Viviendo del cuento. La picaresca en la sociedad del bienestar

Cuando uno sale de su casa, no puede evitar una que otra vez sorprenderse mirando por el ojo de alguna cerradura o prestando oídos a quien pasa sus ratos libres rumiando el chisme tergiversado de la vecina de al lado. ¡Qué decorosa labor se dan algunas gentes en este inacabable estío! Será, pues, preciso, que cerremos los oídos y apaguemos los ojos por un momento, si queremos conservar la escasa intimidad que el mundo exterior nos conceda. Podrán las madres seguir cantándole nanas a sus hijas a través de un aparatito electrónico, a lo moderno y a través de las paredes, renunciando a los primitivos cuidados maternales. Podrán seguir subiendo los precios de la vivienda en todo el país mientras los sueldos continúan estancados, a fin de erradicar de la sociedad toda sombra de pensamiento libre en cuanto a la estructura familiar; las amas de casa tradicionales podrán ir haciendo las maletas y meter a sus hijos en la guardería tan pronto como los paran, pues quieran o no, si desean que su hogar no se derrumbe, tendrán que pasar la vida en la oficina, a menos que se ponga en marcha la paga ciudadana. En la vida posmoderna los principios morales se rigen por lo económico, y hoy en día es una aventura sobrevivir con un solo sueldo. Pero por si a alguna pareja le quedaba la inaudita ilusión de tener un hijo en pleno siglo veintiuno, es menester que reconozca que en la sociedad del bienestar es imposible llevar a cabo tal empresa, sin que uno de los cónyuges acceda a morirse de hambre o por lo menos a reducir su nivel de vida. Y eso es algo naturalmente intolerable en el mundo que entendemos hoy.

Pero no pensemos, amigo, en esas cuestiones éticas que nos angustian el alma. Todavía quedan muchos residuos de la familia tradicional y muchas casas que no se han desmoronado, aunque deben de estar al caer. Sentémonos tranquilamente en un sillón a charlar de nuestras cosas, tomemos un café con hielo mientras vemos el mundial de baloncesto. ¡Ahí tanta gente por ahí que se preocupa de lo más nimio! ¡Qué ganas de arreglar el mundo! Si hemos de morir, muramos; dejémosle paso al estructuralismo rampante de las familias mal avenidas, donde cada miembro, si es que hay miembros, ocupa sumisamente el papel que no le corresponde, merced a su propio bienestar. Nuestra mentalidad anticuada y conservadurista, de la que no tardarán en echar mano algunos individuos honestos, era cosa de otras épocas, y el renacido fascismo disfrazado, que no deja de llevarnos en una balsa de aceite, intenta por todos los medios que los que piensan distinto se acostumbren a pensar conforme al progreso, pues hasta el progreso les importa más que la libertad. Y aunque siempre dejan la puerta abierta al libre albedrío, de modo simbólico tan sólo, se la hacen tan complicada y sinuosa que acaban forzándote indirectamente a cambiar de pensamiento. Conocen muy bien las debilidades humanas y el instinto gregario, así como el poder de la publicidad hipócrita. En mala hora pensaron que yo era un simple número, un voto más, entre la masa espesa e inescrutable.

