Eduardo y Margarita. Relato de una pareja.

Aquella tarde gris y desabrida don Eduardo se afeitaba con sumo cuidado, pasando suavemente la cuchilla por su barbita espinosa, acercando su cara al espejo para saber con precisión qué pelo desarraigaba y a cuál perdonaba la vida, haciendo tan extrañas mímicas e inventando tan grotescas poses que cualquiera diría que estaba posando para un cortometraje cómico. De fondo, el locutor de la radio. Y en el otro lado del baño, modesto pero espacioso, una mujer de singular belleza, tan sólo cubierta por una toalla larga y blanca, se peinaba y repeinaba la cabellera, poniendo igual o incluso mayor celo que don Eduardo en su embarazosa tarea. La pareja guardaba silencio y parecían no reparar el uno en el otro. O quizás no se habían dado cuenta de que estaban allí, pues tan ensimismados iban los dos en sus sendos pensamientos que parecían ignorarlo todo a su alrededor. Aquel silencio no duraría mucho tiempo, sólo hasta que acabaran de centrarse en ellos mismos y regresaran a la realidad. La ficción.

Se preparaban para salir. Después de la lluvia, hacía una noche espléndida y don Eduardo le había dicho a su novia que guardara los macarrones con tomate en la nevera, que esta noche no comerían vulgaridades, que irían a un buen restaurante donde les cobraran una fortuna y después volverían paseando por la orilla del río, ajenos a todo el mundo, abrazados el uno al otro y con la mirada atenta en el movimiento de las estrellas. A Margarita, la mujer que había querido compartir su vida con él, no le gustaban aquellas diabluras románticas, decía que eran un dispendio innecesario y que comerían mucho más barato en casa; no obstante, por agradar a don Eduardo accedió y procuró acicalarse especialmente para la ocasión. Don Eduardo era un hombre practicable, que se hacía amar y amaba con locura incisiva, pero que cuando se ponía frenético era un verdadero demonio. Margarita no recordaba que nunca se hubiese puesto así con ella, pero tampoco tenía ganas de experimentar la cólera del hombre y procuraba agradarle en todo, al menos, siempre que lo tuviera delante. Las veces en que don Eduardo tenía que hacer algún viaje de negocios, que en los últimos meses era lo más frecuente, su carácter malicioso la empujaba a tejer las más siniestras aventuras, a fabricar los más fantásticos regodeos de voluptuosidad, atrayéndose a hombres que tenían muy poco o nada que ver con la vida rutinaria de su hogar. El sueldo de don Eduardo le daba para poder pagar el alquiler de la casa, cuyo precio hubiese sido excesivamente gravoso para la beca irrisoria que le había concedido el Estado. Margarita todavía era estudiante, y preparaba con palmaria preocupación las oposiciones a magisterio. Su vida estudiantil no le había dejado mucho tiempo libre, aunque sí el suficiente para no prescindir de una agitada vida social, que para ella era un aliciente indispensable de la vida. Acudía las más veces que podía a fiestas y discotecas, pero irse a cenar con un hombre al que solamente conocía en la cama no entraba en el cúmulo de sus diversiones.

