"¡Los políticos son todos unos ladrones!"

Las cafeterías cierran los domingos por la noche. Casi siempre que paso frente a una de ellas, veo a algún camarero de aire malhumorado, limpiando los desperdicios que la clientela deja sobre las mesas y por los suelos. Adentro, hay todavía un par de solitarios transeúntes tomando café, mientras el dependiente les increpa desde detrás del mostrador para que apuren sus tazas. Una joven delgada y atractiva pasa la escoba por el local, a la vista de todo vagabundo que pasa por la calle. ¡Qué reluciente, qué luminosidad hay por allá adentro, mientras en las calles anochece! ¡Quién fuera uno de esos solitarios bohemios que se resisten a abandonar su rinconcito del café, pues de tan distraídos que están ya no saben si el camarero que les zarandea es de verdad o elemento vulgar de su ensueño! Yo me había comprado un libro, como todas las tardes de domingo. Esperaba en esa parada de autobús, tan querida por mí, en la que tantas cosas me han pasado, a que llegara el número seis.

En la parada del autobús había un montón de viejos pensionistas, de pie o sentados, prudentes o charlatanes. Tenían trajes variopintos, como de otra época; se quejaban en esa lengua tan amanerada que tanto nos sorprende a los jóvenes. Me llamó la atención un esbelto anciano, de apariencia humilde sin embargo, que vestía un traje de invierno y asustaba a todo el mundo con sus gafas prominentes. Apoyaba sus manos en las caderas, no tenía donde ponerlas, y en aquella posición, soberbia y augusta, juzgaba a los demás transeúntes como si fueran diminutas hormigas que se disponía a aplastar bajo su pie. Se movía a un lado y a otro, sin variar la posición de los brazos, esperando a que llegara el autobús. Los otros hombres que aguardaban no estaban callados, como yo, que en una esquina aislada, había abierto mi libro por la primera página, escuchándoles de lejos. Hablaban de política, como suele ser. ¡Son todos unos ladrones!, exclamaba un hombrecito gruñón, mientras meneaba el báculo, dando a entender que se refería a los políticos. Le hablaba a aquel canoso gigante, no sé muy bien cómo ni por qué premisas había ido a parar a aquélla conclusión. Pero el hombre seguía repitiendo, con ánimo indignado, ¡son todos unos ladrones, ladrones! ¡Que no le echen ahora las culpas a Zapatero! ¡Todos son iguales! Su exaltación espontánea recogía la mitad del pensamiento hispano. La otra mitad, tan diversa y desordenada, nadie ha logrado expresarla.

El otro hombre, el de los brazos en posición de samovar, le daba la razón. Pero parece ser que había empezado musitando maldiciones contra el presidente Rodríguez, y el otro, prisionero de una irritación castiza, había puesto el énfasis en el todos. Continuaron monologando por separado, oración característica a la que se han consagrado los viejos, prescindiendo de normas y propósitos, y que los jóvenes hacemos ya casi sin darnos cuenta. Las esposas de los que conversaban, atentas a sus maridos, no se fijaban en las palabrotas que decían. Miraban la una y la otra en las arrugas de la chaqueta del vigoroso anciano. Se hacían confidencias, que es lo mismo decir que murmuraban a sus espaldas; les hacían daño aquellas arrugas del traje verde, que las manos del buen hombre oprimían contra su cuerpo; eran tan feas, le hacían tanto daño... Enseguida siguieron hablando de las costumbres caseras de sus maridos, que en casa hacen esto y lo otro, como si no se hiciera lo mismo en todos los hogares. Hablaban de sus actividades domésticas, que siempre salen a colación; lavar la ropa, tender la ropa, planchar la ropa... Parecían ajenas al notable contubernio de sus maridos, que ya bromeaban, ya discutían, forzando a que otros ancianos, ávidos de conversación, formaran corrillo en torno a ellos. El viejo del bastón señalaba a la pantalla electrónica, no funcionaba bien. Antes quedaban siete minutos para que llegara su autobús, ahora quedaban veintisiete. ¡No podía ser! ¡Dios mío, estos aparatos modernos! Estuvo apunto de sacudirle a la pantalla electrónica con el bastón y hacerla añicos. En aquellos momentos se enfrentaba la tecnología con su lógica y experiencia pardas. El tiempo siempre transcurre hacia delante. Nunca hacia atrás. Él lo sabe muy bien.

