Y todo el que se oponga... tiene una fobia

"Al primero que pusieron en la diana fue a Gustavo de Arístegui. Le acusaban de ser uno de los personajes más representativos de la islamofobia en España". Declaraban así al diputado popular "enemigo del Islam", lo que significa para los radicales una invitación a atentar contra su persona. En la misma web donde aparecían estas acusaciones son ahora tachados de anti-musulmanes e islamófobos diez escritores más, entre los que se encuentran Jon Juaristi, Gabriel Albiac y un blogero de Periodista Digital. No es broma."

Juan C. Osta (Periodista Digital)

Últimamente parece una tarea harto embarazosa pasar desapercibido sin que a uno le acusen de tener tal o cual fobia o prurito, como si todos en este mundo manifestásemos síntomas de un depravado espíritu crítico que nos conduce inevitablemente a la exterminación de lo ajeno. El miedo a que la balanza intelectual se desequilibre hacia uno de los dos lados, provocando tal o cual efecto en la realidad material, y física, es lo que precisamente lo que la mantiene nivelada. Al cabo parece que todos participamos de islamofobias, catalanofobias, vascofobias, progrefobias, y un fóbico etcétera. Y en su curioso modo de embestir al síntoma fatal de la ideología más cancerígena del siglo pasado, un fascismo del que ya quedan pocos residuos, se quejan de que les vuelve a ellos la pelota y los islamófobos, catalanófobos, vascófobos y progréfobos les acusan a ellos, desde su particular visión del mundo, de judeofobia, españofobia y liberalismofobia. De modo que el panorama intelectual español, lejos de representar un ágora para el debate de altura y la extirpación del prejuicio, se convierte en un esperpéntico diálogo de chiflados eruditos. Porque un islamófobo puro y duro, si nos amoldamos al criterio victimista, es tan peligroso como un antisemita clásico, pudiendo ambos llegar por esos rumbos a la aniquilación total de la raza o religión que aborrece.

Y sin embargo, no sé por qué, parece que lo cosa no tenga esos colores. Como si el lenguaje que utilizamos fuera más puntual, más matemático, de lo que piensa el simple oyente, y éste juzgue a la ligera lo que le suena fascista, racista, aunque en verdad en el discurso o el diálogo no hubiese ni el más mínimo signo de aquello. Entran en esa metafísica tan curiosa, tan particular, unos evidentes argumentos subjetivistas, donde el manido diálogo es lo de menos y lo que todos importa es que una voz humana no pronuncie determinados términos, por miedo a las posibles secuelas que puedan traer. Como quien dice, por si las moscas, y desconfiando de la madurez espiritual de los ciudadanos, creen como buenos malpensados que se fomenta el desprecio, la animadversión, hacia todo lo que suene islámico, todo lo que sea del moro, así las pañoletas como el cuscús. Claro que hay islamofobia, desatadora de violencias, y en las circunstancias actuales, nadie puede esperarse que no se desate la indistinción y el crimen nacido de la discriminación más vieja. No obstante, ¿nos empujan a pensar que ese es el efecto de decir la verdad sobre el Islam? Pues si se ha de poner punto en boca para que el islamismo se imponga a la libertad de expresión por temor a actos de violencia aislados, no puedo menos que aterrorizarme ante la iniciativa de cerrar las bocas desobedientes y facundas de quienes proclaman los crímenes que se llevan a cabo -no crímenes mentales, sino reales, palpables y además a la descarada luz del día- en ciertos países islámicos.

