Sobre teles y novelas

Mientras España arde, física y metafísicamente, los veraneantes acuden con normalidad a sus trabajos diarios: bailar toda la noche, dormir durante el día, ir a la playa por las tardes..., entre otras cosas. Después de todo, nada ha cambiado de ayer a hoy; el sol sale todos los días, la poltrona sigue donde la dejamos, en la tele siguen contando sus chácharas estivales y nosotros nos las seguimos tragando. Pueden quemarse si quieren más de ochenta mil hectáreas en Galicia, siempre habrá quien levante los brazos al cielo, cierre los ojos en actitud solemne y después de meditar unos segundos, clame diciendo “¡Ay, Señor!”. Es lo que hace el español castizo, -el inconfundible, el auténtico- cuando ve que un hombre ha degollado a su mujer en la bañera y ha guardado su cuerpo descuartizado en una bolsa de mano, poco antes de suicidarse; lo mismo exactamente que cuando vemos mujeres libanesas gritando desde detrás del burka por qué han muerto sus hijos, víctimas de un bombardeo; tenemos ayseñores para parar un tren. Necesitamos sólo un buen motivo para mantener la conjetura de que el mundo es horrendo, sus dirigentes más horrendos todavía y no hay nada que con nuestras torpes manos podamos hacer. Sólo ocuparnos de nuestros asuntos, hacer zapping cada cierto rato y no perdernos detalle del vestido que llevaba Paula Echevarría en su boda con Bustamante.

En una ocasión en que, por causas mayores a mi voluntad, me encontré entre ciertas abuelongas histéricas y dicharacheras, no pude dejar de distinguir la metamorfosis ontológica de su voz al comenzar a leer una revista del corazón. Su ritmo cardiaco, probablemente, se aceleró en perjuicio de su salud cardiovascular; sus lenguas enloquecieron como si quisieran escaparse de su gruta; y su risa, vulgar y salvaje en la vida natural, se tornaba de repente de un tono vivaz, supersónico, que producía náuseas. No sabía yo que sufrían tal conversión en esos momentos, como si un espíritu maniático y escandaloso las forzara a hablar más de lo debido, a reírse de lo que no hace gracia, y sobre todo, a alborotarse por la más nimia cotidianidad que les sucede a los demás. Es tan asombroso que les produzca tal efecto lo baladí que se me ocurre pensar si no estarán irremediablemente locas. Gracias a Dios, puede uno encerrarse por unos momentos en un cuarto cerrado, sin que nadie, absolutamente nadie, pueda traspasar esa puerta sagrada. Pero bien es cierto que, a los que padecen tal enfermedad sicosomática, ¡ay!, aun hasta allí les persigue una cabalgata de Beckams, Madonnas y Bisbales. No sé si también soñarán con ellos, ya no sólo las adolescentes, sino las televidentes crónicas y militantes que Madame Frivolité reúne en las sobremesas frente a un aparato de televisión.

Y cuando no es el corazón, es la novela. La telenovela, mejor dicho. Esa serie de baja estofa, traída de América del sur, cuya trama consiste en una enfermiza suma de andanzas, amoríos, pleitos, perdones, lágrimas de cocodrilo, pasiones descompuestas y parientes testarudos que se salen de sus casillas cuando la niña se enamora. Tal amasijo de contradicciones y pavoneos latinos conduce a la audiencia a sobresaltarse en el asiento, manifestando unas veces ternura, otras colérica rabia y por último una angustia dramática que les hace reventar en abatido llanto. La novela colma de emoción sus medianas cabezas. Tal es el gusto que da al paladar masticar dos largas horas de drama espeso y falto de estética. Pero eso no nos atañe. Lo más preocupante es que la telenovela empieza a presentarse como un aliciente existencial a las personas cuyas vidas no tienen demasiado movimiento. Y luego, cuando representan la cruda realidad, no pueden evitar esa cursi excitación y angustia fingida. Todo lo que han vivido lo sacan de la novela, la telenovela. Igual que antaño la lectura de ficción se veía como una absurda manera de pasar el rato. Pero ahora ya no es la novela, sino la telenovela. Significativo cambio de nombre. Como sustituto de la milenaria siesta española, que todavía sigue imponiéndose, no es de extrañar que en las horas muertas resulte imposible mantener una conversación inteligente lejos de la jurisdicción de la tele. Parece que la tengamos encendida siempre. Y que la existencia se resume en la subjetiva y caprichosa visión de la cámara.

He notado además cierto pánico a adquirir cultura que no tenga nada que ver con la talla del casi vestido, confeccionado por el modista de moda. Incluso entre estudiantes, ya se ha vuelto común esa actitud mezquina hacia todo lo que les parezca inservible. Y hoy por hoy, hasta el conocimiento parece superfluo, pues es que conlleva tal exceso de equipaje en la mente humana que puede forzarnos, en ocasiones, a cojear del pie derecho, o del izquierdo, o bien de los dos. Nos asusta que nos tachen de pedantes, y como desde la ignorancia es más fácil juzgarlo todo, nos protegemos de todas luces que puedan alumbrar nuestra oscura morada. Además de que semejante estilo merma y simplifica el carácter humano, conduce a menudo a formar ese conjunto de las sociedades que tanto respetamos, del que tanto se le llena a la boca a los políticos al decir la ciudadanía y que tanto tiempo pasa leyendo la prensa rosa como don Quijote novelas de caballerías. Pero pese a que ambas sean monomanías imperdonables, se advierte el rumbo funesto que han tomado los hombres hacia lo baladí. Y parece sin embargo que siempre ha sido así. Pero es que los gustos de la gente cada vez son más estúpidos. La televisión ofrece a la vez desgracias y banalidades, como si fueran una misma cosa. Y los telespectadores, asumiendo lo trágico como lo pueril, descubren que ambas cosas le ayudan a pasar el rato. Lo que haya detrás es insignificante. Su sed de morbosidad es inagotable, y como un vampiro que se alimenta de sangre, tan sólo el brillo de ésta ya excita y alimenta su afán de absorberla. Pero cuando nos cansamos, apagamos la tele. Y el mundo deja de existir. Se produce el mismo efecto que cuando el avestruz saca su cabeza de su estrecho agujero.
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