A martillazo limpio

Me despierto una vez más con la sensación de que soy un monstruo extraterreno que, por un extraño azar, ha amanecido de repente en esta tierra inhóspita, azotada por el tiempo y la sequía. Las sábanas se me pegan, la radio suena, impertérrita. Un aluvión de noticias, de trapos sucios de miserias humanas, destapadas por la perspicacia del periodismo, me hace revolverme entre las sábanas, interesado. Abro los ojos, observando fijamente las cifras luminosas del radio reloj despertador. Junto a él descansan un par de libros abandonados, novelitas de cabecera, aunque clásicas, de las que se empinan y van enterrándose debajo de las últimas que van llegando. Hace tiempo que no leo, en el sentido propio de la palabra. Porque cada día paseo mis ojos por la primera línea de un capítulo, de forma ritualista, y paso a la siguiente línea, y a la siguiente, mientras me quito las legañas de los ojos, y como si obedeciese a un vicio digno que he alimentado durante años. Pero leer, no. Me despierto amodorrado, azotado por un apático sol que me zarandea, que me fuerza a abandonar mi lecho y a dirigirme religiosamente a la ducha. Las noticias de la mañana todavía retumban en mi cabeza. Bum-bum-bum. Una y otra vez, como los tambores de la selva. Pega fuerte la información, lo que ha ocurrido a tantos kilómetros de distancia. Atravieso el pasillo medio sonámbulo, tambaleándome, como si en mi cabeza pugnaran mil politicastros al mismo tiempo, haciendo declaraciones y desmintiéndolas, y sacudiendo fuerte con el martillo las paredes de mi mente, provocando un angustioso sonido de ultratumba. El enfermizo galimatías que golpea mis sentidos me sugiere tomarme un zumo de naranja y pasar tranquilamente la mañana leyendo cosas de mayor envergadura moral que la dialéctica desfigurada.

Yo también soy de los que confiesan apolítico, como todo el mundo, que es una forma elegante de decir que no quiero que me tilden de esto y de lo otro. Pero bien que me desayuno escuchando informaciones y acudo apenas pasadas las nueve a un humilde quiosco donde a veces suelo comprar periódicos de pago. Allí me espera una treinteañera entretenida en contar sus ganancias, que pasa la mayor parte del tiempo aburrida, con la cabeza apoyada entre las manos y con el pensamiento pendiente de un no sé qué punto lejano de su perspectiva, que observa con voluptuoso aire filosófico. Apenas se da cuenta de que he cogido un periódico y he depositado el euro de costumbre en un mostrador enterrado bajo decenas de revistas. La mañana promete movimiento, contiendas entre los principales periódicos, ministros dándole de bastonazos a cierto periodista de la vieja escuela, que le responde con mordacidad incisiva. Leo con fruición sentado en mi silla giratoria, el periódico extendido por la mesa y la radio todavía murmurando. Un café que apuró sin apenas darme cuenta componen mi desayuno, y alguna que otra bollería de puro rigor mañanero. Como digo, la mañana promete. Hoy no reinará el tedio. Es uno de esos días que amanecen nublados pero que no llueven, y que las gentes salen a las calles echando serios vistazos al cielo con incertidumbre. Algunas amas de casa recién levantadas abren sus persianas y obedecen al mismo gracejo litúrgico. Hoy no lloverá, como nunca llueve, hace un calor insoportable. Pero está nublado. No saben de qué modo, incluso esas pequeñas nubecillas que parecían blancas han tomado un colorcillo infausto. Quién dijera que en las nubes puede reflejarse el ambiente metafísico de una nación que empieza a tambalearse. No hay más que oír esas sórdidas negaciones, o las tertulias de la radio donde predomina una insufrible algarabía de individuos que quieren hablar. ¡Todos hablan a la vez! Y componen tan desordenada recitación, sin apenas melodía y de tan mal gusto, que me invade el deseo de ir a buscarlos, sacar la vara y poner a algún contertulio de cara a la pared.