Es un juego de superchería eso de comparar los contrarios, táctica en la que Abdennur Prado se da perfecta maña. Porque creyendo que se pone el grito en el cielo cuando se habla de judeofobia -cosa que no sucede a menudo y menos todavía desde que el gobierno socialista lanzó su campaña antifobia- pretende quejarse de una islamofobia que a grandes rasgos es imperceptible. Al menos, comparado con la judeofobia iraní, nuestra islamofobia occidental es cosa de niños; palabritas radiofónicas, articulillos de escasos medios de comunicación, dibujos herejes de un audaz y provocador caricaturista. Papel mojado. El rigorismo diplomático-religioso en la civilización occidental reina por su ausencia, desde que el dictador nacionalista y católico bajó la cabeza sin ánimos de volverla a levantar. Pero a estas horas, y no creo que esto sean las palabras de un libelista ultraconservador, a estas horas se hace en Irán un concurso de chistes judeófobos a cual más diabólico y gracioso. Mientras tanto que su presidente Mahmud Ahmadineyad continúa con su programa nuclear y amenaza con hacer saltar por los aires al Estado de Israel. Es parte de los efectos de la judeofobia, y aquí en esta patria de desequilibradas disputas intelectuales, estamos a años luz de conseguir que nuestra cancerígena y malvada islamofobia alcance esos extremos. Pero segregamos otra sustancia que al parecer, aunque se manifieste o deje de manifestar, no nos parece tan malvada ni tan cancerígena. El antisemitismo, con su atractivo envoltorio de antisionismo. Eso sí, inconscientes de nuestro propio drama, o quizás demasiado conscientes, el presidente de la Comunidad Islámica Catalana –mi cerebro extraviado debe de segregar también algo de catalanofobia, síntoma inevitable de los islamófobos–, el susodicho Abdennur, cree ciegamente que todo el mundo levanta un clamor al cielo cada vez que un terrorista islámico se inmola en el Oriente Próximo. Por eso es factible el argumento, basándose en una premisa totalmente falsa. Así es imposible equivocarse. Como no hay judeofobia, hay islamofobia. Sí, señor Abdennur. Y el Sol gira alrededor de la Tierra. Con perdón de Galileo.

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2 comentarios

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VICTRIX
admin
11:58 ×

Amigo Samuel, resulta especialmente acertado su artículo en estos días ya que reciente se ha podido constatar que cualquier persona que se aleje de la versión progresista y políticamente correcta es susceptible de padecer una fobia, siendo las más extendidas la catalanofobia y la islamofobia. Pero si nos detenemos a analizar fríamente este paródico asunto de las fobias llegamos a la conclusión de que, quienes las diagnostican, son nuevamente aquellos que son incapaces de defender sus posturas desde los argumentos y desde la razón, viéndose obligados de este modo a recurrir a los insultos y a las fobias. Quien se opone al totalitarismo teocrático de los ayatolas musulmanes es un islamófobo y un facha pero quien muestra un odio enfermizo hacia el estado democrático y occidental de Israel no es un judeófobo sino un demócrata que defiende a los débiles del totalitarismo estadounidense que pretende exterminar la riqueza de un mundo multicultural etc etc Si nos oponemos a la exclusión que lleva a cabo el nacionalismo en Cataluña somos unos franquistas, pero si estamos a favor de la misma somos unos progresista dignos de admiración.

Esta doble moral y juzgar los hechos desde dos puntos de vista diferentes me parece deplorable porque ya se está excluyendo desde un principio la objetividad. Pero nada se puede esperar de unos personajes cuyo principal representante, el señor Zapatero, es capaz de afirmar siendo presidente del Gobierno en el siglo XXI que es rojo y que tenemos un rey republicano. Qué locura. Además, como suelo comentar habitualmente, defender al liberalismo del totalitarismo no nos hace menos liberales.

Un saludo.

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12:33 ×

Yo creo que la tendencia a meter al contrario en posturas incómodas, políticamente incorrectas (algo que en España tiene más pujanza que la mismísima razón), es una técnica propia del progresismo. Lo ha comentado usted, Samuel, e igualmente Victrix: la catalanofobia y la islamofobia. En todo caso, para mí la catalanofobia no tiene sentido alguno aplicada a alguien que se opone al nacionalismo desde fuera de Cataluña, ya que, si tuviese miedo o asco de Cataluña, una creciente aversión hacia este territorio, sus gentes y su lengua, mejor que se largasen cuanto antes, labor de la que se ocupan los nacionalistas. Es decir, que ese señor habría de ser, en verdad, un catalanófilo.

Pero no me desviaré del tema. Cierto es que también se aplica bastante lo de antisemita en quienes, por alguna razón u otra, critican a Israel. No diré que nuestro Gobierno lo es, porque, y es una de las ideas que se desprende del artículo, es una causación más seria de lo que parece. Quizá, eso sí, lo sea tenuemente o sea otra estrategia electoral para atraerse a musulmanes y progresistas perdidos. Lo que sí diré es que, por ejemplo, la manifestación convocada en Madrid "por la paz" cuando la guerra en Líbano sí tuvo tintes antisemitas, si es que no lo fue completamente a tenor de los vídeos y declaraciones que de esas jornadas salieron.

Un saludo

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