La odisea parisina

Al viajero que piensa que ha afrontado muchos peligros e infortunios, al sufrido turista, siempre quejoso de que no hay almohadas en su habitación del hotel, permítame que le diga que hay muchas formas de viajar. Y muchos modos de visitar ciudades emblemáticas. Las agencias tienen la mala costumbre de ofrecer a su clientela un complejo programa de visitas, confeccionado desde hace varios meses, redactado con una prosa publicista que al español avieso y castizo, con su olfato escrutador de fraudes y engaños baratos, debiera olerle bastante mal. Pero no, también a nosotros nos timan como a chinos. Era un viaje a París algo tentador, aunque íbamos en grupúsculo y sin demasiadas libertades. Desde el momento en poner el pie en el autobús, coincidieron muchas personas acostumbradas a viajar y también muchos novatos. Todos tenían aspecto de turistas, llevaban pantalones cortos, gafas de sol, y la mayoría traía la fisonomía del español paleto y de pantuflas que no ha salido a la puerta de su casa. Con la simplicidad y la desconfianza más primeriza, bien que nos quejamos del autobús; los asientos son estrechos, el aire acondicionado no funciona, el conductor va dando tumbos. Así no llegaremos a París, nos quedaremos en el camino. Gente que no se conoce de nada crean amistad durante el viaje, sin levantarse de sus asientos; la queja viciosa es una forma común de despertar el aprecio entre desconocidos.

Apareció el que había de ser nuestro guía turístico, un hombre pequeñito, de lengua amanerada y simpatía fingida. Desde el principio trató de hacerse el gracioso, para mitigar nuestra histeria viajera. A muchos convenció de que todas aquellas quejas no se salían de la normalidad, que todos los viajes eran así y que no teníamos que preocuparnos de nada. Habló mucho, durante todo el viaje, mientras cruzábamos la vasta meseta, y no dejó de presumir de haber vivido diez años en la Ciudad Luz y conocerse el mapa de Francia como la palma de su mano. Le escuchábamos embobados, o mejor dicho, le oíamos sin escucharle; al fin y al cabo nos había caído gordo. Su elocuencia viajera, sus anécdotas fuera de tono, sus chistes verdes, lo hacían demasiado ridículo, demasiado facundo para que nos lo tomáramos en serio; pero los más de nosotros creímos todo lo que dijo. Decía el buen hombre, -nos dijo que le llamáramos Paco-, que hacía aquel trabajo por devoción durante los veranos, pero que en la vida civil era profesor en un colegio de niños con deficiencia mental. De aquello habríamos de acordarnos, porque nuestra memoria hace eco hasta de la más minúscula palabra del que vamos a juzgar. Su trato con los viajeros, decía, respondía a la más compleja psicología, y él había estudiado algo de eso. Durante todo el camino de ida, en que no dejamos de ver pasar pueblos y soportar infortunios de carretera, estuvimos escuchando a Paco como quien oye hablar a un político. Su labia atemperaba nuestro corazón incómodo, que no dejaba de dar botes en cada bache; nos encendíamos en ira, nuestros ojos se abrían irritados, pero su charlatanería falaz, su carisma antipático nos embriagaba en una atmósfera ficticia, sumergiéndonos en el ensueño de la falta de incompetencias y desgracias. Yo iba callado, sentado en un asiento cualquiera, mirando por la ventana y escuchando en mi Mp3 canciones francesas de moda para ponerme en ambiente. Con un rápido vistazo contemplaba el panorama con melancolía, con una cara triste y mirando de lejos al afectado palabrero, en cuyo tono de voz ya se discernía la falsedad. Estaba deseando que se acabara el viaje, pero su teatralidad lo mantenía inmóvil, hablando por aquel micrófono chirriante.

