La erudición se puede aparentar

Todavía soy principiante, sufrido bachiller en la escala de la sabiduría, desde hace poco universitario, y por consiguiente, poco hablador y un aparentador de primerísima calidad. En ello no creo diferenciarme de muchos, que aparentan ser tímidos y estudiosos cuando en realidad es una moderación simple lo que les afecta y ellos la exageran. Yo, no, de ningún modo. Mi timidez es patológica, real, y cuanto más la exagero, más patológica y real parece. Aparentador soy desde que me hice admirador de los escritores selectos, los clásicos, comunicadores, grandes comentaristas y todos esos que de vez en cuando dejan caer un tecnicismo, una cita oportuna, cuando no hace ni dos días que la aprendieron y acaban de empezar a usarla. Pero aparentamos, porque cuanto más pinceladas de sapiencia se denotan ante los demás, más grande es el vértigo que se provoca en la imaginación del interlocutor, que si no es extremadamente oculto, pensará que este hombre tiene muchas lecturas y las utiliza prácticamente a diario. Es una manera original de aparentar que se sabe algo, y en el panorama generalmente indocto en que nos movemos, queda muy bien y da mucho prestigio.

Al margen de la buena reputación que va labrándose el estudioso, otra cosa es lo que de verdad llega a conocer y la cantidad de datos que llega a manejar. A mi juicio eso es andadura natural de todo estudiante. Se va aparentando que se sabe, se van haciendo propias las opiniones prestadas, y después de haber mascado bien lo que se oyó decir a otro (las llamadas influencias) entonces es cuando se tiene la cordura necesaria para no creérselo todo al pie de la letra y hacer las propias consideraciones. Pero no obstante, y esto siempre se dice, saldrá el pícaro camorrista, de los que gusta la polémica por la polémica, y dice que aquel está manipulado por tal periodista o el discurso de tal político. Ah, qué gran descubrimiento. ¡El mundo entero está manipulado! Si entendemos por manipulación la influencia de otros individuos, o medios, imperio absolutamente indispensable para que los hombres conozcan, si es que existe tal acción. El paradigma está en los propios niños, pues el lenguaje humano no es sino imitación del sonido que se percibe y hasta los gestos suelen ser fruto de lo que nuestro ojo observador ha visto hacer a otros. Pero, que eso sea lo correcto, lo santo, lo infalible... de eso nadie nos ha dicho nada. Pues aunque un día llegamos a replantearnos las bravatas que se nos decían nuestros padres, seríamos ingenuos si negáramos que hemos recibido influencias ajenas a la, digamos, versión familiar, del mundo presente al que nos enfrentamos.

Ante toda esta circunstancia de apariencias, que a lo largo de la vida dibujamos en impresentable bosquejo mental, vamos borrando y borrando y volviendo a dibujar sobre un papel ya mancillado por nuestros primeros impulsos. La apariencia pasada se va haciendo fatigosa, el perfil intelectual se rehace una y otra vez, aparecen nuevas lecturas que nos influencian, sin manipularnos, pues eso de la manipulación sólo puede hacerse con enfermos mentales, estúpidos amantes del fanatismo multiforme y simples curiosos que pasan la vida tragándose lo que otros sectarios ya han cacareado hasta la saciedad. En esto entra la curiosa psicología publicista, pues está visto que nada es lo que es sino lo que aparenta. Ya sabrá el lector de lo que hablo. Esa palabra mágica, odiosa, engendradora de equívocos, que marca las pautas de esta sociedad borreguil y presuntuosa: marketing. De ella echan mano mucho más los que aparentan por el placer de engañar que los que lo hacen como simple estratagema para abrirse paso entre el rebaño, pues no se entiende de otro lenguaje. Para aparentar algo antes hay que serlo, y es cosa que no apetece a todo el mundo. Y para ser no se puede vivir ajeno a las fuerzas del exterior, pues aun los misántropos escogen autores que les influencian, consagrando su misticismo o haciéndoles apartarse de él. Tiene gracia que en el fondo se hable de objetividad, un invento barato para que las ideas de unos predominen sobre las de otros y no reconozcan que todas se hallan en constante pugna dialéctica. A lo mejor es que la apariencia de la objetividad no es más que otra norma subjetiva impuesta de modo subliminal. Qué cosas tiene el mundo.
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2 comentarios

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VICTRIX
admin
17:47 ×

Magnífico el artículo, de veras. Tanto que lo volví a leer una segunda vez para disfrutar de su lectura y para poder comentarlo con más detalle. Habla usted de su timidez patológica, algo con lo que me siento identificado en cierta manera, aunque también aseguro que he cesado en el intento de comprender mi propia personalidad después de precisamente no poco esfuerzo, y eso que dispongo de una extraña capacidad para deducir la personalidad de las personas con apenas unas pinceladas. A mi modo de ver, soy poseedor de una extraña dualidad querer ser-ser o creer ser-ser de tal manera que a menudo soy contradictorio. Ni tan siquiera se si soy un aparentador o no, si realmente dispongo de conocimientos o si se trata de una amplia cultura general bajo la cual hay realmente muy poca profundidad; estos es, saber un poco de todo pero no saber mucho de nada. Así que en esos dilemas me debato, los cuales me ocupan más tiempo en periodo vacacional.

