Lluvia en Alicante. Saquemos el paraguas

Lector, está lloviendo. No, no se frote los ojos; ha leído bien: está lloviendo. Aquí, donde nunca llueve. Los nubarrones se dibujan en el cielo desarticulado, evocando una acuarela impresionista. Todo se derrama, todo se refleja, y el fino orvallo resbala tímidamente por la ventana, trazando rostros acristalados. Acabo de despertarme, con el estoicismo académico de cada mañana. Descorro las cortinas y descubro el espectáculo. Las gentes, guarecidas en sus abrigos de plumas, acuden como siempre a sus puestos de trabajo, sorteando charcos, retrocediendo al ruido de los truenos y gritando injurias al desgraciado conductor que acaba de salpicarle los pantalones. Es lunes, la radio suena y yo no tengo clase hasta las once. Me largo. Había estado esperando esta ocasión memorable cinco largos meses de atrofiante verano; abro el armario, meto la cabeza dentro y después de una concienzuda búsqueda, encuentro mi paraguas. Lo observo detenidamente, con emoción filosófica.

No ignoro la leyenda literaria que se cierne en torno a este objeto. El paraguas de Azorín era de seda, con recia armadura de ballena, según nos cuenta en las Confesiones de un pequeño filósofo. El Augusto Pérez de Niebla, fiel a su concepción metafísica de la realidad callejera, ve más allá del simple armazón y lo compara con un Dios que abrimos y cerramos según llueva o haga sol. Mi paraguas es negro, terso, de bolsillo y pasa la mayor parte del año encerrado en un viejo armario. Cuando lo tengo entre mis manos, paso mis dedos por su eje de hierro bruñido, acaricio una por una sus varillas delicadas e idénticas, me invade una sensación semejante a la de los profesores cuando van a dar su primer discurso académico ante un auditorio. La solemnidad del momento se da por descontada. Salgo a la calle, contemplo impertérrito desde el portal las gotas de lluvia iluminadas por los faros de los coches. Entonces despliego mi paraguas -contra mi voluntad- y comienzo a andar bajo su sombra.

Llego a la parada, cierro el paraguas y espero unos minutos contemplando a los niños correr bajo los chubasqueros, cogidos de la mano de sus madres. Pobres desgraciados sin paraguas, pienso, y luego sonrío haciéndome el distraído. Tomo el autobús de costumbre, estrujado por el contacto embarazoso con los madrugadores y la vista cotidiana de las caras soñolientas. Queda un asiento libre, me siento. El carácter que toma la ciudad, vista desde la panorámica, es indudablemente cosmopolita. El tráfico es salvaje, una metáfora singular de lo que sucede en tantas oficinas de la calle Maisonave. Los semáforos van alternando sucesivamente sus colores, los cláxones se repiten, se adivinan increpaciones crueles, protestando todas al unísono contra la potestad del orden, en ese éxtasis de queja patológica e irracional que padece todo el que se sienta al volante. Quisiéramos volar en algunos momentos, viendo que el reloj avanza y se nos escapa el tren. ¡Qué divertido sería pasar por encima de los coches, saludando por las ventanas a esos malhumorados conductores! Y sin embargo, el autobús cumple pacientemente su recorrido. Da la vuelta a una rotonda y se detiene frente a la RENFE. Las puertas se abren. Nosotros saltamos. Queda la sensación placentera de que algo se ha ido volando al cielo. Los que consideran la lluvia un motivo de melancolía no saben lo que es vivir en una tierra tan sedienta, tan desértica, tan californiana.


Al abrir el periódico, leo en la sección provincial que la planta baja de mi ex instituto se ha inundado y el techo de la biblioteca se ha derrumbado. Qué divertido. Siempre fuimos noticia y siempre lo seremos. Yo me quedo en mi asiento jugando con mi paraguas. Parece que se ha pegado a mi mano. Lo empuño hacia delante a modo de amenazadora escopeta. Mejor aún, de revólver furtivo y manejable. Apretando un botoncito, el paraguas hace un amago de dispararse, pero la funda impide una desgraciada andanada. Imagino por unos momentos el rostro sonriente de un prestigioso político; a pesar de todo no consigo borrar la sonrisa de su cara. Es conocido de todos que las pistolas no le causan el menor efecto. Ni siquiera los paraguas. Hasta que los aprietas. ¡Bam! Vuelvo a colocar el paraguas en posición de disparo; la gente de mi alrededor no ha notado el crimen mental que acabo de cometer. Sonriendo para mis adentros, me pregunto qué infinidad de funciones se le puede dar a un objeto tan curioso como inservible. Haría mejor exponiéndolo en un museo para que el público guiri lo admire con su particular sorpresa y pregunte al guía qué representa la escultura. Cualquier cosa, antes que darle su uso natural. A mí me ayuda a pensar, acompaña mis monólogos absurdos. Lo llevo al tren y me lo coloco sobre las piernas. Si encuentra uno quizás una percha o algún sitio en clase donde colgarlo, no desaprovecho tan graciosa oportunidad. Resulta distraído seguir con la mirada su movimiento pendular, hasta que se detiene. A veces lo abro, casi siempre cuando llueve. Pero no crea el lector que mi propósito es resguardarme de la lluvia. Aquí a toda gota de agua, sea salada o dulce, fría o caliente, bendita o envenenada, se le da la bienvenida. Los paraguas no son más que un estorbo, un resorte para nuestros arrebatos de elocuencia, una pretenciosa emulación de Jim Kelly en Singing in the rain. Él llevaba el paraguas ora cerrado, ora abierto, aunque no lo usaba y se calaba hasta los huesos. Yo prefiero llevarlo cerrado, porque sé que aunque llueva no podrá darse la misma circunstancia. Aquí la lluvia se evapora antes de llegar al suelo.

