El capitán Alatriste. Cómo una película española puede destrozar un libro

La hediondez del cine español no tiene límites. Una vez más lo han demostrado ofreciendo ante el público una película de época, un trabajo que a nuestro juicio, en su conjunto, ni siquiera linda un documental mal hecho, una reproducción en imágenes de la magnífica saga de Alatriste. Además de saltarse a fuerza de su insuficiencia un buen tocho como Limpieza de Sangre, han hecho gala de sus diálogos chocarreros, su actuación ramplona y su inefable mal gusto en todo lo que requiere ingenio si es que se quiere sobrepasar la medianía, cuyo listón me parece no estar demasiado alto. Como digo, es un verdadero crimen que los cineastas españoles hayan puesto sus manos sobre una novela. Hubiera sido probablemente igual de terrible que se enzarzara con ella cualquier director de Hollywood, porque trasladar a la pantalla una novela bien escrita hace que se pierdan en el camino muchos detalles que, fuera de su ambiente literario, pierden toda la gracia.

No obstante, tenemos sobrados motivos para pensar que lo que ha hecho Agustín Díaz Yanes ha sido mucho peor de lo que podría haberse hecho. Para empezar la película yerra de la más monstruosa desproporción. Cuando comienza la película apenas el espectador es capaz de situarse y va cazando moscas en esa atmósfera neblinosa y fría donde muere el padre de Íñigo Balboa. Su amalgamada laxitud provoca un solemne bostezo general, hasta que el paisaje mustio de Madrid nos induce a reincorporarnos. No obstante luego, todavía sin recuperarnos de un episodio cuyo motivo más que introductorio es puramente escénico, vemos que la película se acelera y la posible intriga se marchita tan pronto como casi apenas ha germinado. Todos los hechos relatados en la primera novela de la saga suceden de manera vertiginosa; el encargo por parte de fray Emilio Bocanegra, el encuentro con Gualterio Malatesta, la postrera riña con los dos viajeros ingleses y el precipitado diálogo con el conde-duque de Olivares. Estos sucesos que en la novela nos parece que duran un siglo, gracias a que el autor sostiene la nota en el más sublime suspense, se escenifican de la forma más burda, más prosaica y más insultante que podía hacerse. El transcurso de la película, realentizada luego por los diálogos lacónicos y faltos de espíritu, los suspiros profundos y la gesticulación pasiva de los personajes, sucede del mismo modo, alternando escenas eróticas con los estúpidos coloquios de los soldados en Flandes. Cabe salvar, sin embargo, lo único que merece nuestra aprobación, los últimos minutos de la película en Rocroi, donde se representa una batalla en la que se precia una particular atención a su aspecto estructural y militar, más que a la bravuconería reinante de los tercios. La lucha de Malatesta con Íñigo Balboa, aunque este último no acaba de aparecer por la torpe actuación y la idiosincracia anacrónica del actor, puede tenerse en cuenta como uno de los momentos mejor retratados.
Con respecto a los personajes haríamos mucho mejor en no hablar, porque no estoy muy seguro de perdonar a casi ninguno de la más severa crítica. Empezando por Viggo Morttensen, cuyo aspecto resulta pasable, parece encarnarlo bastante bien. Su voz encarna sin duda a la de un hombre veterano de Flandes y con la afonía de las batallas y la madurez. De Unax Ugalde, encarnando a Íñigo, casi no vale la pena de que hablemos, porque parece que lo hayan metido en la película de forma inesperada y a cada momento revela signos, si no de inexperiencia, por lo menos de inadaptación. Juan Echanove se da un aire a Quevedo e interpreta su papel con la facilidad que le permite parecerse tanto a él. Quizás es una de los pocos actores que modula la voz y le da alguna entonación que no sea idéntica a la de los otros personajes. En otras películas siempre uno está esperando ver cuál será el personaje que le tenga menos miedo al habla, y en esta, aunque turbiamente, se advierte que Quevedo habría hecho una mejor actuación si le hubieran dado mayor importancia.
Angélica de Alquézar destaca por su mediocridad, su voz mal entonada e inexpresiva, su frialdad no intencionada. Todas sus frases, que no son pocas pero sí muy parcas, acaban cayéndosele de la boca de modo irremediable. No parece sino que le hayan obligado a representar su papel a la fuerza, que no ponga todo su espíritu en ello y que crea que por su bella cara, su mirada misteriosa y fotogénica, ya no hace falta que le dé un poco más de dramatismo y misterio a sus palabras. Su tono melancólico, casi infantil, acentuaba mayor tristeza a una película que por su ambientación, su música y la tosquedad del guionista dejaba bastante que desear. El papel de Gualterio Malatesta, como digo, está bastante conseguido. Recuerda quizás a la novela y aunque no se dé un aire precisamente a lo Basil Rathbone, parece un hombre de talento, a parte de que el papel le viniera como anillo al dedo. En cuanto al conde-duque, el conde de Gudalmedina, a María de Castro y a la histriónica Fray Emilio Bocanegra, esperábamos gente que diese la talla, más que por su vestuario -en lo que sin duda se ha gastado una descomunal fortuna- por su teatralidad, su espíritu cómico. En ningún momento dejan de ser quien son para representar a un personaje del siglo diecisiete. Parecen ellos mismos, un montón de actorcillos modernos, sin gracejo, sin voz dramática ni clase.
