Conversación con un testigo de Jehová en la parada del autobús

Hace poco me sucedió un hecho curioso. Iba ya por la calle camino de la universidad, los cascos puestos, oculto de las miradas extrañas bajo mis discretas gafas negras, cuando encuentro un banco y me siento a esperar al autobús. Nada más sentarme, se acerca a mí un hombre bien entrado en años y me llama con elocuencia centenaria: «¡Joven, joven!». Y yo que estaba cómodamente sentado, le respondo inaudiblemente «¿Sí?». El viejo prácticamente me conminó a que charlara con él, aprovechando que mi autobús todavía no llegaba y me sobraba tiempo para llegar a la estación. Me levanté, me quité las gafas y vi lo que se traía entre manos. Tenía ese acento de bruja de cuento que viene a engañar a los niños con palabras ampulosas, queriendo hacer pasar su veneno por golosina; empezó a sacarme revistas de una cartera que llevaba, me dio una, y porque me negué a coger otra, pero si hubiese podido me habría hecho cargar con la bolsa y me habría obligado a seguirle en calidad de prosélito. Claro, pero eso no podía suceder. Yo tenía que tomar el autobús y nada me habría desviado de mi propósito. Una clase de Teoría de la Comunicación no es cosa baladí para desperdiciarla por un asaltador de paradas de autobús, un intempestivo lavador de cerebros, un vendedor ambulante de doctrinas iluminadas.
«Joven, joven, ¿le gusta a usted leer? Yo tengo muchas cosas para leer, muchas cosas». Su énfasis me hacía una enorme gracia, porque pronunciaba la palabra leer como si fuera una actividad misteriosa, que sólo está reservada a unos cuantos eruditos, a los que Dios, en su infinita misericordia, le ha placido iluminar. Dicho lo cual, y sin más preámbulos, mientras yo hacía un rollo con la revista que me había ofrecido, me sacó otra que yo no había visto y me obligó a leer un subtítulo de esos publicitarios, apocalípticos, escabrosos, que llaman la atención no tanto por su conceptualismo insoportable como por su contenido sumamente espeluznante. Algo sobre el fin del mundo, cómo no, táctica rancia para convencer a los pecadores para que se aparten de la concupiscencia. El hombre, un robusto anciano de calva plateada, hablaba con patente convicción, como si él mismo se creyera en posesión de una verdad absoluta y yo fuera un pobre desgraciado, de esos que vagan sin rumbo por este valle de lágrimas. «¿No conoces la revista Atalaya?», me preguntó, como si yo tuviera el deber moral de conocerla, y empezó a rebuscar en su cartera por si llevaba algún ejemplar. Yo no conocía la revista Atalaya, había oído hablar de ella, pero, como es lógico, nunca había imaginado que se trataba de una lectura imprescindible. Le respondí que no con la naturalidad de un transeúnte al que no le interesa la propaganda. No obstante, tenía curiosidad. ¿Qué llevaría aquel hombre en aquella cartera tan grande? Nunca había escuchado a uno de esos salteadores intelectualoides, deslumbrados exegetas, convertidores del estilo del martillo, obstinados en sus propósitos y manipuladores de rancio abolengo. Los había visto muchas veces por esas largas avenidas, de dos en dos, vestidos de corbata y camisa, luciendo una etiqueta, tan parecidos el uno al otro como dos burbujas. Yo siempre me había frotado los ojos creyendo que empezaba a ver doble, pero por más que frotaba seguían estando ahí. Con este no valía la broma, no era un fantasma, sino un hombre de carne y hueso, al menos de hueso, y tenía el firme propósito de que charláramos.
Mientras el buen hombre rebuscaba en su cartera, yo le pregunté que si era Testigo de Jehová. El hombre, antiguo predicador que conoce los prejuicios de la gente que no quiere que le jalen el tarro, se veía venir por dónde iba mi cabeza invulnerable, mi espíritu escéptico y malpensado, templo de todos los síndromes callejeros y los más arcaicos escrúpulos de los peatones corrientes. Su mirada era triste, tenía temor de que lo largara, llamándole sectario, y le robara la oportunidad de enmarañar la realidad, haciéndome preguntas raras y complicadas. Por un momento había dejado de mirarme como un gato a su ratón, y yo le observaba tranquilo, con cierta ironía. «Debemos examinarlo todo, y retener lo bueno», me dijo parafraseando al apóstol Pablo, como para salir del paso. A mí se me ocurrió una broma que preferí no contarle. El hombre comenzaba a intrigarme de verdad. Empezó la batalla, yo le dije que era evangélico y no creía en “esas cosas” que ellos dicen. Mentía, no sólo no creía en ellas, me tenían completamente sin cuidado. Para mí el evangelio es cosa práctica y no de darle a la sesera a ver si obtenemos un serrín del mejor jaez. Se interesó, sacó su Biblia, Traducción del Nuevo Mundo, y me citó la ya manida historia de que el Padre y el Hijo son seres distintos, pues en Juan 17, Jesucristo le ora al Padre. Yo le digo que ora como hombre, no como Dios, cosa que él niega rotundamente, y luego me limito a responder «¡Esa Biblia no es Reina Valera del 60, no es la misma que la mía!». Muy bien, pensaría el buen hombre, pero los textos que me ofrecía sí que están en la Reina Valera, revisión de 1960. No todo lo han manipulado. «Yo y el padre uno somos», le digo que también dice Jesús en el evangelio, y él me responde por divagaciones que tal texto hay que interpretarlo en su contexto, desde determinado punto de vista, etcétera, etcétera. ¡Cómo disfrutaba el cosaco! ¡Qué inigualable pico de oro! Pretendía decirme que no basta con creer en Jesús, que es necesario creer en el Padre y otra vez a redundar en la diferencia. «Yo ya soy creyente», le dije, y parecía añadir en aquel tono imperioso y concluyente «¡Y a mucha honra!». Pero el buen predicador, sin reparar en el matiz, seguía diciendo que no basta sólo con creer, que nuestra fe debe redundar en alabanza al Padre. El charlatán se exaltaba, levantaba los brazos y se sentía enormemente orgulloso de su conmoción. Sus facciones me recordaba a las de aquel progre conferenciante que se explayó en alabanzas del diario El País. «Yo ya he aceptado a Cristo en mi corazón», le volví a repetir, y sus ojos seguían dando vueltas, como si dibujara en el aire esa espiral metafórica por la que quería hacerme penetrar.