Don Eduardo tarareaba una canción ridícula que había sonado en la radio, y Margarita, que todavía seguía mesándose el cabello, extasiada en el sumo placer de olerlo y acariciarlo, lo observaba de hito en hito, no tanto con lástima como con desprecio. Aquel era el hombre con el que iba a salir, un romántico, un estúpido, que todavía creía en el Amor con mayúsculas y largaba discursos acerca de la fidelidad de pareja. Margarita lo escuchaba casi siempre con aburrimiento, hablaba de un modo extraño y su locuacidad excedía a su propia paciencia. En realidad, ahora no entendía cómo le llegó a gustar aquel hombre cuando una vez posó sobre él los ojos. Apenas recordaba cómo se conocieron, quizás fue en una librería... o aquel acaso fue otro hombre, o puede que fuese ese otro que conoció en la biblioteca poco antes de los exámenes del segundo cuatrimestre del segundo curso de magisterio. No, no, no había sido en ninguno de esos sitios. Esos no eran Eduardo, don Eduardo. Se conocieron de la forma más casual y en circunstancias tan triviales que ellos nunca lo habrían podido imaginar. Margarita había tomado el metro para volver a casa de sus padres, después de una dura jornada en la universidad. A aquellas horas el metro estaba atestado de gente, hacía mucho frío y todo el mundo bien arrebujado en sus abrigos resoplaba filosóficamente, sin pronunciar palabra, mientras un hombre tocaba el saxo junto a la puerta del vagón y conmovía sin saberlo a toda la concurrencia. Margarita se había tenido que quedar de pie, tenía un libro en la mano para leer y no podía abrirlo. Miraba a todas partes buscando un asiento libre, pero al contemplar a toda aquella gente inmóvil, aletargada, sin voluntad de levantarse, que parecían muñecos de un gran cuadro, se sintió incómoda, hizo una mueca de desesperación, tomó aire y sus mofletes encendidos se volvieron más hermosos que de costumbre en aquel bufido largo y simpático. Fue entonces cuando el metro paró bruscamente en una estación, y algunos de los que estaban de pie cayeron hacia atrás, entre ellos Margarita. Cayó en los brazos de un hombre que ya no habría de soltarla nunca. Miró hacia atrás y vio a don Eduardo por primera vez. Un joven periodista que después de enviar muchos currículums publicaba algunas notas de sociedad en un periódico de tirada nacional. Margarita notó que tenía unos años más que ella, pero no pudo evitar sentirse atraída hacia él. Aquella barbita que le otorgaba un aspecto desenfadado, aquellos ojos encorvados, imperfectos, que revelaban angustia existencial, aquella sonrisa ingenua y prefabricada, hicieron tal mella en su corazón que apenas pudo resistirse a intercambiar con él algunas palabras. No fueron las preguntas de rigor: cómo te llamas, dónde vives, tienes novia, y bla, bla, bla. No, a todo penetraron con rodeos; ninguno de los dos sentía la necesidad de tratar al otro como a la vulgar víctima de uno de sus ligues. El efecto que aquel cruce de miradas produjo en don Eduardo, que se limitó a disculparse, no fue menos despampanante. Había sentido el calor eléctrico de su espalda largo tiempo, y ahora sentía las punzadas de su mirada hermosa y descomunal. Se quedó petrificado y ya no supo hablar. Margarita sonrió, aun sin conocer el terreno que pisaba y le prodigó toda su locuacidad estudiantil. Margarita tuvo el detalle de hacerle hablar, ayudándole a vencer su timidez. Don Eduardo siguió divertido la conversación. Intercambiaron algunos e-mails. En pocas semanas ya salían juntos.

El tiempo que había transcurrido desde que se conocieron hasta aquella noche había pasado para Margarita quieta y parsimoniosamente. Recordaba que durante las primeras semanas fue feliz, con la excusa de conocer a un caballero tan tímido y a la vez que parecía estar tan enamorado; ella ya había conocido a otros hombres y con frecuencia había dormido con ellos en habitaciones de hotel, o incluso en sus propios pisos, si eran solteros. Uno más en la lista le importaba más bien poco, pero ella no tenía la certeza de que a don Eduardo le tuviesen sin cuidado sus amantes anteriores. Aunque era extremadamente respetuoso con ella, y se cuidaba de no mirar a otra mujer en su presencia -y puede que hasta lejos de ella-, al poco tiempo Margarita sintió que tanta fidelidad era excesiva y empezó a sentir, si no repulsión, por lo menos un indescriptible desdén. El amor con que la amaba don Eduardo le hizo gracia al principio. Nunca había conocido a un hombre que la quisiera por sus facultades intelectuales o por la simpatía de su carácter y aquello le gustó. Cuando se acostaron juntos por primera vez demostró que su amor platónico también sabía traducirse en una voluptuosidad apasionada, casi sagrada, porque pronto comprendió que lo que don Eduardo sentía por ella era una profunda y descarada adoración. Hubiera muerto por ella, se le enrollaba como una serpiente abraza a su presa. Aquello empezó a preocuparle en las primeras mañanas que estuvo durmiendo sola en su piso, mientras él estaba de viaje. Algo tenía que pensar, y las veces que volvía don Eduardo con aquella cara de bobo enamorado la dejaban triste y pensativa; siempre que regresaba lo recibía con una sonrisa larga y filosófica, y luego por la noche, como si fuera un ritual de bienvenida, pasaban unas horas juntos gozando de las delicias del amor, persiguiéndose entre las sábanas y recorriendo sus cuerpos con los más extravagantes besos.