Por otra parte, ya sabíamos que los diálogos de Reverte suelen ser más bien breves. Pero de lo que no hay duda es de que el guionista, el propio Agustín Díaz Yanes, ha cometido un verdadero crimen. En vista de la porcentual ineptitud cinematográfica de nuestros actores, debería haber reparado que las pocas palabras que han salido de sus bocas han sido toscas y malas. Comprendemos que no esté a la altura de lo que es un personaje de los tiempos de Felipe IV, no hablemos ya de los actores, pero al menos podría haber tenido el detalle de reducir el realismo patético y modernista de los continuos suspiros, quejas, palabras ociosas y otras virtudes de los personajes. Parece que todo lo que salga de sus bocas tenga por naturaleza un color lamentable, y que no ofrezca ni la más mínima fruición al espectador dormido, que ha preferido ocupar su mente con pensamientos ajenos a la película mientras come palomitas casi por inercia.
Como sin duda han advertido muchos críticos, la particular visión de la historia que tiene Pérez Reverte ha cobrado una imagen tercermundista y populachera al trasladarse a la pantalla. En el personaje de Alatriste no falta la heterodoxia habitual, pues se respira un aire de republicanismo contenido y no hablemos ya del ateísmo barato de Íñigo Balboa. Conceptos sin duda anacrónicos en una época donde, desde nuestro punto de vista, todo el mundo era igual de moderno que ahora y únicamente representaban su papel burlesco de buenos creyentes y buenos católicos. Mas no temo yo diferir en ello, que aun en los inicios de la decadencia española se tenía mucho más respeto por las ideas, mucho más patriotismo y por supuesto mucha más veneración por la honra y la nobleza, aunque con algo de picaresca, pero aun así desfasadas en nuestro siglo posmoderno. En Alatriste, y quizás también en las novelas, parece que el papel les venga impuesto desde lo alto, por un escritor más o menos caprichoso que se empeña en encauzar el pensamiento de una época por la senda más subrepticia y decadente que cabía pensar. Es una visión de la historia bastante especial, y también la que pone a los tercios españoles como si fueran una pandilla de desgraciados presidiarios que aceptan de mala gana su condición de católicos, despreciando al luterano por pura bravuconería de salvajes. No me avergüenza decir en un tono que podrá sonar subjetivo y triunfalista que, en aquellos años de tanta picaresca y presunción de hidalguía, había mucha más elegancia hasta para renegar. Y no crea que sea sólo un reflejo ficticio que se nos trata de inculcar desde las novelas -al menos, es evidente que en las Novelas ejemplares se ofrece un ambiente español completamente distinto al de Alatriste-, como si acaso la única visión válida de la realidad fuera la de nuestro pensamiento de hoy. Es algo que me sacaba de quicio cuando leía El capitán Alatriste, porque el narrador, Íñigo Balboa, recurría constantemente a la fórmula acomodaticia y justificante de "por aquella época", como si nosotros los lectores, a más de cuatro siglos de camino, fuéramos unos extraños y él mismo se sintiera incómodo, anacrónico, en el papel que representaba.

En los últimos minutos de la película se nos presenta a un Olivares desfigurado, una España que sucumbe, unos tercios que sostienen una batalla imposible y una música de guitarra como acompañamiento, evocando al concierto de Aranjuez de la forma más vasta. Yo me reincorporo, me hundo en el asiento. Apuro las últimas palomitas que me quedan y comienzo a mirar el reloj. La broma nos había salido, al fin y al cabo, bastante cara. Íñigo Balboa comienza a leer el principio de la novela cuando ya está a punto de acabar. Los cuatro espectadores de la sala nos levantamos, nos desperezamos, salimos desordenadamente, tropezando, charlando, con un sabor de boca extraño, como si hubiéramos pasado un mal rato. Nuestra curiosidad queda saldada por esta vez, pero no conviene abusar de la propia paciencia. Más vale reservarla para cosas de mayor altura. Alguien dijo que el cine español es aburrido, y se equivoca. Es vergonzoso. Patético. Un verdadero asco. Inigualable. De haberse empeñado en hacerlo mal no lo habrían hecho peor. Y Alatriste no es de las peores. Mas no se escandalice mi paciente lector, que en esta ciudad mía todo vale por unas horas de aire acondicionado. Siempre nos quedan las palomitas y la coca-cola para distraer nuestro aburrimiento. Volvamos a casa.
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4 comentarios