En este destartalado salón, gangrenoso y sin aire acondicionado, no queda más que matemos el tiempo, el fatídico tiempo de un estío que nunca expira; las gotas de sudor, voluptuosas, impertinentes, resbalan por nuestras mejillas como lágrimas que no nos hemos limpiado. En el transcurso de la conversación no dejamos de sacar el pañuelo del bolsillo y pasárnoslo por la cabeza. Esta vez hemos escogido un tema que nos mantendrá despiertos hasta altas horas de la noche si es preciso, pero que no debemos ignorar porque es cosa del más alto interés general. El partido de baloncesto acaba, así que ya podemos empezar... ¿Has oído eso de la renta básica que ha propuesto ZP? El colega tenía aspecto de no estar muy enterado, y en unas cuantas palabras se lo resumí, dejando que su pícara cabeza se pusiera en marcha, que evidenciaba con el cambio repentino de sus caras inextricables. Me hacía notar que estaba pensando, y guardé silencio. Después, como si hubiera hallado lo que deseaba, mi amigo me expuso un proyecto de complejidad semejante a un Plan Marshall, pero que encajaba perfectamente en nuestros intereses juveniles. Si firmes en nuestro propósito de no trabajar, juráramos en pública reunión que bajo ningún concepto, ni empujados por enfermedad ni por voluntad propia o ajena, emprenderíamos la búsqueda de ningún empleo, podríamos poner en marcha nuestro inefable proyecto. Con los cuatrocientos veintiún euros que nos proporcionara el gobierno por el sólo hecho de ser ciudadanos, dejando en el paro a millones de mendigos en toda la Unión Europea, viviríamos holgadamente en un piso de propiedad si tuviéramos el suficiente número de vagos que se prestara al experimento. Cuatro, o a lo más cinco, que multiplicados por los cuatrocientos veintiún euros serían... unos dos mil y pico, más o menos. Con esa holgada cantidad, si contamos con que el pago del piso nos cueste unos seiscientos o setecientos euros mensuales, y después de pagar luz, agua, teléfono, internet, canal plus, alimento, etcétera, etcétera, de seguro no nos sobrarían menos de mil euros para ir invirtiendo en bolsa o quizás destinarlo, después del pertinente período de ahorro, a la compra de un coche o la entrada de un chalé en la costa blanca. El único inconveniente, aseguraba, es que los expertos fiscales rechacen la proposición. Para la picaresca española sería una verdadera lástima.

A parte de los escrúpulos morales que le conducen a uno a expresarse en contra de semejante disparate, es que por sí mismo, según le hice ver a mi amigo, sería un derroche descomunal que arruinaría al país. El 10% del PIB español –cien mil millones de euros al año, que se dice pronto- iría a parar a los bolsillos de los ciudadanos que quieren vivir del sudor del gobierno y a un montón de amas de casa que sin duda recibieran la paga merecidamente. ¡Ah, pero qué oportunidad para la holgazanería y la despreocupación! ¡Qué gran victoria de la vaguería! Igual que hay tanto y tanto artista subvencionado a cambio de llevar el carné del partido en la boca, ahora los holgazanes redomados, que buscamos el alimento a costa de nuestra picardía y nuestra mano izquierda, por fin tendremos el derecho a chupar de las arcas del gobierno. ¡Tantos siglos lo habíamos esperado! Uno nunca está prevenido para los secretos que la vida posmoderna depara; en cualquier momento un pobre desgraciado puede hacerse rico o un afamado millonario quedar en quiebra y acabar durmiendo bajo un puente. Así oscila la balanza de la fortuna, pero con el tiempo el malicioso bribonzuelo, que lleva años observándola, aprenderá a cogerle el truquillo. ¿Objetivo? Vivir del cuento, y no de los cuentos que no se encuentran en las grandes superficies de librerías, que para eso ya hay mucha sanguijuela bestsellerista, sino del cuento fabuloso de no pegar ni chapa y vivir a cuerpo de rey. Hasta entonces nuestras tretas sólo consistían en cómo colarse en un cine sin pagar o meterse en el tranvía sin comprar el billete, simples niñerías comparado con el futuro que nos aguarda. Pero lo que se dice hoy nos ha tocado el gordo. Qué lástima, sin embargo, que los límites de la posibilidad no rocen siquiera los de nuestra distinción aristocrática. Ya no estamos en aquellos tiempos en que los hidalgos quevedescos de padre barbero y madre arpía iban paseándose por Madrid con su mondadientes en la boca, aparentando que habían comido bien. Estamos en la sociedad del bienestar. Y algunos pillos se toman la palabra.
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