Si se le hubiera pasado por la cabeza abandonar a don Eduardo, habría sido para ella como asesinarlo y aquello la horrorizaba. No tenía valor para dejar solo a su hombre infeliz, que por la pérdida de su amor indudablemente se habría suicidado. Así que cada mañana, haciéndose la remolona en la cama, pensando en la manera en que podría salir de aquel lío, no dejaba de sentir un profundo pesar por el amor obsesivo de aquel hombre. Llegó a prodigarle un secreto desprecio.

Margarita salió del baño después de que don Eduardo se hubiese puesto la camisa y hubiese empezado a pasear por los pasillos sin ningún rumbo concreto. Le ponía nerviosa. Así que lo paró en seco, se le echó al cuello y le propinó con un inesperado y frívolo beso. Luego lo soltó, se dio una vueltecita para que la viera, imitando entusiasmo, cuando en realidad lo que le movía era la propia coquetería de verse a sí misma. Don Eduardo, vestido de punta en blanco, oloroso a colonia fresca, se deshacía. La abrazó como quien abraza un objeto, apasionado, ido, casi violento, la obligó a que apoyara su espalda sobre la mesa y soportase el peso de su robusto cuerpo y su baboso besuqueo. Margarita imitó una ilusión infantil, dio un pequeño gritito de placer y luego recuperó la compostura. Se recompuso el vestido, no muy largo, liviano, desenvuelto, de tonos blancos y grises; se retocó el peinado, que horas le había costado componerse, y en pocos segundos lo había echado a perder aquel desgraciado. Sentía cierta satisfacción juvenil, aunque la sonrisa solemne de aquel tonto, aquel mojigato que la había abrazado con tanta fruición, se contenía interminable en el rostro de su pareja. Le dio unos golpecitos en el pecho para sacarle de su arrobamiento, le propinó con algunas palabras y consiguió que se moviera. Si lo hubiese dejado un momento más contemplándola con aquella cara, que parecía manosearla como a una flor, probablemente no hubieran ido a cenar al restaurante. Y ella prefería mil veces, aunque no tenía ganas, salir de aquellas cuatro paredes y disfrutar un poco del ambiente urbano. Sentía lo que toda mujer siente cuando se ha preparado para salir a la calle, con un hombre al que ama o, al menos en este caso, le sirve de efímera distracción. Tenía ganas de lucir aquel vestido.