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VICTRIX
admin
12:28 ×

Le agradezco la crítica, Samuel. Muy buena. Yo no he visto la película todavía aunque comparto la visión que tiene usted del cine español: es lamentable. En lo que respecta a la temática nos encontramos con un panorama bastante deprimente ya que se recurre frecuentemente a mujeres maltratadas, homosexuales excluidos, fusilados durante la dictadura, parados, inválidos y toda clase de asuntos lúgubres y angustiosos que consiguen que uno salga del cine incluso con sensación de malestar. A menudo los diálogos son indescifrables, con tonos de voz demasiado bajos y poco comprensibles, la iluminación muy oscurecida y sombría. Deprimente... Si acaso podemos salvar algo de Garci, pero el resto es para echarse a llorar.

¿Y sus directores? Pues los titiriteros del no a la guerra, el Prestige, las rosas etarras y el nunca mais. Lo más bajo de la bajeza en que se mueve generalmente la izquierda española llegando el señor Almodóvar a alertar de un supuesto golpe de estado del PP en la jornada de reflexión cuando realmente eran sus sedes las que estaban siendo atacadas. Esos mismos que odian a los Estados Unidos pero luego corren raudos y veloces a recoger los premios de la Academia. Y para más colmo la mayoría de sus vergonzosas películas son subvencionadas.

Amigo Samuel, usted lo ha dicho: “Es vergonzoso. Patético. Un verdadero asco. Inigualable” No puedo sino darle la razón y compartir su punto de vista. A mí nunca me ha sido rentable pagar 5 € por ver una película deprimente y angustiosa. Por lo que deja usted ver, nuevamente nos venden como magnífica una película que resulta ser decepcionante.

Saludos cordiales.

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16:14 ×

Victrix, me temo que pocas ganas le van a quedar de verla después de tan brutal (y justificada) crítica. Hay que entender que la película es tan mala para unos como decepcionante para otros.

Me explico. Tanto bombo y tanto platillo para luego un producto que roza lo mediocre, que invita al sueño en ocasiones y que no acaba de cuajar en sus dos horas de duración. Samuel, me parece que no debimos haberle dado otra oportunidad al cine español, ni tratándose de la adaptación de una buena saga de novelas.

Ya he visto aquí reflejados los males del cine español y de sus responsables, creo que estamos bien curados de espantos. En líneas generales, nuestro cine sólo se peude manifestar en una burda y castiza comedia o en un lacrimoso drama social. Si se sale de estos tópicos, tenemos "Alatriste".

Eso sí, cuenta con sus notas destacadas, su aire de gran producción, dos o tres buenos actores y varias escenas espectaculares. Pero, por ejemplo, el guión es inexistente, poco más que un muestrario de escenas sacadas de los libros y mal hiladas, con poca profunidad y siendo todo muy precipitado. Se salva el final.

Un saludo

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Samuel
admin
18:31 ×

Debo reconocer que todo lo dicho por Victrix es verdad. Particularmente, jamás me ha atraído el cine español, porque basta ver diez escasos segundos de trailer para que le entren a uno ganas de vomitar. Es lo que me ocurre con Almodóvar y Amenábar y sus películas retroprogres. A parte de que son tipos de dudoso temperamento y pseudointelectuales bien cotizados, dejan un desagradable sabor de boca. Sus valores son decadentes, si es que se les pude llamar valores.

Afortunadamente la existencia, aunque a veces sea desagradable, no llega a ser tan repugnante como en el cine nos quieren hacer ver. Si para tipos de semejante altura moral les parece que eso es arte, pienso que las personas sensatas estaremos de acuerdo en que ni siquiera conciben el significado de la palabra. Arte.

Con respecto a lo que me decía El Espantapájaros, reconozco que he sido un tanto indulgente. No obstante, me picaba la curiosidad por saber qué errores tan garrafales iban a cometer. Ahora está satisfecha mi duda. Confío en no tener que ver una película española hasta dentro de mucho tiempo. Imagino que lo intuyen, pero les aclaro que yo también soy pesimista en cuanto a todo lo español.

Un cordial saludo.

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El Cerrajero
admin
18:19 ×

No seré yo el que rellene el pesebre cinematográfico giliprogre, no con mi dinero, ni hablar...

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