Un día en la universidad

Nada mejor que pasar unos días ajeno a la vorágine, pues aunque no he dejado de leer la prensa y estar al tanto de lo que sucede, he preferido dedicar más tiempo a meditar en lo ignorado y dejar por unos instantes el comentario monótono de mis pensamientos rancios y consabidos. Entre murmullos y sombras, siempre aguardando a que el tren haga su estruendosa aparición en el lóbrego subterráneo, tenía muchos motivos para pensar que acabaría sumiéndome en la modorra y olvidaría irremediablemente el vicio de pensar. Pero no es así, pues en la vida al igual que hay épocas para vivir, también las hay para reflexionar sobre lo vivido. El etéreo porvenir, como una burbuja mágica en la que nada permanece, se hace insustancial, aunque no deje nunca de contemplarlo, siquiera de lejos.

La universidad adonde yo asisto es un mal desierto plagado de palmeras y en la que uno puede caminar escuchando sus propios pasos hollando la tierra. A mis zapatillas se adhieren todos los días variopintas virutas, fangos, polvillos y piedrecitas que inconscientemente traslado de un lado a otro. Arriba, despuntando en el soberano cielo, un sol de los que parecen detentar un poder sobrehumano. Mi edificio se halla a una larga distancia de la estación, y para llegar a él he de atravesar, primero, un descampado, luego, un pequeño riachuelo que no existe –quizás existió en tiempos remotos, pero no ahora-, después, otro descampado, y por fin, tras sortear los baches que forma la arenisca desmenuzada y confusa, llego a mi edificio. Lo llaman Atzavares, e imita el ridículo aspecto de una casa prefabricada, aunque en su interior bien se aprecia cierta suntuosidad y algunas comodidades. No tiene escaleras, porque sólo es una planta baja, y sus ventanas, casi siempre cerradas, se defienden del sol que las asaetea desde afuera.
Los individuos que lo habitan no son menos pintorescos; entre ellos distinguimos entre alumnos y profesores, y alguna que otra conserje de aire impersonal que entra y sale de las clases para hacer recados. Los alumnos son más bien de carácter revolucionario, y en su mayoría se les podría asociar con un determinado look o alguna que otra tribu urbana. Aparentan con sus modales desenfadados, unidos a cierta cultura sujeta con alfileres -aunque bastante superior a la de la calle- el prototipo del joven libertario, librepensador, libreescritor, que tenemos tan a mano en muchos medios de comunicación, aunque sin esos ideales y muchas canas en la azotea. Predomina la convicción elitista de que esta profesión debe alcanzar cierta superioridad moral, considerada en un barómetro imaginario, cuya existencia todos admiten. Ese barómetro separa a los pensadores conservadores, si es que cabe en sus mentes tal paradoja, de los ciudadanos libres que sopesan la realidad desde los multiformes e infinitos puntos de vista. Todo ello lo relacionan de forma muy particular con la educación electoral. Una alumna, que parecía inocente pero que con cada palabra provocaba un incendio, dijo con una tranquilidad pasmosa lo siguiente. El PSOE podrá gustarnos más o menos, pero es la única alternativa al Partido Franquista. Ignoraba yo la existencia de ese partido en España, y según creo recordar lo expresé abriendo mis ojos como almendras y revolviéndome en el estrecho asiento. No faltó tan poco quien tuvo por evidente y sabido de todos la corrupción de Eduardo Zaplana, hombre muy odiado por estos lares donde la izquierda valenciana gime sedienta de poder. Las referencias insistentes a la guerra de Irak y a George Bush son de lo más recurrente, y cuando alguien no sabe de qué ejemplo echar mano, lo soluciona con estas dos palabras mágicas. Del murmullo general y las risitas simiescas que se producen cuando un profesor menciona a Jiménez Losantos no vale la pena de que hablemos.

Hablando de profesores, no siendo todos del mismo calibre ni de la misma altura intelectual, puedo confesar sin complejos que hay de todo. Entre los casos más curiosos, hay una profesora que pega golpes en el suelo con sus tacones para despertar a los alumnos y otro con barbas que tiene por nombre Jesucristo y que por casualidades de la vida dice tener una mujer llamada Magdalena. De los demás, no queda más que decir. Son profesores que cumplen con su deber, y que de cuando en cuando sueltan alguna que otra opinión subliminal para que sepamos dónde catalogarlos. Algunos se hacen la ilusión de no querer entrar en polémicas, pero salta a la vista cuál es su ideología política. Lo quieran o no, se les ve el plumero. A día de hoy no es posible casi pasar inadvertido y ser completamente imparcial. Todos están revestidos por una especie de materia amorfa, y sin embargo parece que desde su interior nos griten el nombre del partido al que pertenecen. Porque todos pertenecen, con sus más y sus menos, a una teoría política, y precisamente los partidos de turno son los que procuran –sólo en teoría– aproximarse a esas patentes diferencias sociales que tan bien nos definen cuando nos confesamos ciudadanos libres y apolíticos. En este mundillo donde toda información pasa por el filtro de los medios, es difícil que nadie pueda declararse apolítico, pues en España eso es el equivalente a decir que no eres de un partido pero que en el fondo se acerca tanto a tu postura que desprecias a los otros por ignorantes e incompetentes.