Lo que tardó el ascensor en llegar del segundo piso, donde ellos vivían, al portal de la casa, a Margarita le pareció una eternidad. En aquel estrecho espacio donde tanta gente sube y baja todos los días, estaba a solas con un hombre que difícilmente podía evidenciar más sus ganas de comérsela. Empezaba a sentirse incómoda y por acallar sus besos repetitivos, ramplones, inexpertos, le ponía el dedo en los labios y le miraba con una mirada cariñosa, aunque fatalmente provocativa. Don Eduardo la sostenía entre sus brazos, le decía palabras ociosas al oído, le acariciaba la mejilla, ponía sus manos en sus caderas y hacía comentarios sobre su delgadez. Le había tocado sin duda la fibra sensible, y por suerte no le dio un manotazo si no que simplemente le volvió la espalda y provocó más melosos arrumacos por parte de don Eduardo para consolarla. Margarita sabía que don Eduardo tenía razón; recordaba aquel trasero, voluminoso pero apetecible, insinuado en la elegante caída del oscuro abrigo de plumas que llevaba aquel invierno en la estación del metro. Cierto es que había comenzado un régimen obsesivo, y que ella misma empezaba a concienciarse de que la moda le estaba afectando. Pero no, de ningún modo, ella no podía soportar que alguien le dijera que había engordado y ponía un millar de excusas médicas para justificar su extrema fragilidad. Que si su cuerpo era muy particular y se deformaba, que si sus pechos no podían soportar el efecto nauseabundo del exceso de grasas, que si no le venían bien los vestidos, como otras fantasías que ella misma procuraba inventar.

Llegó por fin el ascensor al suelo, hecho que don Eduardo aceptó con lástima y resignación. Le hubiera gustado quedarse allí a dormir, pero desgraciadamente el elevador era cosa pública y más tarde o más temprano les habrían hecho desalojarlo. Fueron al restaurante, casi atados el uno al otro, prodigándose besos, parándose a cada rato y gastándose bromas que de no haber estado enamorados, o al menos, de no haber intentado aparentarlo, les habrían parecido verdaderas majaderías. No deseaban encontrarse aquella noche con ningún colega, pues estaban tan embriagados el uno del otro, devoraban con tanto placer sus bocas a medida que andaban que detenerse para charlar o saludar hubiese significado una obligación demasiado horrenda y puede que hasta imposible. No se encontraron a nadie, pese a que tardaran el doble de lo debido en llegar al restaurante, que apenas estaba a unos quince minutos andando. No obstante, vieron que a la entrada del restaurante había mucha gente. Todos conocidos suyos.

—¡Hey!, ¿qué hacéis vosotros aquí? –le preguntó uno que tenía tanto de inculto como de gracioso.

El desconcierto de la pareja, perdida en deleites voluptuosos, se puso de manifiesto. La sonrisa de don Eduardo era estúpida, vanidosa, sabihonda; enseñaba unos dientes simiescos y asomaba sus ojos brillantes por encima de las gafas. Margarita tenía el aspecto de una mujer confundida, mitad caprichosa, mitad amilanada, que ama pero que no suspiro, que observa pero que no escudriña. Sus ojos vagos saludaron a sus amigos, ocultando bajo su gallardía femenina un mal humor impenetrable que sólo sus ojos, insondables ojos, delataban.

—Aquí hemos venido a aguaros la fiesta. –señaló Margarita, que fue besando en desorden a los siete amigos allí reunidos- Oye, Javi, ¿Por qué no entráis al restaurante? ¿Pensáis comer aquí fuera?

Y acompañó esta última pregunta con un fingido tono de burla que solía usar con individuos de aquella calaña. Ya sabe el lector, indeseables, insípidos, sin enjundia, gente que no se esfuerza en comprender a sus semejantes y que se contenta en barajarlos con sus cavilaciones ligeras. A Margarita le gustaba, no obstante, más que su don Eduardo, cuya formalidad y amor desesperado la ponían de los nervios.

—¡Qué va!, si no hay sitio pa tanta gente –dijo el otro, rubio, guasón y con ojos indefinidos de borracho.

—Supongo que tendrán una mesa para dos –señaló don Eduardo, que casi no había saludado a nadie y se limitaba a responder con gesticulaciones extrañas y lacónicos monosílabos– Entraré a ver.

