Mi cabeza da vueltas y vueltas y vueltas

Mi cabeza da vueltas. Las da desde hace tiempo, y no creo que ninguna fuerza sobrehumana ni terrena sea capaz de detener su molinete obstinado, invariable, sempiterno. Mi cabeza piensa, torpe, desquiciada, prestando oídos a los que ostentan locura, intentando razonar, procurando cumplir con el cometido para el que cree que ha nacido y a cada instante sin embargo se convence más de que la realidad, oscura, imprecisa, se aleja de sus posibilidades. Filosofo sin descanso, como si mi mente se hubiera embarcado en un velero, se hubiese adentrado en el mar, y ya no hubiese más remedio que aguardar a que se levante la niebla para contemplar la lejanía. Y en esos momentos de suma incertidumbre, cuando la razón no admite tregua ni reposo, cuando se embebe en las especulaciones más excéntricas que cabe esperar, descubre que otras personas le hablan.

Me hablan por aquí, me hablan por allá, me advierten, me señalan; mira allí; mira acá; esto es así, esto es asá. Y mi cuerpo empalicado, presa de un deliquio intestino, da vueltas en círculos sin saber muy bien a donde mira, abriendo turbiamente los ojos. Aquellos mienten, esos otros ladran, gritan, chillan, vituperan. Pienso, concluyente: ¡están todos locos!. Me obligan a creerles, a pensar que ellos existen y que a alguien de este mundo le interesa que yo piense de una determinada manera. Yo no quiero responder. No quiero pensar. Enmudezco, callo el pensamiento que me inclina a realizar juicios sintéticos a priori. Respondo sí, respondo no; asiento, niego con la cabeza, los ojos cerrados, escuchando la voz impertinente, nociva, profunda, electrónica, impersonal, de un iluminado que lo sabe todo, que me tienta en medio del estruendoso viento, bajo la multitud de ideas prefabricadas que cada hombre ostenta por disfraz. Se posa una mano sobre mi hombro izquierdo. Me llaman: “¡Eh, tú!”, con apabullante prepotencia; me dicen dónde tengo que mirar y allí miro. Habla una voz encubierta, persuasiva, que parece entender los embelecos con que se engaña el pensamiento humano, y hasta tejerlos para hacerles que vayan por donde le interesa.

Yo siento que lo he escuchado, hablándome desde el desierto, desde la lejanía. Una voz oculta, maliciosa, sobrehumana, que conoce mis debilidades más primitivas. Pero ha sido un momento, un momento de lucidez metafísica, en que he creído tener una aparición. Ese espectro portentoso que observa en un rincón apartado de la sala, en la sombra, que escucha sin que lo oigan, que observa sin que lo vean. A mi alrededor, los hombres seguían riendo y ocupándose en describir la fría superficie, inhumana, embaucadora, sin voz, de la realidad humana. Todos juntos, en solemne anfiteatro, manejando asuntos que competen a los más esclarecidos ingenios, aplaudían locamente los discursos, hacían burla de aquel, insultaban al otro, renegaban, vociferaban, daban golpes en la mesa, o levantaban los brazos en actitud exaltada. La gente, entretenida en la retórica de sus héroes, los defiende con uñas y dientes, sin saber por qué. Yo sigo oyendo esa voz de ultratumba, cavernosa, esa que parece conocer los derroteros del arte y cómo los hombres, desviados del interés más puro, creen tratar de asuntos sublimes, refinados, cuando sólo hablan de política. El octavo arte, que los confunde todos. Es cierto lo que dicen. La filosofía amansa a las fieras. Por eso los políticos no son filósofos.
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