He apagado la radio con la impresión de que nada saludable para el espíritu puede salir de esa cajita arqueada con un pequeño altavoz. Estoy sobrecogido de espanto, ¡qué cosas dicen! La cadena Ser había sonado unos breves instantes, pero tan intensos que hicieron rebosar mi corazón de una inacabable lástima por un contertulio de derechas al que pisoteaban, el cual procuraba defenderse con uñas y dientes, parando estocadas apasionadas de la progresía más recalcitrante. Tenía adjetivos para todo, lo que significaba que estaba curtido en opiniones, y ellos una falta de creatividad en los insultos que lograban incomodarme. Lo que figuraba que no tenían prácticamente idea de lo que hablaban, pero que eran unos camorristas de pura cepa de los que nunca están dispuestos a doblegarse y a reconocer que están equivocados. Se dijera que les pagan para armar polémicas, disentir con todo, matizarlo todo o repetir constantemente las consignas que llevan preparadas de casa. ¡Ah, qué loca pretensión! ¡Ofrecer ante los micrófonos ese sonido estridente, esa cantinela discordante, donde unas voces salen por allí, otras para allá, y nadie sabe de lo que se habla ni se detiene a reparar en los pormenores matemáticos de la gramática, que son los que le dan razón y sentido a la comunicación. Pero no, interesa más la confusión. El barullo babilónico, que según algunas mentes retorcidas, representa la libertad de expresión, lo único que demuestra es la hegemónica espesura mental que tienen todos esos parlantes chabacanos de algunas emisoras cuyos ejecutivos presumen de librepensadores.

Sí, sí, parece que han pasado cosas hoy en el mundo. Que nada hay nuevo bajo el sol, que decía el monarca hebreo. Siguen los mismos iluminados tratando de arreglar el mundo con sus estúpidos dimes y diretes, pero que son incapaces de poner orden en la jungla caótica que constituyen la disonancia y la libertad democrática. Siguen oyéndose las mismas paleterías y encontrándose los mismos problemas que me quitaban las ganas de despertarme esta mañana. Qué ruidoso mundo, lleno de petates informativos con los que uno tiene que cargar si no tiene la lucidez de amanecer ajeno a los estruendos humanos. Buscando por ejemplo una novela que haga menos nítida la conciencia del mundo. O quizás te haga perpetrar en las imágenes inmarcesibles que los políticos, con su intelecto estrecho y erróneamente aparcado, no tienen interés en reconocer. La claridad no es de izquierdas, por supuesto, ni de derechas. Ni tampoco apolítica de izquierdas, ni de centro-derecha no militante. Es la tradición cósmica de esta sociedad capitalista, aunque en la práctica confusa y desinformada, figuradamente muy intuitiva y antiposmoderna. Es la forma de hacerle progresar, diciéndole que es todo lo que no es. Perspicaz y avanzada. ¡Viva, entonces, la desinformación! Leamos, leamos, pues. Mejor desinformados que mal informados. O sea, engañados. La hipocresía cansa.
Siguiente
« Anterior

3 comentarios

Click here for comentarios
16:58 ×

Similares costumbres tengo yo, aunque no escucho la radio (nunca) y el periódico me lo traen. Lo de leerlo por la mañana, cuando todavía parece que está caliente y crujiente, es un lujo más bien vacacional o dominical, aunque a diario lo leo más bien al acostarme. Y, como usted dice, hay días que parece que se dan de martillazos desde la mañana a la noche. Por eso no oigo la radio, para ahorrarme jaquecas, ya que en la prensa escrita puedo evitar leer lo que me disgusta.

Un saludo

Responder
avatar
VICTRIX
admin
22:00 ×

Yo sí que soy aficionado a la radio, sobre todo por la mañana ya que no hay mejor forma de despertar que escuchar las impertinencias de los políticos. Aunque no por ello le resto valor a la prensa escrita, a la que dedico bastante tiempo los fines de semana, justo al contrario que hago con la radio. De todas formas habrá que aprovecharse de esta semana venidera porque una vez que vuelva la rutina académica habrá que repartir las mismas horas entre muchas más actividades. Me resulta interesante lo que comenta sobre el término “apolítico”. Ciertamente yo en ocasiones también me defino como tal ya que es la mejor forma de que no te añadan cientos de adjetivos que se presuponen a quienes son contrarios a la gestión del gobierno socialista. Igualmente he observado que no son los partidos políticos los que se adaptan a las ideologías de sus simpatizantes, sino que son estos los que han acabado sintiéndose identificados con lo que les dicta el partido.

Un cordial saludo.

Responder
avatar
vitio
admin
16:12 ×

Yo soy como Victrix, me encanta la radio, mucho más que la Televisión. Aunque los periódicos son mis favoritos. Bueno, en realidad, disfruto con la lectura en general...
Un saludo.

Responder
avatar