La soledad es un placer de mal gusto

Ya me hablaban en otro tiempo de que la soledad y la ausencia de vida social eran negativas, y que como hay que pensar en positivo, debía relegar enseguida esos pensamientos de mi mente. Tan sólo la idea de permanecer ajeno a la corriente conformista, al español típico del viva la juerga y el jolgorio, es ya una enormidad, una solemne idiotez, según los ojos anestesiados que nos observan y nos juzgan. Y uno, que todavía guarda la mala costumbre de tener en cuenta el criterio de los malos amigos, se siente extranjero, como de otra galaxia, ante la mirada escrutadora del extraño. Por un momento logran convencerme de que estoy atentando contra las leyes de la lógica emocional; yo mismo me hago culpable de esa especie de crimental, en palabras de Orwell, y sin que haya juicio, ni defensa, ni prueba que me redima, yo mismo agacho la cabeza y respondo afirmativamente a todo el que me presiona o induce. Tal es el imperio de las mayorías sobre el individuo. Y tales las debilidades del hombre dócil y gregario. El no-hombre, que se repliega ante todos los arrebatos de una voluntad bien conducida, audaz, sin límites.

Pero uno con el tiempo, mirándose al espejo, y viendo algo más que lo que vería una modelo maniática, acaba aborreciéndose por haber escogido caminos que lo llevan sin ningún género de dudas hacia el desastre y la ruina moral. Lejos de admirar al gigante intelectual, o de estremecerse con la buena interpretación de una obra de Shakespeare, acaba prestando oídos a las necias frivolidades de quienes pasan el tiempo en la manifestación pública de que han educado tan estúpidamente su espíritu que sólo reciben contento con lo mediano, lo ignominioso y lo baladí. Acaso todavía no saben que la mente humana es manejable, que dar rienda suelta a una pasión primitiva y maleducada puede conducir al desposeimiento de la razón y el buen juicio, a la pérdida de la decencia y el valor de haber sobrevivido al señorío de lo insignificante. ¡Qué contentos se les ve, sin embargo! Porque son felices, quizás, o creen serlo, cuando en realidad centenares de millones de ojos los observan con curiosa escrupulosidad, juzgando a la persona no conforme a sus propios talentos, sino a su irrisorio grado de armonía con el resto de los mortales. Y es que en este mundo en que hemos inventado la civilización, la sociedad, lo común, por puro afán de orden, o mejor diríamos de desorden, se ha acabado untando y emparedando también la propia idiosincrasia como si se pudiera institucionalizar el sentimiento o acaso no fuera eso una mixtura intolerable de innegable naturaleza y postiza invención de la mente. Todo tiene que tener un porqué, y no sólo un porqué, sino una explicación clara y precisa, en el momento presente; nada de confusión, nada de poéticos monólogos a la búsqueda de la propia realidad. El largo plazo se hace odioso, la soledad una fanfarria, e intentar tratarte a ti mismo como a un hombre y no un vulgar amasijo de células, ya es asalto a mano armada.

Pero no obstante, en esto de rebelarse contra lo uniforme, no hay rey ni roque que impida que un hombre ejecute su voluntad, si él quiere y si sabe abrirse paso entre la habladuría y la dominación bárbara del bienpensantismo rampante en el que no caben contenciones, ni expectativas, ni mucho menos buen juicio y templanza. Esas cosas, que hoy la psicología parda desdeña por el culto a lo inmediato, pertenecen al decadente y muy poco saludable mundo de nuestros mayores, que creían que el sufrimiento y el esfuerzo tienen su recompensa y no temían a las vicisitudes del mañana. Es el presente salvaje, inhumano, el que no trae descanso, el extensivo pensamiento gregario lo que crea grupillos y los derruye, no porque siempre el alma vulgar crea encontrar algo de noble, inmortal, en la otra persona, sino que por que su criterio es tan estrecho que es imposible que no se amolde a esto, cambie lo otro, se inhiba de sus ahogados ideales, y en suma, acabe autodestruyendo todo su genio por temor a pasar unos cuantos años en la soledad más extrema. Esa soledad y sufrimiento, que es lo que nos hace verdaderamente humanos, convierte en seres inhumanos y uniformes, aunque con matices inevitables, a los que han renunciado a ellos. Y buscando balsas de aceite, se montan un gazpacho precioso.
Siguiente
« Anterior

3 comentarios

Click here for comentarios
VICTRIX
admin
11:11 ×

Pues amigo Samuel, tiene razón en todo lo que dice. Siempre se ha considerado la ausencia de vida social como algo negativo pero yo me atrevería a matizar ésta afirmación en dos aspectos. En primer lugar es de sobra conocido el dicho que nos advierte de que es mejor estar solo que mal acompañado. Y en segundo lugar no debemos incurrir en el error de considerar como vida social únicamente aquella que lleva a cabo la inmensa mayoría del rebaño, porque mismamente yo tengo vida social sin necesidad de recurrir a la dictadura de la aceptación de un grupo de jóvenes chismosos, cotillas, infantiles e incultos que son capaces, como usted dice, de renunciar a si mismos con tal de sentirse aceptados y reconocidos en un mundo superficial. Todos son necesarios pero ninguna imprescindible de tal suerte que cada cual se siente inútil al margen del grupo. Pobres infelices porque, aun siendo rechazable el engaño, es si cabe más censurable el autoengaño. En cuanto a la soledad yo nunca la he tenido por algo perjudicial siempre que estemos sometidos a ella en dosis adecuadas y no demasiado prolongadas; y es que no debemos pasar por alto que la soledad en su justa medida no sólo endurece a las personas sino que las hace apreciar más la compañía cuando les llega. Y esta compañía suele ser mucho más gratificante, por escasa que sea, que la de un rebaño burdo e ignorante.

Un cordial saludo.

Responder
avatar
18:49 ×

Realmente, mejor tener unos pocos buenos amigos pero leales, que una vasta red de amistades insustanciales que se rompen de un día para otro. Mi cuidada organización social va por círculos: un círculo interno y otro externo. En el primero se encuentran muy pocos, tres o cuatro verdaderos amigos; en el segundo, todos los demás.

Pese a que a veces tengo que acudir a ellas, por unas u otras razones, detesto las típicas reuniones de jóvenes que sólo significan chascarrillos, risas y bebida, son deprimentes, me aburren tanto como me desagradan, por lo que procuro evitarlas en la medida de lo posible. En cuanto a la soledad, puedo pasarme largas temporadas de cierta inactividad social, a lo ermitaño (sobre todo durante el curso, en épocas de recogimiento), y luego tener otras más extravertidas en las que me apunto a múltiples actividades.

Supongo que se trata de alcanzar un equlibrio: sin ser un absoluto misántropo incapaz de tolerar a otros humanos, tener unas relaciones sociales ordenadas, controladas y a tu gusto, de las que puedas sacar un provecho en algún sentido y obtener diversión.

Por cierto, a lo que iba: magnífico su artículo. Espero ver nuevos prontamente.

Un saludo

Responder
avatar
vitio
admin
00:22 ×

Personalmente me gusta más la tranquilidad que el agobio de las masas. Coincido en ese sentido con mi amigo (del ámbito extreno) el espantapájaros.
Te agrego en mi blog, un saludo.

Responder
avatar