente antiguo presente. Es una monomanía del tiempo, le tenemos tanto apego a las cifras... Y estamos tan insatisfechos colectivamente, unos más que otros.

Pero gracias a Dios que no todo el mundo es así, porque hay mucho individuo entremezclado entre la masa, que pugna por alejarse de ésta, que intenta definirse, desemparedarse, reconocerse a sí mismo, tomar solemne conciencia del mundo, aunque se vea manchado, grotesco y en postura espatarrada, como la cucaracha de Kafka. Hay muchos hombres, que sin sentir desmedido afecto por la humanidad, piensan de modo distinto al inmortalmente antiguo dogma -que si no muere es porque lo odian tanto- pero que aborrecen por igual la fruslería y la vanidad, el juego tonto de quienes han asumido que el ser humano, por gregario, por estúpido y esclavo de sus pasiones, no puede vivir sin ellos. Como si la historia no estuviera repleta de hombres que han ido contracorriente, pero ellos solos, sin la festiva muchedumbre posmoderna que se ha propuesto ir contra sí misma, pero toda junta. Eso de la soledad es una droga maligna para la voluntad, pero también puede ser un analgésico que lo libere del agobio que supone que todos estén de acuerdo con uno. La mayoría de hombres, sobre todo los que hablan de alta política sin ser políticos, asumen que haya personas que piensen distinto a él, unas cuantos géneros, cinco, seis, a lo más siete, pero que no sean demasiados, porque si no ya se hace difícil contarlos y catalogarlos. Ya vuelve la matemática distribución de los hombres libres. En el enorme catálogo de mis contertulios de internet, casi todos se podrían decir paridos de la misma madre, aunque la Naturaleza, por naturaleza inteligente, no ha hecho dos hombres iguales. Por lo menos se hacen adoptar por una misma madrastra. Una oligarquía de madrastras.

Se hace cada vez más complicado encasillar a nadie, pero cada vez se hace más necesario por el primitivo afán de entendernos unos a otros. El hombre se niega a reconocer su originalidad, su espíritu libertario, tiñéndose con los colores de la tierra, de la sangre, del nombre y la circunstancia postiza que lo trajeron al mundo. Y la mancha sobre la mancha, que ha ido superponiéndose durante siglos, dibuja hoy un prodigioso espectáculo de surrealismo, creando simetrías con personajes de la historia, despintando pensamientos, trastocando las órbitas de las corrientes filosóficas, desnudando a los ideólogos reconocidos y vistiendo de un áurea luminosa a los que no tenían nada bueno que decir. Tal es el arreglo, el desaguisado histórico, sin numen que mediase, que ninguno de nuestros modernos microscopios es capaz de separar cada bacteria por su lado y asociarla a unas características distintas. Porque el ojo del científico, cansado de observar por siglos tan análogos microbios, ahora prefiere jugar con ellos, falsificarlos, encerrarlos en laberintos imposibles, atribuirles ingenios que no tienen y confundir por fin sus identidades, trasmutando sus miembros de uno a otro.

No sé hasta cuándo estaré viendo a los hombres como a las caprichosas bacterias que nacen, aman, sufren, luchan y maduran por el ojo de un microscopio. Puede que viera mejor a los hombres si observara sus actuaciones por defecto, y los encasillara en tópicos que algún escritor demiúrgico hubiese dejado caer en este escenario sin orden ni concierto, aunque si bien con una estética imagen y un sonido literario, cuando menos, elegante. Leyendo también se descubren cosas, que los lectores a veces son más caprichosos que el propio escritor, y le cambian el rostro a los personajes cuando les conviene. Ya se nos enseñó que el narrador era un personaje más, determinante incluso en las novelas de ficción, pero ahora descubre uno las intenciones que trae el que lee, elucubrando el interior de protagonistas que no conoce, pero cree que conoce, porque en su vanidad de lector intangible conjetura que las novelas no son como son, y depende de quien las lee. Tiene parte de razón. Pero sólo el autor tiene autoridad.
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