Leer un periódico local en agosto

Soportando yo una de esas interminables sobremesas agosteñas, después de un café bien cargado, echándome rendido sobre el sillón preso de una estival molicie, acaba cayendo, por no sé qué ocurrencias de la suerte, un periódico en mis manos. En verano suelen ser muy graciosos los artículos que se escriben; tal es la improvisación y el ostracismo acalorado que inspira a algunos periodistas, cuando de la forma más natural del mundo nuestro cerebro comienza a actuar como si le costase moverse y le chirriasen las neuronas, en pugna prudente contra un agobio masticable. Pero ello, cómo no, queda mucho mejor por escrito; todo escritor o articulista comienza haciendo una referencia al calor de este inacabable mes de agosto, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo o como si su musa fuese esclava del calor. Hay quien se cansa como yo de estar cansado. Y se cansa de la inactividad, afanoso de que acaben las vacaciones. Es una locura estival como otra cualquiera. No se exalten.

Leo en el periódico Información, de ámbito local, a un señor llamado Manuel Avilés que tuve el disgusto de encontrarme en la pasada feria del libro. Su fotografía me hizo gracia, así que me decidí a leerlo. Con su habitual prosa de orador grandilocuente e insoportable, describía la compleja tarea que supone pasar un verano en casa; fiel a la costumbre, o mejor diría, a la enfermedad que azota a todo hombre enamorado de la noticia, refería el buen Manuel de modo cronológico su inalterable ritual mediático. De siete a ocho, la Ser. De ocho a ocho y media, la Cope. Y exponía en lo sucesivo, con una sorna y malignidad que quizás salvan sus apreciaciones ingenuas, cómo se le soltaba la mala leche y tras una ducha fría acababa cambiando de emisora. Hablaba luego de los incendios, de la guerra del Líbano, de los sionistas, de George Bush y otras noticias importunas que acaban penetrando, de una manera o de otra, en el sacrosanto espacio de las cuatro paredes de su casa. Cuando acabo de leer el artículo, me sonrío. Aquel hombre de voz refinada y ánimo aventurero nunca puede suscitar entre sus lectores, como no sean patriotas de poco sentido del humor, ninguna otra cosa. Muy sagaz el artificial Avilés, su prosa es clara y hasta parece ligeramente heterodoxa. Eso que la izquierda llama políticamente incorrecto, pero que si somos sinceros sólo lo era de hace veinte años atrás. Hoy es al revés, como todo el mundo sabe.

Paso la página de opinión, y me encuentro más opinión. Fernando Delgado, hablando de los incendios y el chapapote. Juan José Millás minusvalorando las condecoraciones de los militares, en efímera columnilla dedicada a Gunter Grass. Vaya por Dios, que exclamaría uno de esos estómagos delicados. Sigo pasando páginas, en dirección a la sección de cultura. Tal vez allí haya algo de interés. Para eso se compra un periódico de ámbito local, excepto los que sólo pagan un euro y pico para lucirlo en el café o porque ya no queda papel higiénico. Es costumbre de algunos pueblos, según dicen. En cultura no hay mucha cultura de interés. Estreno de Alatriste y Los Borgia. Por lo que cabe esperar del cine español, más vale pasar página. ¿Videojuegos? ¿Second Life? ¡Al diablo! Pasemos. Artículos de viajes, no dejan nunca de estar mal, pero tras mi odisea casi prefiero no oír hablar del asunto, sobre todo cuando el articulista, ¡pobre infeliz!, resume las inconveniencias de los viajes en el contacto con lenguas extrañas, gastronomías exóticas y a menudo, culturas diferentes a la Occidental. Ojalá sólo fuera eso, porque hay veces en que ir de aquí a la esquina puede convertirse en verdadera tortura, oyendo a todos hablarte en castellano y expresar los mismos gustos culinarios que profesa nuestro paladar. No hay que irse tan lejos. Ni derrochar tanta imaginación. Pasemos página.

Se encuentra uno, después de un rato de lectura de periódico, si no está completamente dormido, que ya no queda nada que hacer. Perdido entre tanta página, acabo cerrando el periódico. Pese al rumorcillo de la televisión, siento que se me va yendo la vista tras la niebla de la tarde, y que la imagen albina, tomando un tono sepia, comienza a desdibujarse. Era la hora en que yo suelo sentarme en la cama con un libro entre las manos, pero ya no puedo. Incluso algunas veces me había atrevido a escribir, con el estómago lleno y el sol apuntando mustiamente al papel en blanco. Pero ya no es momento de eso; mi pluma resbala temblorosa, mis dedos se me cierran y mis ojos, sedientos de inmortal sueño, se amparan a la sombra de los párpados. Por algo dicen los articulistas que ésta no es época para dar la lata a los hombres de bien. Ni siquiera es momento de pretender estar informado, cuando las propias noticias, montadas o ciertas, se van de vacaciones. Y sin embargo, la máquina del mundo no ha dejado de moverse. No podría el hemisferio norte detenerse presa de la fatiga y dejar que el sur siguiera rodando, siguiendo fiel el curso de los planetas. Pero, esperemos. Parece que ya asoma septiembre por la puerta. Pasemos página de una vez por todas.

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