En todo viaje llega un momento en que los viajeros, todavía hipnotizados por la labia del guía, despiertan de ese sueño dogmático y empiezan a pensar por sí mismos. Lo que importa no es lo que dijera aquel deslenguado, que más de una vez descargaba sus culpas en nosotros y se quejaba de las inclemencias del oficio; lo trascendente es que nos estábamos asando de calor. El autobús llegó hasta Tudanca, en la localidad de Burgos, y allí se paró. Era la hora de la comida, un almuerzo concertado en un hotel lujoso nos hizo olvidar los disgustos, pero en el intervalo se habían llevado el autobús al taller, y habían llamado a la agencia para que enviaran otro autobús desde Madrid. Cuando nos vinimos a dar cuenta estábamos perdidos en aquel pueblo apartado de Burgos, rodeados por un desierto estremecedor. Paco también se había ido, no estaba en ninguna parte. Ni teníamos nadie su teléfono. Teníamos que pasar la noche en Burdeos, según el programa. Sentados en el soporte de las ventanas, veíamos pasar las horas en la más absoluta inactividad, mientras se recalentaban nuestros sentidos y aquel sol angustioso, provinciano, desahogaba sus rayos sobre nuestras cabezas. Durante la espera también los viajeros se gastan muchas bromas y nace entre ellos la complicidad. Uno se recostaba en un poyo de la terraza, augurando que el guía ya se había olvidado de nosotros; otro decía que ya podíamos seguir por aquella carretera y ahorraríamos tiempo. En el fondo nuestros ojos estaban apagados y nuestra risa era dramática, cargada de calor y misterio. El coloquio de la espera se hacía fragoso en el silencio, parecía que el viento era pesado. No dejábamos de movernos por miedo a convertirnos en un cuadro, ora nos tumbábamos, ora nos levantábamos, ora comprábamos una botella de agua de máquina, ora andábamos de aquí para allá, recordando con nostalgia nuestra casa. Un hombre, apoyado sobre una columna, se levantó y miró hacia al cielo, como si de repente hubiese quedado prendido de una espectral visión. Buitres, dijo. En efecto, por aquel cielo límpido y desnudo sobrevolaban un par de sombras simétricas, dando vueltas en círculos, como si dibujaran un reloj. Tal vez nos están esperando a nosotros, dijo uno muy chusco que no dejaba de bromear. A su ocurrencia le siguió una carcajada general.

Después de tres horas de espera, cuando llegó el autobús, con el chófer y el guía, los viajeros nos acercamos en masa, con cara de pocos amigos. Allí estaban aparcados a la sombra, dos autobuses; uno de ellos el que habían llevado al taller, otro el que venía de Madrid. El guía, perdido en interminables preámbulos, trataba de decirnos que el arreglo no era seguro y que el aire acondicionado podía estropearse otra vez. Pero la cosa no estaba para disculpas ni políticas. Había allí un malagueño, de bigotes indignados, ojos saltones y dedo amenazante, que levantaba los brazos al cielo gritando que iba a llamar a la agencia. Y todos los viajeros, en mitad del aparcamiento de aquel hotel del desierto, rodeaban al guía pidiendo explicaciones. Se oyeron insultos, muchos renegaron del guía, también la tomaron con el conductor. Era éste un señor bajito, regordete, de acento festivo y unas canas deslumbrantes, que vestía una camisa descolorida, casi desabrochada, por la que asomaba un sudoroso y peludo pecho. El hombre se quitaba las culpas de encima, pero la masa irracional, indignada, mordedora, lo injuriaban como al guía. Por incompetente y presumido. Una vieja pelirroja a quien su familia llamaba la tía Herminia abrió su enorme boca y con su voz de borracha arremetió contra Paco, contra la agencia, contra los autobuses, contra los aires acondicionado, proclamando en tono triunfalista... “¡Justicia, nosotros no somos borregos! ¡Somos personas!”. Aquella vieja encabezaba la revolución, viajeros de todas las clases y caracteres levantaban las manos, miraban al guía con sorna, exponían razones, murmuraban insultos, y embutían toda la cizaña alimentada en sus cabezas impacientes durante tres largas horas de espera, acechados por los buitres. ¡Qué espíritu revolucionario, qué belleza tan irracional y qué valores tan profundos! Porque no hay nada más peligroso ni más inteligente que un tonto cuando descubre que los demás lo tratan como a tal. Habríamos linchado al guía y al chófer allí mismo, pero aquella pequeña representación no era para tanto. Sólo eran unos incompetentes. Y de ellos está plagada España.