Afortunadamente, puedo decir, y gracias a Dios, mi autobús llegó en aquel momento, cuando el debate parecía escaparse por otros derroteros. «Me tengo que ir, ese es mi autobús», le digo a modo de disculpa, y voy a ponerme a la cola para entrar en el transporte público. El gárrulo propagandista no esperaba que la Providencia actuara en su contra, sobre todo cuando había trabajado tan arduamente por hacer un prosélito tan escurridizo y de tantos prejuicios. «Bueno, de acuerdo, lea usted la revista», me dijo, sin poder ocultar un profundo sentimiento de decepción, de desilusión; él hubiera deseado que aquel autobús no llegara nunca, y que hubiésemos estado allí los dos discutiendo, yo proponiendo, él rebatiendo, hasta altas horas de la madrugada, cuando por fin, fatigados nuestros cuerpos en la solitaria calle, no pudiésemos mantener por más tiempo la pugna teológica y nos hubiésemos retirado cada uno a nuestra casa, poniendo de manifiesto la grotesca imagen que ofrece la discusión proselitista. Pero no, los autobuses también llegan. El hombre me siguió con la mirada hasta que metí la tarjeta en la máquina. «Lea la revista», me había dicho, poco antes de perderlo de vista. Yo le sonreí, como diciendo: «¡Ya lo creo que lo haré!». No encontré asiento en el autobús, me quedé de pie, esperando a que se bajara alguien. ¡Un asiento libre! Me senté. Vi que al lado mío estaba esa señora de aspecto musulmán, que había escuchado toda la conversación en la parada y posiblemente habría deseado meterse en la discusión, si ella misma se hubiese consentido actitud tan imprudente. ¡Qué estúpido galimatías hubiese sido entonces aquel diálogo de sordos! No obstante, sus ojos hablaban mucho. Lo he oído, decían, lo he oído todo. Yo estaba satisfecho con la conversación. No habíamos llegado a ninguna parte. Mi autobús iba sobre ruedas, y yo llegaba con tiempo de sobra a la estación del tren. Lo primero que hice al bajar fue buscar una papelera y dejar caer en ella la famosa revista que casi me hace tragar aquel predicador callejero.
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6 comentarios

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vitio
admin
20:40 ×

La verdad es que nos podemos hacer la siguiente pregunta ¿Qué porcentaje de la propaganda y de los pnafletos que nos dan, los leemos?
Por mi parte, el 25%
Un saludo, Samuel.