No me enteraba de nada de lo que estaba leyendo, y eso que traía el firme propósito de no atender a aquella corte de andariegos paseantes, de la que está poblada la Explanada. Eran las nueve y media de la noche. A esas horas sólo van por la calle inmigrantes y mendigos, que arrastran sus bártulos amarrados a una mochila que llevan a la espalda, buscando con la mirada un portal donde dormir. Hace un poco de frío, sopla desde el mar una brisa nocturna, y el silencio urbano de aquella céntrica parada de autobús sólo se turbaba por el motor de algún coche que pasaba. En la carretera parecía que los basureros hubiesen regado, pero sólo era la noche y la humedad. Algunas gotitas de lluvia habían caído por la tarde, tan imperceptibles que casi no habían llegado al suelo. En las mesas de una cafetería había dos pájaros de muy mala catadura, sucios y barbudos, llenos de tatuajes por todo el cuerpo. El uno tocaba una guitarra, el otro un acordeón, y se les oía de lejos, como si quisieran crear un ambiente afable y dominguero; no tocaban del todo mal. Yo había oído esos guitarrones que de repente comienzan a chirriar en un silencioso vagón del metro de Madrid, pero en Alicante siempre ha sido difícil encontrarlos. Tan sólo algunas veces, cuando no hace mucho frío, puede encontrarse una familia de violinistas, al parecer de aspecto oriental, que tocan Las cuatro estaciones u otras piezas de música clásica. Suelen ponerse a mitad de la calle Maisonave, o junto al Mercado Central. Quizás son violinistas distintos, y yo me confundo. Pero su música, entre estos edificios, cuando ya casi anochece, parece la misma... Es tan melancólica.

Por fin llegó el autobús que nosotros esperábamos. El señor de los brazos en forma de samovar se separó del hombre del bastón; se despidieron, con un adiós provinciano. No se dan los messengers ni las direcciones del correo postal. Ancianos que se detienen a conservar de política hay en todas las esquinas, y no se echan de menos. Retienen tan sólo el instante pasajero de la espera, y se conforman con ese minúsculo espacio de tiempo; prolongar aquella amistad hubiera alterado sus repetidas costumbres, no era cosa para entrar en relaciones sociales. Quédese el buen anciano con su bastón, y el otro viejo, de los brazos en forma de samovar, que me acompañe en mi autobús. Se sentó casi al principio del autobús, y yo lo hice junto a otro anciano, cadavérico, silencioso, que por un momento se había quedado mirando el título del libro que me había comprado. Penas del joven Werther, debió de leer para sus adentros. Ignoro si pensó algo más, pero apartó de mí la vista y en cuanto tuvo oportunidad se sentó en otro asiento, pues se encontró con un amigo. Yo guardé el libro en la bolsa, había desistido de concentrarme. Lo que había leído me halagaba, desde hace años me atraía esta obra tan singular y que tanto aborrecen los padres del razonamiento, la sensatez y la fuerza del optimismo. Había pensado leérmela en poco tiempo, y fue tan sólo llegar a casa, y pasar la noche con una lámpara pequeña encendida y con los ojos enormes, abiertos, clavados en la delgada novela, de la que no hacía si no pasar páginas con asombrosa rapidez. Empecé a dormirme conforme avanzaba la noche, prisionero del amor del joven Werther, que tanto se deleitaba en la contemplación de Carlota. Apagué la luz, soñé tranquilo, y a la mañana siguiente, tan pronto como el sol penetró por las rendijas de mi ventana, cogí entre mis manos otra vez el libro, abrí los ojos y me puse a leer hasta concluirlo. ¡Ah, qué corto se hace el tiempo, amigo! ¿Y si hubiera entrado en aquella cafetería vacía, iluminada, rebosante de ruidos de platos, con el ir y venir de los camareros estresados, al final de una jornada agotadora? Para aquellos hombres de mirada perdida debió de ser muy corta la velada. Enseguida los echarían a puntapiés. Y volverían, seguramente, a sus casas, tomando el camino más largo, y retomando de nuevo la poética expresión de sus amores descompuestos, que un mal camarero habría interrumpido, anunciando que iban a cerrar el local. Ea, ni a los desgraciados les dejan disfrutar la noche.
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