Entre tanto que don Eduardo estaba dentro, por lo visto discutiendo acaloradamente con el camarero para que les dieran una mesa para dos, Margarita esperaba fuera, charlando con sus amigas. No obstante sentía una especie de extraña incertidumbre, de histerismo femenil, como si tuviera que madrugar al día siguiente o enfrentarse a una situación que su alma repudia. No tenía ningún reparo en poner de manifiesto su angustia, que expresaba con hondos suspiros, quejas desabridas y miradas ocasionales al interior del restaurante. Pasaba el tiempo, y los muchachos allí sentados en el escalón, charlaban, fumaban, bromeaban y se contaban hipocresías de las que no suelen contar en la insipidez de sus hogares. La angustia de Margarita era patente a todos y todos la comentaban con la vivacidad ocurrente de la impotencia. Entonces Javier se acercó a Margarita, aparentando lástima, la cogió del brazo y le habló apresuradamente con su voz más baja:

—¡Eh, venga, un abrazo, ahora que no nos mira!

Y Margarita, no pudiendo soportar más su desdicha, se echó en sus brazos y disfrutó de un consuelo largo, pausado, carnal, que no le hizo sentirse mejor pero sí le hizo descubrir su angustia existencial. Se sentía soberanamente sola, y su vida grimosa, que oscilaba entre el afecto y las lágrimas, se deshacía en aquellos instantes metafísicos, en que confesaba su desesperación. Javier disfrutaba empalagoso en acariciar su espalda, aunque se hubiera horrorizado de ver lo que pasaba por la cabeza de Margarita.

—Ay, Marga, pero... ¿por qué no dejas ya a ese imbécil?

Margarita negaba y renegaba con la cabeza.

—¡No, no puedo! ¡Tengo que amarle! ¿No lo comprendes? ¡Lo mataría si no lo amase!

—Eso puedes decirlo de todos los hombres que te conozcan. A todos los que niegues tu amor los estarás matando.

—¡Oh, no, no! —negaba Margarita, indispuesta a reconocer la evidencia- A todos no, yo sé que don Eduardo se suicidaría, lo sé, lo conozco... ¡me ama con tanta locura! ¡Ay, y sin embargo cuánto sufro cuando estoy con él! ¡No lo puedo soportar! ¡Quisiera rebelarme, quisiera escapar de su lado!

La conversación cesó de pronto y se escapó por otros derroteros. La razón es que don Eduardo había salido del restaurante. Había quedado una mesa libre. Javier disimulaba conteniendo la risa y vio insensiblemente cómo don Eduardo la tomaba del brazo con ironía y entraba en el restaurante, sin apenas decirle una palabra a nadie. Margarita sintió cómo aquel brazo egoísta, caprichoso, la apretaba con una fuerza sobrehumana. Se sintió avasallada y avanzó como el esclavo que obedece a su amo. No obstante manifestaba la sonrisa compasiva de una mujer que no quiere herir los sentimientos de un hombre. Don Eduardo había creído desde siempre que Margarita estaba locamente enamorada de él, y si ella por alguna equivocación le hubiese hecho algún gesto desdeñoso, o simplemente no le hubiera respondido con la vehemencia habitual, él sin duda lo habría notado.

Don Eduardo tenía la manía, inalterable, de sentarse siempre en la misma mesa. Por eso había discutido tanto con el camarero. Era un local tranquilo, sin demasiado estruendo, pero atestado de gentes insignemente vestidas, que conversaban y reían con asombrosa naturalidad. Margarita se iba animando, la gente producía en ella el placer de sentirse divertida, graciosa, capaz de atraer las miradas masculinas tras de sí y dejar a los hombres con una tortícolis incurable. Era lo único que le quedaba a su esclavitud voluntaria. Pasaron por el pasillo buscando la mesita que había escogido don Eduardo. Margarita ya se había soltado de su brazo, y don Eduardo la seguía un poco irresoluto, como si no supiera con exactitud qué tenía que hacer. Algunos tipos miraban de reojo a Margarita, pero él no lo notaba. Estaba buscando el rincón favorito que tanto le había costado obtener. Después de atravesar una selva de mesas, tropezándose con camareros y cuadrillas de borrachos, consiguieron sentarse. Era una pequeña mesa, con unas velas, junto a un cuadro surrealista en el que se representaba a una especie de mujer, difuminada, con una extraña mirada, cuyos cabellos se confundían con un poderoso tornado, del que brotaba una neblina de granate chillón, muy chillón, que completaba el lienzo.