En el autobús, de camino a Burdeos, recordando a aquellos españoles indignados, protestando en el desierto, enfrentándose con su desparpajo paleto contra aquel pico de oro, empecé a pensar en la sutil representación en pequeño que había querido hacer la Providencia en aquel autobús. Un montón de gente del vulgo, sin demasiado mundo pero con los pies sobre la tierra, guiados por el cayado de un pastor que los embauca con su elocuencia politiquera. La ocurrencia no podía ser más cómica, y los que como yo se sentían espectadores, en lugar de intérpretes, podían apreciar con precisión aquel sarcasmo del demiurgo. No todos lo sabían, pero España entera viajaba en aquel autobús, y en aquel estrechísimo espacio cabían a un tiempo el espíritu revolucionario de la guerra de la Independencia, como la natural oposición a las dobleces de nuestros políticos posmodernos. Nunca había visto mejor ejemplo en miniatura, en aquel microcosmos estaba todo, o al menos, un tenue reflejo de lo que es el carácter español en su conjunto. Bajo la inerte mirada de aquel secano cubierto por el sol, evocaba yo a esos hombres que, aunque castizos e ignorantes, no perdonan a quien ha estado engañándoles por tapar las ineptitudes de sus superiores. Pero Paco aun guardaba mucha astucia para el resto del viaje. Había sobrevivido a aquélla, y en vista de que sus presunciones y sus chistes malos ya no endulzaban el viaje, tuvo que recurrir a otras políticas que nos resultaran desconocidas. Lo mismo que hacen ahora nuestros políticos para ocultar sus errores, o los de sus mandatarios. Empezó a contarnos una historia de que todos los viajes son iguales, que siempre hay inconvenientes –una tartana para ir a París no es un inconveniente, es una irresponsabilidad, aunque el viaje fuera barato-, que si surgen problemas imprevistos que ni él ni nadie puede solucionar, etcétera, etcétera. Nos tragamos la historia, y volvimos a caer en el ensueño, después de que halagados por el aire acondicionado y la tranquilidad imperante, parecían que se habían calmado las aguas.

Pero a mí cuentos no, todavía habríamos de ver que aquel guía, que no dejaba de echarnos la culpa de todo y luego pedir comprensión, cometía un montón de torpezas unas detrás de otras. Durante el trayecto a París siguió bromeando de todo un poco y empezó a hablar a los viajeros de los monumentos que habríamos de ver. ¿La tumba de Napoleón? No vale la pena. ¿El tercer piso de la Torre Eiffel? Tampoco es necesario. Y así fue sacándonos un centenar de monumentos que no habríamos de ver, repitiendo constantemente un antipático “no vale la pena”. En otras palabras, nos llamaba incultos y estúpidos, diciendo de esto y lo otro “eso es para los que estén interesados en Historia”, “aquello para los eruditos que estén interesados en Arte”, con que daba entender que los que allí viajaban, incluido cierto profesor de filosofía que se ofreció a ilustrarnos sobre lo que íbamos viendo, éramos unos turistas ignorantes que sólo viajamos por el orgullo populachero de contar entre los amigotes que hemos estado en París. Pero París bien vale una misa, que dijo cierto monarca francés, y yo diría que tres misas se le hacen poco. Aquellos rudos españoles, recogidos de todas partes de España por un autobús viejo y destartalado, habían de manifestar interés hasta por lo que antes ni hubieran imaginado, sólo por rebelarse contra aquel guía obstaculizador. Una tal señora Marcela se empeñó en ver la Saint-Chapelle, de la que el buen Paco había dicho que no valía los diez euros de la entrada y que no la veríamos. Le dimos las gracias a Paco. Todo un detalle que tuvo el caballero.

No crea el lector que habían cesado al llegar a París nuestras penurias. Estrenábamos autobús y conductor. No le tenía mucha simpatía al tal Paco, así que aludió a la ley que permite a los conductores descansar nueve horas durante la noche. En una ocasión que teníamos una visita programada al Moulin Rouge, aunque opcional, el espectáculo se prolongó y el autobús tuvo que esperar hasta casi las dos de la mañana. El guía se la había jugado al chófer. Al día siguiente, el chófer se la jugaría al guía. Amparándose en dicha ley, no salió el autobús hasta las doce y media de la mañana, con que llegamos a todas partes con retraso. Hicimos una visita rápida a la catedral de Chartres. Y luego fuimos volando a Fontainebleau; primero decían que para ver los jardines, porque el palacio ya no daría tiempo, pero al final sólo llegamos a ver cómo los guardas sacaban las llaves para cerrar las puertas. La indignación fue esta vez monumental, pero el conductor ni se inmutó; esta vez era el guía el culpable, el que no nos advirtió con antelación de que Fontainebleau quedaba a dos horas de Chartres en autobús, y que dirigirse allí con el tiempo justo para el cierre era una solemne estupidez. El guía renegó, se quitó las culpas de encima, habló del conductor, de la agencia, de la mala organización, de causas externas que sólo podemos atribuir al azar de que se estropeara el primer autobús. Vimos ahí los efectos del político acorralado, cuando la charlatanería ya no le sirve de nada, frente a unas puertas cerradas y un grupo de turistas que te observan con desdén. Nos acordamos de las horas que pasó en el autobús echándose flores; pero ahora su iniciativa profesional y su sentido común nos dejaron bastante que desear. Ya no tenía perdón, ni comprensión. Ahora al recordarlo sólo sentimos lástima, pero en aquella teatral metáfora aquel hombre representaba a toda una agencia. Y él era el único responsable.