Igualmente estoy completamente de acuerdo con usted cuando comenta que “se va aparentando que se sabe, se van haciendo propias las opiniones prestadas” Una verdad como un templo. Yo personalmente creo que esto se debe al deseo por saber y por descubrir y sobre todo al gusto que en edades tempranas provoca el saberse entendedor de aquellas ideas que siempre se habían escuchado pero nunca entendido. Llegados a este punto creo necesario diferenciar, muy en su línea, entre quienes saben asimilar las ideas que reciben del exterior y contrastarlas con otras al mismo tiempo que se van completando y argumentando con otras nuevas, de aquellos que las convierten en verdades universales y que son incapaces de ver más allá de las mismas. Porque lo que es indudable es que todos tenemos influencias, pues no conozco a nadie que nazca aprendido. Todo lo que conocemos se lo hemos escuchado a alguien, lo hemos leído en algún medio o lo hemos deducido por propia experiencias pero atendiendo a los comportamientos ajenos.

Hasta aquí todo es correcto, pero la pregunta que me surge es si realmente existe la verdad, si mis ideas son más racionales y están más argumentadas que las de un comunista (por ejemplo) que ha hecho de esas influencias unas verdades universales. Porque resulta evidente que cuando una persona defiende una idea es porque cree que esa defensa está debidamente fundamentada y razonada ya que, de no ser así, no defendería esa sino otra idea. Es decir, que si yo pienso así es porque creo que mis razonamientos son los correctos y que los de quien opina diferente, por muy respetables que sean (que seguro lo son) están equivocados y son de algún modo rebatibles. Siento desviarme del tema, amigo Samuel, pero siempre me he preguntado si existen verdades, ideas o sentimientos auténticos, verdaderos y correctos al margen de las ideas de la gente. O si por el contrario las “cosas” simplemente son, sin más, y somos nosotros mismos quienes les añadimos adjetivos a través de juicios críticos de valor.

Pero volviendo al tema, y sin olvidar la idea relativista planteada, le comento que a mi modo de ver la sociedad sí que es borreguil e idiotizada, cargada de razonamientos erróneos fruto de convencionalismos, de miedos o traumas, de teorías políticas malinterpretadas y de un desconocimiento y una incultura generalizada de temas de cultura general tales como política, historia... Pan y circo, por así decirlo. Y considero a la juventud idiotizada e inculta, carente de valores y de decencia, movidos por instintos primitivos y no por el honor o por unos ideales nobles. Creo que mis ideas son correctas y estoy convencido de ello, de modo que confío en mi mismo y en mis valores, pero también soy consciente de que a otra gente le pueden parecer estúpidos y criticables. Así todo creo que hay un matiz que permite salvar el relativismo, y es la sensación de sentirse en situación de superioridad o de inferioridad mental subjetiva respecto a otro. Es decir, sentir que aquél con quien discutes tiene ideas mucho más formadas, elaboradas y contrastadas que las tuyas; O al contrario. Y, por supuesto, el argumento que rebasa el relativismo y quita eso tan subjetivo que es “la razón” es el insulto ante la falta de argumentos. Complejo tema el de la razón y la verdad...

“Qué cosas tiene el mundo” Qué razón tiene usted. Tanto que no se extrañará si le comento que la persona que me genera más antipatía es muy semejante a mí. Y aquella con la que tengo un trato más cordial y cercano tiene en muchos aspectos visiones diferentes a las mías.

Un cordial saludo.

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What if...
admin
10:04 ×

Muy interesante el comentario y no menos la respuesta.
Sin querer al leerlos ha sonado en mi cabeza la canción de los Platters pero en la versión de Elvis...
Todos somos grandes "fingidores", la diferencia estriba entre los que saben que los son, aunque la reitereción de la actitud acabe por incorporarlo de forma automática a su personalidad, y los que desconocen su fingimiento y lo creen producto propio. Cuando alguien cree haber llegado a una idea personal y original, en realidad pone de manifiesto su ignorancia, al desconocer que antes otra persona lo hizo y probablemente lo aprendió de un tercero. Sin embargo no miente. Probablemente haya llegado a conclusiones similares por caminos muy distintos, y es que en el fondo creo que el ser humano repite en cada vida procesos muy parecidos. Nos apoyamos en conocimientos de otros para aportar nuestro esfuerzo, pero no es hasta que asumimos los anteriores cuando podemos avanzar.
No creo Victrix, que las cosas sean porque si. Mejor dicho, no creo que tenga importancia si tienen entidad independiente o no. Es una discusión bonita pero sin fruto, porque nada es si alguien no lo percibe.
¿Existe el amor sin amante que lo sienta?, ¿existe la música sin un receptor que sea capaz de estimularse?
No lo sé, pero no creo que importe, porque en estas cuestiones, los matices subjetivos son los que dan la propia esencia a las "cosas".
Tal vez me confunda pero creo recordar de mis tiempos de estudiante que fue Heidegger quien me hizo entender que nuestro cerebro, como los cedazos, no aprende nada que no pueda encajar en el molde, (los agujeritos), como esos juegos infantiles que no permiten al círculo pasar por el hueco del triángulo.
Por eso cada vez que se aprende lo mismo, se aprende de forma distinta. cada persona es capaz de hacer pasar unas piezas y otras no. Y hay un grupo común de piezas enorme, que casi todos somos capaces de encajar.
¿Hay más piezas? Apostaría que si, pero hasta que otro con un tamiz más complejo no lo aprenda, sólo nos cabe elucubrar sobre su existencia y confiar en que la experiencia previa nos enseña que el hecho de no conocerlo, no significa que no exista, muy al contrario.
Saludos

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