El diálogo, la verdad absoluta y el libre albedrío

No hace mucho, me apesadumbraba la idea de que yo tenía que convencer a alguien con cabales razones y sólidos argumentos de que mi postura, incorrecta y cínica, obedece a un porqué metafísico y se ajusta a la verdad más absoluta. Imagínense a mí hilvanando motivos incontestables, ensayando maduras palabras en un lenguaje más o menos de la calle, tratando de hacer ver a esos pobres infelices, persuadidos de que la verdad es lo más repetido y no lo más deseable. Pero llegada cierta madurez, ya se va descubriendo que no se puede forzar a golpe de martillo a que quepa un yunque por la oreja de un individuo o a que los pies caprichosos y evasivos de otra persona vayan por la senda que mi voluntad les traza. Es el libre albedrío, sin embargo, lo que parece en entredicho, pues igual que muchos individuos reivindican su ejercicio, son por lo mismo fieles esclavos a la influencia ocultamente impositiva que los siglos le han transmitido. Heredan traumas, sentimientos antiguos, dan oídos a aquel enfermo del espíritu, a aquel otro manipulador de la verdad, y manejando con sus manos tal multitud de elocuencias sin rumbo y argumentaciones falsas, vienen a dar en una postura mucho más estúpida y estrecha que la de los que menosprecia por intolerantes y maniáticos. En sus cortas miras, que a él se le antojan avezadas, no puede ver más allá de aquello en que le han instruido, aquellos propios prejuicios que ha ido adquiriendo fruto de su traspié filosófico, y en su justa medida, solamente aceptará de boquilla ciertos principios básicos que cuando contiendan con él por arrebatarle la razón moldeará a su antojo para no perderla nunca.

Es imposible, pues, equivocarse, y el diálogo tantas veces pregonado se convierte en una herramienta infructuosa y puramente simbólica que sirve para reforzar la falsa imagen de que actúan en libertad. Pero no parece haber libertad donde hay una influencia espesa y babilónica, dañina y sin el menor escrúpulo gramatical, que tanto le da que sean veinte como que sean ochenta. La nitidez moral de quienes procuran ser honestos con el lenguaje y no lo manipulan conforme les dicta el empeño parece en semejante atmósfera un vulgar extravío, una locura, una “paranoia”, que diríamos nosotros. Todo lo que sea ajeno al imperio del entorno parece hoy una paranoia, pero no se conoce a ciencia cierta el fraude de tener certeza de los hechos y su simbolismo en el mundo moral. Tal es el ingenioso arreglo, tal la pericia de quien ha ideado el engaño, que quien está equivocado necesita años para ser consciente de su error.

Pero no se persigue ese fin en el mal llamado diálogo, sino tan sólo poner al descubierto nuestro tesón y nuestra habilidad de convertir opiniones subjetivas, valga la redundancia, en perfecta estructura de discurso ilustrado y maduro. Pero no parece sino que los que creen, o los que nos consideramos personas capaces y de criterio limpio, no hemos hecho sino barajar los componentes de un pensamiento mayoritario y darle nuestra propio carácter. Tal es así que no es extraño ver individuos citando a Kant sin haberlo leído, o como dice Clarín, que se sienten capaces de resumirlo en dos palabras. Pero es que se ha extendido tanto el argumento de autoridad, la sagaz estratagema de hacernos notar inteligentes para que el mundo dé fe a nuestro criterio, que parece que hayan olvidado que todavía ningún hombre se halla en posesión de un criterio inmaculado, sin prejuicios ni juicios mal efectuados, y que deben seguir formándose aun a pesar del mérito que naturalmente conquistaron antes de que fueran dignos de él.

No es, pues, extraño, que luego haya tanto pseudointelectual jugando con los utensilios del que lo es honestamente, y se den el placer de hacer de cuando en cuando alguna que otra declaración en los periódicos, ya sea ingeniosa, polémica o revestida de una sabiduría enigmática. El pobre espectador no puede más que dar crédito a lo que ve, a lo que oye, a lo que dicen aquellos de quienes dicen que son gigantes del saber, pero no por ello honrados, discernientes u objetivos. Y aceptar por verdad una cosa que se ha advertido sólo de forma superficial y aparcarla en la mente, es la manera más extendida de dominar a la masa y conducirla por donde a uno o dos cerebros arteros, -que ya han reparado en el instinto gregario de las gentes- le place. Podrán conducirla por un momento hacia la mentira, explotando las debilidades humanas y operando en sus fibras más sensibles, de modo que aunque predomine la apariencia del libre albedrío, y además se repita hasta la saciedad recordando antiguas dictaduras, comparando pasados y presentes para mantener viva la llama de la entelequia, en la práctica los individuos no son más que títeres del influjo de las minorías.
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