La guinda del viaje llegó el lunes cuando, cumpliendo puntualmente el horario, contando las horas con enorme picardía para no tener que hacer dormir al conductor menos de la cuenta, llegamos a las puertas de Versalles. Todo el día había transcurrido sorprendentemente con normalidad. Fuimos a la Sainte-Chapelle por la mañana, escuchamos en Notre Dame los ecos de un órgano subterráneo, visitamos el Panteón, donde están las tumbas de Voltaire, Víctor Hugo, Dumas, entre otros muchos. Leí en la tumba de este último una nota que alguien le había dejado, que decía escuetamente: Ah, si vous etait là!. Recordé entonces las tardes que había pasado leyendo Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, y pensaba que aquellos grandes best-sellers eran cosa de otro mundo, nada que ver con el que habitamos hoy, ni con el que habitaron nuestros padres. Hay mucha poesía en cada gran obra, pero muy pocas veces la hay en la vida real; este viaje tenía tanto de poesía como de oportunismo, parecía que alguien moviera los hilos desde arriba y proyectara que todo nos fuera de mal en peor. Como decía, la apoteosis llegaría el día de Versalles, después de una mañana completa en que por primera vez pudimos ver, desde afuera del autobús, los edificios, palacios y jardines más emblemáticos de París. Tan pronto como llegamos, nos sorprendió que no hubiera colas en la puerta ni coches en el aparcamiento. El grupúsculo, casi siempre disperso, se acercó tímidamente a las puertas. Leímos en un cartel, amablemente escrito en varios idiomas, que los lunes cerraban. El guía había renunciado a justificar su ineptitud, acusando que todos los viajes son iguales; cuando las falsedades se hacen tan evidentes, ya no pueden sostenerse, por mucha mano izquierda que tenga uno. Echó las culpas a la agencia por hacer una mala programación y nos invitó a reclamar; él se sentía tan viajero como nosotros, probablemente, pero no era esa la imagen que teníamos de él, gracias a su pedantería.

El hombre nos detuvo en seco, y como solía hacer, pidió que le guardáramos atención; nos invitó a que subiéramos a un trenecito turístico para visitar los jardines. Aunque aquello no entraba en el programa, decidió pagarnos el paseo en tren a modo de compensación por encontrarnos el palacio cerrado. Todos aceptamos la amabilidad de Paco, el charlatán que desde un principio había querido quedar bien, pero que ya empezaba a revelar signos de vergüenza. Mientras esperábamos a que el guía pagara la entrada de todos, hicimos algunas fotos y observamos en el cielo, no ya buitres, sino otro símbolo de mal agüero: unas nubes oscuras, francesas, se acercaban hacia nosotros y el viento fresco, amenazador, soplaba con un bufido patético. No, no puede salir bien, ya veréis cómo nos llueve, dijo un incorregible pesimista. Y llovió. Tan pronto como estuvimos embarcados en el trenecito y se puso en marcha. Pero no era una lluvia cualquiera, de esas que a veces llaman a las puertas de Alicante, en días contados e inverosímiles. Era una tempestad feroz, preparada por la fatalidad desde que comenzamos el viaje, y desde antes de que a Paco se le ocurriera subirnos al tren. Aquello era una confabulación, una conspiración universal; pronto empezaríamos a buscar al Jonás causante de nuestros males para echarlo del grupo y disfrutar tranquilos del viaje. Todos pensábamos que era el guía. Se nos había hecho objetos de un castigo descaradamente merecido por la incompetencia de nuestros dirigentes. Al final es todo el grupúsculo el que paga el pato, al igual que pasa en las naciones. Pero aquello era un crimen, sí. Pulmonía con premeditación y alevosía. En el viaje de vuelta a casa la pelirroja doña Herminia vendría quejándose de que no se trajo ningún souvenir de Francia, tan sólo un desapacible resfriado. En Versalles acabamos calados hasta los huesos. Una señora que había junto a mí, empezó a reírse cuando sonó el primer trueno, y ya no dejó de hacerlo hasta que bajamos del tren, justo cuando terminó la lluvia. Su risa era maléfica, enigmática, escondía en cada nota un brote de locura, como si aquel contubernio diabólico ya hubiese empezado a dar sus frutos. Pronto se cambiarían nuestras miradas y dejaríamos de reír a carcajada limpia. El guía, que había hablado y presumido en demasía, pugnó su culpa, y vio que los elementos de la naturaleza son más poderosos que la labia, la experiencia y las mentiras.

