Reflexiones en un vagón de tren

He abandonado yo las playas rojizas, bañadas por un calor sofocante, en vista de la decadencia que esa suave brisa otoñal anuncia sobre los últimos holgazanes que se resisten a abandonar la arena para volver al curro. He vuelto a ver las nubes grises pronosticando actividad, movimiento en el cielo, rumor de arcángeles y tumulto borrascoso, y mi espíritu agarrotado otra vez se ha henchido de orgullo como si de repente se le hubiese abierto la tapa de la tumba. Ahora, lector, que el tiempo ha pasado raudo, que los escrúpulos han quedado sepultados bajo el estupor y la raigambre del verano, ahora que las piedras vuelven a conversar como antaño, que los trenes retornan a su vía y los viajeros observan admirados la lejanía, es quizás tiempo de volver la mirada hacia el pasado turbulento y monologar con infinita precisión y sinceridad sobrehumana sobre nuestra incomprensible debilidad. El papeleo de la matrícula está resuelto. La burocracia por una vez ha servido para algo. Hemos despachado pronto. La cosa funciona. No falta nada. Ya soy universitario.

Regreso en el tren de la ciudad ilicitana, en cuya universidad me he matriculado. Nos separa tan sólo un palmeral deshabitado, que se atraviesa en un tren de cercanías. Recuerdo muy bien al revisor que me extrajo de mi letargo existencial. Era un señor alto, impersonal, que vestía una chaqueta azul marino sin mácula ni arruga, y que desde sus gafas prominentes escrutaba de forma augusta a los viajeros, que interpretaban su aparición como una molestia. Aun en las distancias cortas, a veces tienen que despertarlos para reclamarles el billete y es entonces cuando encarnan a la real molestia, convirtiéndose en mensajeros de la interrupción, de la muerte espiritual. Esos personajes a menudo fantasmagóricos suelen hacer su aparición cuando menos te lo esperas, cuando tu alma divaga en la lejanía espacial, símbolo del porvenir, y permanece ajena a las vacuas relaciones con el riguroso trámite de los viajes en cercanías. El buen hombre aguarda de pie, con el tren en marcha, a que saque el billete de mi bolsillo. Se lo doy, y de forma prodigiosa parece picarlo en escasas décimas de segundo. Recojo el billete, se escucha el impertérrito run run del tren atravesando las vías, entre desiertos de malezas y casas abandonadas. El silencio místico de los transeúntes denota una atmósfera de melancolía; las miradas no dejan de levantarse y agacharse. Uno lee, el otro escucha música, los ojos se investigan, divagando; aquí se amodorran en el asiento, echan un vistazo por la ventana y la joven de delante mía entorna los ojos como si estuviese cansada de la vida. Yo todavía pienso en que no hay nada tan fugaz como el tiempo, que nunca llegaré a concluir mi propósito, que mi cuerpo delgado envejecerá y morirá sobre la silla giratoria, frente al ordenador, sin que la música deje de sonar. No sabía muy bien donde estaba, miraba a mi alrededor con curiosidad. Luego me volvía a mi asiento y seguía mirando a la joven de delante mía, cuyos ojos no se separaban de su lectura. No distinguí bien el título. Al lado mío, una mujer morena, de unos treinta o cuarenta años, miraba sin descanso por la ventana. Yo estaba rígido, todavía sudoroso y sin aliento por la carrera hasta el tren, que se me escapaba. Reposaba tranquilo. Pensaba: qué gran misterio eso de desplazarse sentado, leyendo, viendo cómo otros leen, o aguardando en la oscuridad de una estación junto a otros viajeros a que el tren correspondiente asome el morro por el túnel, no sin antes anunciar su llegada con su inconfundible estruendo ruinoso.

Llego a casa con una expresión desenfadada; el tren me ha hecho viajar en el tiempo, la vejez del desierto me ha rejuvenecido a medida que contemplaba un paisaje bastante sabido: la costa levantina. Yo bien sabía que aquellas miradas estaban hartas de ver el mismo paisaje; las malezas abandonadas, las palmeras del desierto alzándose a un lado, el mar plateado al otro, en el que chispean puntitos de sol; las playas desiertas amontonando posidonias y algas diversas en las orillas. A estas horas pasan las máquinas limpiaplayas, y hay también algún que otro treintañero haciendo footting. Volvemos a penetrar en la oscuridad del túnel, no sabiendo si hay algo al otro lado, pero con la esperanza de que la estación está próxima. Llegamos. La gente se apresura a bajar del tren, que se va deteniendo lentamente y comienza a dar respingos como si hubiera perdido el aliento. Por la estación no hay quien ande. Basta que una persona sola se detenga para que broten pisotones, trompazos, riñas, insultos y palabras mayores, acabando como suele acabar todo en España. Yo sigo a la marabunta, todo el mundo parece conocer muy bien su destino. Las puertas del Boccatta se abren y se cierran al paso de la gente. Yo voy directamente a la salida y bajo solemnemente las escaleras. Salgo de la misma estación por la que había entrado, y eso que había recorrido treinta o cuarenta kilómetros. Esas ironías metafísicas tiene la estructura del transporte.

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4 comentarios

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Sansara
admin
13:53 ×

Es lo que tiene el tren. Y la mayoría de sus viajeros. En tu próximo viaje, que seguro que no harás pocos, prueba a hablar con alguien de la cafetería, yo me sorprendí un par de veces..

muy bien escrito, por cierto.

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vitio
admin
15:46 ×

Tengo que reconocer que me encanta viajar en tren. Lo cojo cuando puedo y me encantó el viaje que realicé a Barcelona en el Talgo III, ese mismo que me compraría a escala reducida para probarlo en mi maqueta...si tuviese dinero, claro.
Pero bueno, como puede comprobar, soñar es gratis...
Felicidades por el artículo. Opino igual que Sansara: Está muy bien escrito.
Un saludo, vitio.

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VICTRIX
admin
21:28 ×

Mi enhorabuena Samuel. Por su escrito y por haberse convertido en universitario, porque cuando se cubre la primera matrícula tiene uno la sensación de haber dejado atrás buena parte de su vida, aunque son apenas unas horas y un impreso lo que nos separa de esa etapa que ahora nos resulta tan lejana. A mi modo de ver, por muy degenerada que esté la juventud, la universidad y el sistema educativo, es innegable que la enseñanza universitaria dota de una base cultural bastante amplia a las personas que le saben sacar provecho (no son muchas)

A mí también me gusta viajar en tren, aunque suele utilizar más el autobús. No obstante cualquiera de estos dos medios de transporte me gusta más que el avión, a pesar de ser inigualables las vistas que podamos tener de cualquier ciudad desde el aire. Pero no es perceptible el cambio del paisaje o las rayas de la carretera, que llegan a ser hipnóticas. Sin embargo debo reconocer que es bastante complicado conjugar los horarios para poder realizar las tan interesantes excursiones de un solo día, esas en las que se visita una ciudad cercana en el mismo día.

Un saludo.

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miguel
admin
10:07 × Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
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