Cinco años después del 11-S

Señores lectores, hoy es once de septiembre. Esa fecha fatídica, escogida por los intelectuales del crimen, para reducir a polvo a dos grandes símbolos de la libertad, y a más de cinco mil honrados ciudadanos que no imaginaban la catástrofe de la que iban a ser víctimas. Con ellos se derribaban dos piezas idénticas en este mundo asimétrico, mientras el mundo entero pegado a la televisión contemplaba, impotente, suspenso, cómo sucumbía el World Trade Center. No hubo horas más funestas ni más tristes para la humanidad. Durante largas horas estuvimos pendientes hasta del más mínimo detalle. Muchos conteníamos la cólera en nuestro interior y nos preguntábamos por el motivo, la razón esencial de aquella masacre. En las calles no se hablaba de otra cosa; los hombres, sin saludarse, adivinaban el pensamiento de su contertulio y sin más rodeos se lamentaban juntos de una angustia común. Las horas se hicieron interminables y el mundo parecía que iba a derruirse en aquella hora. Pero sólo fue un principio. Los inicios aciagos que anuncian una guerra, no entre países, que eso son raigambre del pasado, sino de ideas, de principios, de la barbarie y el fanatismo contra la democracia y la verdadera libertad.

Por entonces todos nos sentimos muy americanos, excepto los que aun se mantenían escépticos y barruntaban una respuesta mucho más feroz en alguno de esos países, como Afganistán, dejados de la mano de Dios y olvidados por los hombres. Y a pesar de todo jamás se vieron unos lazos diplomáticos tan fuertes entre las naciones de Occidente, y los ciudadanos de todas partes, como pocas, se acercaron a las iglesias a llorar y a rezar. Es en esos momentos amargos, revestidos de diabólica asechanza, cuando parecen los hombres sensibilizarse y recobrar la cordura, cuando nadie es extraño para nadie y todos son amigos de todos, cuando unidos por el desasosiego y el temor se confortan mutuamente entre desconocidos. Aquel atentado terrorista provocó una unidad sobrehumana, levantó a una nación alicaída y la concienció de la existencia de un riesgo que no imaginábamos. Gimió todo el pueblo a una, como una fiera malherida, y empezó a pegar zarpazos en su derredor.

Ningún programa diplomático, ninguna filosofía fomentada por medio de cursos ni de campañas de concienciación, ningún espíritu ingénito de patriotismo ha provocado lo que ha hecho un acontecimiento tan canallesco y cobarde. Y sin embargo despertar ese espíritu es demasiado caro, porque se inmolan muchas vidas humanas, y conforme pasa el tiempo, parece que se va enfriando, que va sufriendo en sus carnes los saetazos que le dan por los dos lados, los golpes, las injurias, las torturas, y aunque se defiende valiente, casi alocado, parece que haya pasado el tiempo y que sus aliados han ido retrocediendo y formando un círculo en torno a él. Lo tienen allí en el centro, lo juzgan en voz baja, señalándolo, y el animal herido ruge desesperado, imprimiendo una imagen que sus compañeros contemplan con horror y no comprenden. En los momentos frívolos hasta se burlan de su desgracia, meneando la cabeza, justificando incluso a su agresor. Y en su concepción ahorrativa de horrores, casi prefieren ceder en lo que no les hace mucha gracia, tratando injustamente por igual al criminal y al agresor. Pero las palabras diplomáticas saturan los intervalos entre golpe y golpe, la ingenuidad predomina, la obsesión con un diálogo infructuoso, desesperado, propio de una democracia, pero que hay que saber cuándo abandonar y cuándo tomar una resolución firme. Parece que a ese robusto pueblo no le quede mucho de vida y que a sus burladores se le renuevan las fuerzas a cada zarpazo que reciben. Hablan de diálogo, de concesión, de comprensión, de alianza, en arras de una utopía carnavalesca, donde los terroristas se hagan un poco demócratas y los demócratas un poco de terroristas. Al cabo porque algunos han experimentado los beneficios de la democracia y conocen todos sus secretos, la forma de forjar sus engañifas, sus demagogias, como hiciera un prestidigitador virtuoso. Hermanados con una utopía, aunque dispar en el método, igualmente intervencionista y malévola, no toman muy en serio su testimonio y siguen aferrados a la violencia primitiva. Mientras tanto, van dejando sus difuntos sobre la mesa para que un montón de intelectuales iluminados y amigos de la ciega rendición cumplan su labor de charlatanes. Y hablan, vaya si hablan. Y qué fácil olvidan las muertes, las leyes, la trascendencia, argumentando desde su nihilismo ácrata. Desde su cosmovisión, hasta el crimen es comprensible. Quizás ventajoso. Pero eso sí, nunca de boquilla.
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3 comentarios

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12:43 ×

Triste día, elegido por mí para ver en el cine "Airline 93" y no olvidar la infamia. Como explica, cada cual reaccionó a su manera. Algunos con rabia justificada. Otros buscando soluciones. Algunos de forma muy discutible. Y me refiero, cómo no, a "El País", que se lució con su titular del día siguiente a la terrible masacre: "El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush". No importaban los muertos o el horror, sólo Bush, Bush; Bush y la maldad de Estados Unidos. A día de hoy, el titular fue un primer paso. Ahora estamos en la fase en que, además de ser culpables de su desgracia, los Estados Unidos son igualmente culpables de querer defenderse. Triste, triste aniversario.

Un saludo

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vitio
admin
15:22 ×

Todavía hay mucha progresía que dice que lo que ocurrió en NY el 11-S fue la consecuencia de la política exterior de Bush. Y por supuesto, justifican dicho atentado.
Muy buen artículo. Un saludo.

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VICTRIX
admin
10:37 ×

Así es, triste aniversario. Han pasado cinco años y todavía recuerdo con absoluta nitidez aquél día, encender por casualidad la televisión después de comer y toparme con la imagen en los telediarios de la primera torre en llamas. Y posteriormente la segunda, y el pentágono, y el avión interceptado o estrellado, y los titulares del periódico al día siguiente. En mi casa tenemos la buena costumbre de no comprar “El País” de modo que no pude ver el vergonzoso titular elegido, aunque era bastante previsible ya que la obsesión que la progresía muestra hacia Bush es una cosa digna de un estudio sociológico. Es más odiado si cabe que el señor Aznar, así que ya imaginamos todo el grado de obcecación que esto supone.

Yo no sólo destacaría el derecho a defenderse, sino también el modo en que reaccionaron los políticos estadounidenses, los cuales muestran un mínimo respeto por su país y por sus muertos y no como los nuestros que son auténticos seres despreciables en ese aspecto. Algo parecido pudimos ver en el Reino Unido con los atentados de Londres. La gente no culpó al gobierno de los atentados sino que le brindó su apoyo incondicional. Esa es la diferencia.

Un saludo.

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