La gente corriente ve cómo meneo los ojos y casi adivina que voy pensando algo, advierte el gracioso movimiento rítmico de mi paraguas, pero es incapaz de ir más allá de la especulación. A menudo me he encontrado otros paraguas cerrados, negros y larguiruchos, y me pregunto por la razón de que se hayan decidido a sacarlos del armario. Me parece poco retorcido atribuirlo a la meteorología, y quisiera pensar que se debe a la decadencia de la autoestima humana. Es común el prurito de atribuirlo todo a la psicología. Cierto es que no todos llevan las mismas cosas en la mano, pero hemos llegado a esta época donde ya nadie que se precie puede ir por la calle con las manos vacías. Quizás los más jóvenes lo hacemos a veces, pero ejerce la misma función un objeto sustitutivo: los cascos en las orejas, el chicle en la boca o el teléfono móvil adherido irremediablemente a nuestros dedos. Algunos llevan un maletín con el portátil –feísima costumbre de la tecnocracia, por cierto- otros siguen sacando a pasear a sus perros y los más antiguos lucen su báculo juguetón. Otros pícaros sudamericanos, con merecida fama de ligones, llevan los brazos sueltos; pero no, algún mecanismo invisible debe de tirar de sus brazos a un lado y hacia otro, y luego de sus piernas, porque no se explica de otro modo sus afectados movimientos. Es cierto que el mundo todavía no ha caído a sus pies. Quedan muchos transeúntes que se rebelan contra esa costumbre pedantesca. Habrá que sujetarse más los pantalones y refrenar nuestro baile de sambito. Dicen que tampoco está mal la manía de ir con las manos en los bolsillos y librarse así del examen callejero. Tonterías. Las manos deben ir fuera y descubrir su vulnerabilidad. Las mías sudan constantemente. Quizás por eso me gusta llevar en la mano un objeto que me haga olvidarlo. No me cabe duda. El mejor amigo del hombre es el paraguas, y sobre todo cuando no hay razones para abrirlo. Qué se le va a hacer.

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4 comentarios

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Anónimo
admin
20:57 ×

Un paraguas XXL con tratamiento shit-proof es lo que necesitamos en esta Expaña nuestra.

Ya se oyen los truenos en las costas cataplinas, la tormenta no ha hecho más que empezar.

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22:24 ×

¡Buena falta hacía la lluvia por allí! ¡Y ya hay algunos, ecologistas climáticos todos, que se quejan cuando ayer lo deseaban, y que lo atribuyen al calentamiento global! Espero sinceramente que pueda sacar su paraguas durante muchos días más y que su ciudad sea regada al máximo. Aquí en Madrid ya vamos sobrados, que llueve sin parar desde hace un mes, con lo que comprenderá que mi paraguas necesite tratamientos de secado diarios. Eso sí, tengo que reconocer que nunca me habría inspirado tanta reflexión y pensamientos lúcidos un simple paraguas. Mi objeto fetiche es la nueva botella de cristal de Solán de Cabras, que, además de ser muy difícil de encontrar (no se vende), tiene un diseño de frasco de botica del siglo XIX. ¡Grandiosa centuria!

Un saludo

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VICTRIX
admin
14:43 ×

Amigo Samuel, no imagina lo que me alegra que tengan ustedes agua ya que es de sobra conocido el problema de agua que padece la zona levantina, especialmente la provincia de Murcia, cuya huerta abastece a buena parte de España. Y dado que los políticos y los ecologistas, cada uno con sus curiosas razones, se niegan a que el agua llegue a todas las partes de España, al menos cae del cielo y en buena cantidad por lo que pude ver en las imágenes de los telediarios. También le comento que mi paraguas no ha descansado en el que ha sido uno de los meses de Octubre más lluvioso de los últimos 60 años, según comenta la prensa de por aquí, y no me extraña el dato porque llevaba un mes sin ver un rayo de sol. Sin duda una buena noticia para los embalses. Además los días de lluvia me gustan especialmente. Dos apuntes más. “Las manos deben ir fuera y descubrir su vulnerabilidad” Le doy la razón en eso pero cuando llevo chubasquero me resulta imposible no llevar las manos en los bolsos; cuestión de manías, supongo. En cuanto a las botellas del amigo Espantapájaros veo que ese objeto es especialmente codiciado entre los españoles hasta tal punto que en un suplemento de fin de semana me encontré una vez con un artículos sobre las mismas en el que se decía que prácticamente la mitad de las botellas que estaban en circulación desaparecían. Es comprensible porque su “diseño de frasco de botica” no pasa desapercibido. Ante semejante demanda deberían plantearse comercializarlas. Serían un éxito.

Un cordial saludo, y que siga la lluvia.

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vitio
admin
20:52 ×

La verdad es que en el norte hemos visto el problema del agua de una manera lejana, puesto que hay que dar gracias ya que por aquí no tenemos problemas de sequía.
Está bien que llueva y que lo haga donde más falta haga.
Por último tengo que confesar que me encantan los días de lluvia, el ruido, las calles vacías, etc...
Un saludo!

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