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What if...
admin
13:40 ×

¿Por qué ciertas creencias, sean del tipo que sean, llevan aparejadas la necesidad imperiosa del proselitismo?
¿Se debe acaso a la felicidad de haber descubierto "la verdad universal" y por tanto al deseo de hacer felices al resto de los seres humanos, o es más bien una especie de contabilidad interna, de columnas añadidas al haber, a la hora de dar explicaciones al director general de la entidad financiera?.
Me inclino yo por lo segundo. y nada hay tan contradictorio como tratar de hacer llegar por el camino de la razón, lo que no es sino un ejercicio absolutamente irracional, como es creer en lo que no puede verse, medirse, pesarse...
Hay dos parábolas que por su interpretación han causado verdaderos estragos. La del rico, el camello y el ojo de la aguja, y la de los talentos.
La primera ha logrado que se generalice la creencia de que las personas son por lo que tienen, entregando el beneficio de la duda a los que nada tienen y culpabilizando de forma anticipada a los que si.
La segunda ha transformado las bondades de la superación y el esfuerzo en la obligatoriedad constante, en la insignificancia de nunca ser suficiente, y han transformado a un supuesto padre amantísimo en un recaudador de impuestos.
Respondiendo a Vitio, le diré que yo no leo ni el 1% de la propaganda que me es entregada y no solicitada. No porque no me interese (que normalmente no lo hace) sino por el hecho de no haber manifestado el menor interés en recibirla.
Un saludo

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16:53 ×

Un genial artículo y una enmarcable anécdota, amigo Samuel. No suelo soportar las plúmbeas conferencias de los proselitistas y su barata propaganda. Aunque los prefiero antes que a otros desviados religiosos. Tendría que haberme visto a mí, en la Plaza de Castilla de Madrid, dialogando (o más bien escuchando con paciencia) con una desquiciada anciana que repartía medallitas de la Virgen a todo el mundo y que afirmaba que un conocido suyo que no se había casado por la Iglesia había sufrido las consecuencias al ser su cocina tomada por fenómenos sobrenaturales que hicieron levitar a las sartenes y cazuelas y retorcerse a los fideos que estaba preparando. Así que había que tener cuidado con los temas divinos. En fin, que tiene que haber gente para todo.

Un saludo

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VICTRIX
admin
13:17 ×

Sus anécdotas, especialmente la de El Espantapájaros, me hacen recordar irremediablemente algunas semejantes que ahora recuerdo. En la primera de ellas un anciano mugriento, muy desarreglado y aparentemente con problemas mentales se me acercó mientras esperaba a uno de mis impuntuales amigos. Me intentaba transmitir con cierto grado de desesperación que España iba a desaparecer debido a una ola procedente del Cantábrico, catástrofe para la que él ya se estaba preparando convenientemente. Y además, en caso de detenerse la ola en la cordillera cantábrica, el hombre ya había planeado dedicarse a la pesca ya que la inundación de la cornisa cantábrica le dejaría el mar a pocos kilómetros de casa. La segunda tuvo lugar cuando otro anciano, este aparentemente un poco más cuerdo, se empeñó en comentarme que había una conspiración de violadores contra él desde la llegada de la democracia. Y por eso llevaba dos pantalones. Esta clase de gente suelen ser desesperantes, especialmente cuando esperas a alguien y estás condenado a soportarles. Y lo más curioso es que son reincidentes y son capaces de contarle la misma historia a varias personas en el mismo día. Así es, “tiene que haber gente para todo.”

Saludos cordiales.

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14:48 ×

Victrix, llorando de la risa estoy con sus anécdotas, especialmente con la segunda. La prevención del señor al llevar dos pantalones es impagable, un consejo que no he de olvidar. La conspiración de los violadores da para una buena novela satírica a lo Evelyn Waugh o quizá a lo Tom Sharpe, que suele ser más salvaje.

Sobre la ola y la catástrofe, bueno, eso se entiende más en estos días en que el cambio climático y, por ende, el fin del mundo parecen inevitables según los ecologistas más verdes. Pero la posibilidad de irse de pesca a las montañas introduce un rayo de esperanza.

Un saludo

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El Cerrajero
admin
05:56 ×

# Vitio, define panfleto y propaganda, porque si sumamos los gratuitos de la izmierda...

# Samuel, muy buena la entrada [aplausos]

# Victrix, con Rodríguez el Traidor no está de más la precaución de los pantalones xD

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