Pero de mi estancia en París y sus alrededores no sólo he recabado adversidades, esto tan sólo es un episodio crítico que nos acompañó durante el viaje, y como sucede en cada período de la existencia, permaneció en espíritu y en carne tan cerca de nosotros que, aun manteniendo en cierto modo el sentido común, empezamos a desconfiar del azar. París está por encima del devenir de los hombres, de los retoños de un país trasladados en místico ensayo a otro país; por encima de los siglos y las generaciones, con su carácter y su clima propio, igual que el espíritu ingénito que asiste cada situación. La Ciudad Luz, en pleno siglo veintiuno, a pesar nuestro, aún conserva el espíritu de la guillotina en la place de la Concorde, y resulta sencillo al viajero pensativo imaginarse en aquellos pasajes el clima de la revolución francesa, las convulsiones metafísicas que por medio de la sangre y el desbarajuste trazaron el camino hacia la nueva época, el nuevo Tiempo, imperfecto, fatal, inevitable. Pero allí fue donde tembló por primera vez el pensamiento humano, después de siglos de clausura, causando sucesivos terremotos. Mas prefiere uno alejarse recatadamente de esas reflexiones, perderse por alguna callejuela sencilla de Montmatre, leerse Le Figaro sentado en la terraza de algún café, mientras miras a la gente pasar de acá para allá, comprando cosas, sin saber qué espíritu los acompaña, seguros de sí como si la fatalidad no fuese tanto o más peligrosa que el azar. O si no encontrarse una noche cualquiera en el baton mouche, sentado en el piso de arriba, rodeado a un lado y a otro de jóvenes parejas chinas, mientras sale una voz de la megafonía, que te dice en tu propia lengua, aquí está esto, o aquí está aquello. Y después de que estás un rato sentado, te sorprende la luz de la torre Eiffel, como un rayo del cielo encerrado en un vaso de cristal. O tal vez aquella cena melancólica en el Meteora, del barrio latino, comiendo musaca y viendo a los camareros interpretar un baile griego. Aquel París nocturno de la orilla izquierda del Sena, o si no la lóbrega espiritualidad de Notre Dame, mientras lo atraviesas respetuoso y callado, escuchando un órgano en las alturas; es lo que hace a los hombres olvidar lo funesto, a veces, desgracias muy racionales y concebidas, aunque las más de ellas sean tan perfectas que ya no reparamos en que suceden. Pero será que también hay dichas premeditadas y yo no me había enterado. En París, al menos, de todo hay. Tiene que haberlas.

Después de nueve días en la capital francesa, he llegado a casa con la maleta llena de libros, la cartera algo más ligera que antes y la mente un poco más ancha que cuando salí de aquí. Descargo mi equipaje, intento poner orden en el montón de novelas francesas que he puesto sobre la cama: L'education sentimentale y Salammbó, de Flaubert, L'avare, de Molière, y Le chevalier du Maison-Rouge, de Dumas. Por la ventana penetra un sol angustioso, provinciano. Qué calor. La tarde invita a recostarse sobre la cama, a olvidar por unas horas que he vuelto a la patria sedentaria, donde las calles están llenas de obras, los niños tiran los chicles al suelo y los camareros me hablan en castellano. Ya no me llaman monsieur, ni por equivocación. Hasta el bibliotecario, que se supone que debería dar un trato elegante, me mira de reojo y me dice “¡Espérate, chaval!”. Esto es España, no hay duda. Se levantan edificios sin orden ni concierto, como un insulto a la armonía y la estética francesas, allá donde menos se adhiere, ya se levanta un hotel lujoso de no sé cuántos pisos, ya se planta un campo de golf donde no hay hierba y apenas llueve. Aquí parece que las cosas no se muevan, que todo está en su sitio y lleve así miles de años. Cierro mis ojos rendido, escuchando la Overture 1812, de Tchaikovsky, mientras el autobús atraviesa la place de la Concorde. Desde este profundo sueño todavía me pregunto por qué siempre oigo la risa estúpida de aquella señora del trenecito cada vez que cierro los ojos.
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