La gran mayoría de los alumnos nos vamos poco antes de que el profesor acabe la clase, con la excusa de que tenemos que tomar un tren que sale a menos cinco y que nunca llegamos a tomar. Siempre cogemos el de y cuarto, pues resulta imposible llegar a la estación en menos de veinte minutos. ¡Qué gran masa de estudiantes se junta en esa caverna oscura, rectilínea, por donde a veces se escucha la sirena de un cercanías, que llega rápido, inesperado, emitiendo a todas partes una luz cada vez más intensa! Llego a casa escuchando la radio en el mp3, con la sensación de que he salido de una jaula de grillos y que, de alguna manera, me han transmitido su nerviosismo. Por fin en casa. Quietud, silencio. Esto no se inventa ni se improvisa. No es opinable. No me lo ofrecen los seres humanos con su excéntrico griterío.
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4 comentarios

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23:01 ×

Me alegra ver un artículo tan bueno sobre un recién iniciado, como yo, en los estudios universitarios, y que plasma de forma estupenda tanto el ambiente como el personal. Cierto es que la Universidad Complutense es distinta y que encuentro en ella más orden y concierto que en la que usted describe y analiza, pero hay personajes de todo tipo, y muy interesantes son algunas pintadas y pegatinas. El problema es que todavía ningún profesor ha mencionado a Jiménez Losantos, y por tanto no puedo ver si también se dan efectos hilarantes al escuchar el alumnado esa invocación. En todo caso, cuando Jorge de Esteban (profesor de Derecho Constitucional) arremete con ironía maliciosa contra el Estatuto de Cataluña y otros desmanes gubernamentales, no faltan las risas y gestos de aprobación. Y ya que menciona su edificio, espero que un día venga a Madrid a ver la tétrica Facultad de Ciencias de la Comunicación, tristemente conocida y verdadera aberración arquitectónica.

Un saludo

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vitio
admin
23:12 ×

Muy buen artículo Samuel, me ha parecido muy interesante. Será también porque yo he empezado este año la Universidad.
Y la verdad es que de todo te puedes encontrar en mi facultad, donde abundan las diferentes opciones políticas (unos las pueden expresar con más libertad que otros) y donde los carteles y pegatinas en favor de algún sujeto que se ha pasado varios meses de su vida con una "huelga de hambre" a base de sandwichs y jamón de York son bastante visibles.
Un saludo, y le deseo suerte en la andadura universitaria.

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VICTRIX
admin
21:16 ×

Amigo Samuel, como usted bien comentaba en mi blog, la vida académica resta gran cantidad de tiempo libre entre clases, autobuses y estudio, aunque francamente el mes de Octubre no es de los peores a mi modo de ver. Por ello no se preocupe si no puede intervenir tan frecuentemente como lo hacía tiempo atrás. Incluso veo que también publica en su propio blog con menos frecuencia, algo que en cierta manera también me sucede a mí. Aprovecho para disculparme por no haber comentado hasta hoy su interesante reflexión universitaria en la que nos comenta sus primeras conclusiones acerca de alumnos y profesores.

Efectivamente el alumnado universitario suele tener una mentalidad adiestrada en la progresía y adulterada por convencionalismos falsos e inexistentes que han acabado por convertirse en verdades universales en el panorama ideológico español. Pero la universidad no sería lo mismo sin estos personajes revolucionarios que se consideran capacitados para llevar a cabo toda una revolución social contra un sistema consumista del que ellos son la máxima expresión con ropas caras y apariencia fiel a la última moda. Qué ironía. También son muy curiosos y igualmente incultos y vulgares (a su manera) los típicos alumnos clasistas y elitistas que utilizan los pasillos de la facultad a modo de pasarela de moda... Aunque afortunadamente también es posible encontrarse con gente competente y amable con la que poder emprender una buena amistad.

En cuanto al profesorado, poco que añadir a lo que usted comenta. Sin duda la diversidad es mucho más evidente que la que nos podíamos encontrar en la etapa escolar y cada profesor es fácilmente identificable con una teoría política a poco que uno observe esos comentarios sin importancia y sin aparente trascendencia pero que realmente nos desvelan con quién simpatizan. Aunque sin duda los profesores más antiguos y respetados son más proclives a mostrar sus preferencias políticas sin tapujos. Son estos sin duda los más polémicos. Así todo hay algún que otro profesor sorprendentemente hermético que simplemente se dedica a impartir clase de modo absolutamente objetivo sin entrar en cuestiones políticas.

Pero a pesar de todos los aspectos criticables que tenga la Universidad he de reconocer que yo no me siento incómodo en el mundo universitarios y por eso de vez en cuando es conveniente pensar cómo era la vida en el colegio-instituto, con compañeros de clase que en ocasiones no sólo eran incultos sino además grotescos y más maleducados y problemáticos que cualquiera de los compañeros de clase que podamos tener en la facultad. Y eso hay que tenerlo en cuenta. La LOGSE es una auténtica atrocidad pero la Universidad puede ser muy aprovechable siempre que se tome en serio. Termina hablando de quietud y silencio. A mí también me desagrada mucho el ruido.

Un cordial saludo.

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Anónimo
admin
04:19 ×

Da gusto ver a universitarios como vosotros, recobra uno la esperanza ^_^

# Samuel, ya te enlacé desde mi bitácora, perdona la tardanza.

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