A Margarita le disgustaba aquel cuadro, sentía que se miraba a sí misma en el espejo. La mirada entre jubilosa y patética de aquella mujer, revestida de emociones trágicas, nostálgicas, tenía mucho de expresivo y le hacía sentir un inmenso escalofrío cuando se fijaba. Se sentó con una cierta sensación de náusea, sensación que expresaba en sus ojos agazapados y el rizo de sus pómulos. Toda su satisfacción se vino abajo en un instante. Don Eduardo no notó aquel gesto tan característico de ella, estudiaba la carta, buscando un menú que le agradase. De fondo se escuchaba una música suave, que a Margarita le parecía enigmática y a don Eduardo le hacía rebosar de pasión. A cada instante tomaba su brazo desnudo para empaparlo con sus besos acaramelados, y Margarita le sonreía. Pero había un brillo extraño en sus ojos, unas lágrimas palpitantes que asomaban, que se dijera que de un momento iban a salir volando por la sala como dos grandes pompas de jabón. A veces la música despierta emociones subterráneas en las mujeres y los hombres. Aquel pianista tocaba su piano despreocupadamente, divagando en sentimientos escondidos que sólo la música rebela de un modo casi perceptible. En aquel momento don Eduardo la tomaba de la mano, sin apenas notar que sus dedos temblaban. Don Eduardo la miraba a los ojos, interpretando aquellas lágrimas fruto de su alegría, de su amor reverente por hallarse a solas junto a él. Pero Margarita tenía la mirada perdida, perdida en la música y todo el jolgorio de su alrededor no era más que ruido escénico de su sublime angustia.

—Margarita, aun no puedo comprender cómo puedo estar tan enamorado de ti.

Margarita bajó los ojos, que todavía lloraban en silencio. Se le estropeaba el maquillaje, pero comprendió que era necesario dejar que sus lágrimas resbalaran libremente por sus mejillas. Sabía que su desesperación la hacía más hermosa que de costumbre; sentía una secreta satisfacción en su subconsciente. Aquella cursilería de don Eduardo le había llegado al alma y no sabía cómo decirle en la cara que era un pobre ingenuo, un bienpensante en este mundo de locos. Se resignó a tragar saliva, a llevarse el pañuelo a la nariz y a confesar en un tono compasivo que inspiraba verdadera lástima: «Yo también te quiero...».
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2 comentarios

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21:31 ×

Poesía, relatos... veo que este blog merece llamarse como se llama. Muy cuidado su relato, muy bien escrito, delicioso. Lástima que no estuviese ambientado en el siglo XIX, pues con la poesía de hace unos días, sus excepcionales artículos y su magnífico vocabulario, podría haber encajado perfectamente.

Un saludo

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Samuel
admin
10:46 ×

Comprendo que a algunos nos resulte un tanto violenta la ambientación posmoderna en los relatos. Yo solía ser incapaz de escribir un relato ambientado en el siglo XXI, y es que me horroriza el lenguaje banal y los diálogos pueriles de las gentes de este siglo.

No obstante, consideraba necesario ambientarlo en este siglo por transmitir una sensación de cercanía temporal. Quizás me he dejado llevar un tanto por las imágenes que tenía en mente y me ha resultado difícil conseguir que sus personajes fueran gente, digamos, ilustrada e independiente del espíritu de las épocas.

A pesar de todo, ya hace tiempo que tengo en mente otro relato, y procuraré escribirlo tan pronto como consiga dedicar un tiempo y logre concentrarme.

Muchas gracias por tu comentario.

Un cordial saludo.

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