Adonde digan los zapatos

Soy ese hombre que va paseando por la vida con sus zapatos negros, pequeños y discretos, y que de repente, pasando cerca de un descampado, se tropieza con su sombra. No le saludo ni le hago preguntas de filósofo estrafalario. Cree que he perdido la razón, pero me limito a observarla, latente, brumosa, como una humareda impresa en el suelo y que imita mis movimientos. ¡Qué angustiosos pasos hemos dado juntos, querida hermana! He dejado por unos instantes la pantalla del ordenador, esa luz plana y artificial frente a la que los hombres envejecen y atrofian sus más grandes ideas. Ahora voy por el bulevar, meneando el esqueleto, escondido bajo mi abrigo grande y gris, dándome ese airecillo pintoresco del rufián callejero que no tiene a dónde ir. Me paro de vez en cuando frente a los escaparates iluminados, hay ahí un libro interesante, pero... ¡no! Nada de libros. No tengo un céntimo en el bolsillo, y en estas fechas de tanto gasto inútil, en que todos evocan el placer de aumentar sus posesiones, yo me rindo a la mirada respetuosa y humilde de las propiedades ajenas. Ya habrá tiempo de comprar en un arrebato de locura. Ya habrá tiempo.

Encuentro a un amigo al que hacía tiempo que no veía. Iba con su novia, nos paramos; le doy un beso a ella, a él le doy la mano. Me pregunta por la universidad, se extraña de que haya salido de casa -¡grandísimo pícaro, cómo iba yo a renunciar...!-. Le digo que vengo de las tiendas, donde lo he mirado todo y no he comprado nada. Me mira con una expresión divertida, ingeniosa, de actor de teatro. Luego me enseña su nuevo look, en el que hacía rato me estaba fijando, pero por prudencia había preferido no decir nada. Salí del apuro con una mirada cómplice que él supo interpretar correctamente. "Él es así", le susurró a su novia, bromeamos un poco más y nos despedimos. Ellos siguieron el camino hacia el centro comercial, cogidos de la mano, entre luces de agonía y movimiento navideño. Yo me volví por los solitarios descampados. Era extraño, porque yo iba pensando en algo, mi mente divagaba ridículamente y me habían extraído de mi ensimismamiento. Intentaba recuperarlo, y de mi cabeza sólo salían expresiones irracionales que se hacían pasar por poesía. Una poesía destructiva, muy propia de la noche y esas luces sublimes que se encienden en las farolas cuando menos te lo esperas. Sí, echo de menos aquellos paseos por la orilla del simpático Sena, donde todo relucía y era espectro de esplendor profano y europeo. Aquí todo son obras, obreros, grúas, y una campana de iglesia recién construida que da su nota joven, inexperta, no obstante lúgubre, adversa, navideña. Sumerjo la cabeza en mi abrigo y el viento sopla con más fuerza.

Un coche que pasaba por la carretera, y viéndome caminar tan lento, tan lento, se detiene y deja salir por su ventanilla la cabeza de una señora, de acento inconfundiblemente argentino, que me gritaba: ¡Eh! ¡Señor! Entendí que se referían a mí. Me di la vuelta y atendí a la joven pareja del coche, que no me habló hasta que me acerqué completamente. Me preguntaban hacia dónde tenían que ir para encontrar la avenida de Alfonso X el Sabio. ¡Ah, qué irónico suceso para un desorientado nocturnal! Yo le digo que vayan hacia abajo, hacia abajo, que estamos muy lejos, y esa avenida es la principal de Alicante. La mujer hizo un gesto de inconformidad, y yo me resigné a repetirle que siguiera todo recto, hacia abajo, y que al cabo la encontraría. Me dio las gracias, aunque de mala gana, y seguimos nuestro camino. Ellos, en su coche, a toda velocidad. Yo, caminando, lentamente, como si no quisiese llegar a mi destino. Iba pensando, ¡qué curioso suceso donde una extranjera pregunta a un desorientado social dónde se encuentra esto o aquello! No soy una autoridad en el callejero de mi ciudad, si bien muchos sitios de renombre no ofrecen ninguna pérdida. Y sin embargo que le pregunten a un infeliz que va preguntándose cuál es su destino no deja de ser trágicamente novelesco. No sé a dónde me dirijo, mis pies caprichosos no saben nada, calientes en sus veloces zapatos son incapaces de tomar decisiones. Estoy a la deriva, como un borracho de amarguras, y a veces creo que oscilo a un lado y a otro de la acera. La gente no nota ese simbólico balanceo, ni el curioso movimiento de mis párpados.

Llego a mi casa, a mi hogar vacío de voces, donde hay una mujer cosiendo y un sempiterno silencio. Afuera han encendido las luces, adentro hace un frío angelical. Me quito los zapatos y traslado a mis pies a otras zapatillas, más cómodas y menos callejeras. Éstas no van a ningún sitio en concreto, pero tampoco andan. Se quedan inmóviles como una mula obstinada y se resisten hasta para ir al comedor. Mis pies están ahora calientes, satisfechos de su larga caminata, contentos de no haber ido a ninguna parte y de haber vuelto de ninguna parte. Nada conmociona más al mundo que estas paradojas callejeras. Ahora sé, por lo menos, que estoy en casa, y puedo cerrar los ojos. A las puertas de mi sueño se amontonan mil pensamientos que no tuvieron su oportunidad durante el día. Parece que es el primer día de rebajas o que el estado ha abierto sus arcas para dar cobijo a todos los desarrapados millonarios. Se empujan, se chafan, se golpean y el avispero se convierte en una disputa de todos contra todos. Qué melodía irracional, qué escándalo delicioso. Tan pronto me acuerdo de un tierno amigo de la infancia cuya voz emulaba a la de Pavaroti o me embriago de recuerdos pensando en aquel acalorado coloquio en los pasillos sobre la concepción teleológica de la realidad en los platónicos. Doy unas cuantas vueltas en la cama, porque dicen que así, a fuerza de cansancio y lucha, se acaba durmiendo. Por mi mente sólo pasan unas cuantas imágenes más, cada vez más borrosas, con un sonido más lejano, de entresueño. Logré al final cerrar los ojos, pero mis pies seguían andando, en sus zapatos imaginarios.
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2 comentarios

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Anónimo
admin
15:02 ×

Bonito relato Samuel.

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Anónimo
admin
15:15 ×

Y tan bonito. No hace falta que le diga, Samuel, que el texto que ha publicado aquí es soberbio, muy lúcido. Debería usted escribir una novela, pues capacidad le sobra e ideas, las veo a montones.

Por cierto que me he sentido plenamente identificado en esos paseos largos y que no llevan a ningún lado, pero en los que se cavila, a veces, más de la cuenta; tanto que uno se hace un lío cuando regresa al calor del hogar. Así como, recordando el Sena en la noche, he entendido cuán diferente es pasear por esa zona de París a hacerlo por la arrasada y seca ribera del Manzanares, en Madrid. Y, finalmente, debo reconocer que, en estas fechas, las tentaciones de comprar libros se acrecentan y disparan, tentaciones que procuro retener, sobre todo porque tengo poco o nulo espacio para más adquisiciones. Aun así, estas Navidades caerán cuatro o cinco, entre ellos "El Solitario y su tiempo", de Cánovas del Castillo, que gran trabajo me ha costado obtener.

Un saludo

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