Blanco y negro, una reflexión

Hace mucho que divago en largas digresiones sobre lo que debería hacer un hombre preciso y sin ambages políticos. Aquí y allá, siempre hay quien me escucha, y si no, las paredes lo remedian. Todos presumimos unas más veces que otras de que carecemos de prejuicios, y esa es casi la realidad, pues no todo el mundo se molesta en tener una mente abierta y saber juzgar las cosas con inteligencia, suavidad, y mejor aún, con un poco de arte. Pero otros tipos simplemente se dedican a dividir el mundo entre el blanco y el negro. Es un recurso muy típico de la progresía veleta, sin principios, que cree que moviéndose de un modo irracional, yendo de un extremo a otro como borrachos, van a alcanzar mayor clarividencia intelectual que los hombres obstinados. Pero no son los tolerantes quienes tienen la patente de conocer la existencia de la precisión y la inmensa escala de grises que dicen se halla entre el blanco y el negro. Sencillamente porque muchos de los que critican los extremismos cometen la insensatez de eliminar de su razonamiento el blanco y el negro, los polos opuestos, como si fueran objetos imposibles de alcanzar, a los cuales solo nos aproximamos. No creo tal cosa, sencillamente porque verlo todo gris y brumoso es el eufemismo más ingenuo de decir que no se tiene idea de nada, y lo que es peor, que no se tiene intención de conocer nunca la realidad. Porque no hay realidad, y el punto de vista, el del hombre sin prejuicios, es el que prima.

Cuando hablamos de los medios de comunicación, la mayoría de los profesionales coinciden en que la objetividad es una utopía irrealizable. Ninguno afirma estar en posesión de una objetividad científica, y sin embargo, nadie tiene escrúpulos en dirigir los hechos, las informaciones, siempre híbridas, y la opinión editorializante y canivalesca hacia sus meticulosos puntos de vista. Partiendo de ese supuesto, admitimos muchas veces que el otro no ha equivocado sus razonamientos en ningún momento de su vida, que nunca se ha dejado llevar por quién sabe qué maligno sentimiento victimista o se ha empeñado en hacer que la tierra sea plana otra vez. Simplemente, es su punto de vista. El punto de vista de los nacionalistas, de los ecologistas, de los franquistas, de los/las feministas, etc. Todo ello convive en el gran gazpacho de las ideologías, que surgen de la enigmática sinergia de distintos prejuicios, traumas incognoscibles o simple vanidad. Hacer prevalecer el sentimiento sobre la razón es una costumbre romántica, pero hay formas y formas de conducir el sentimiento. Por ejemplo, puede reservarse la melancolía como un estado anímico imprescindible para el arte, y sin embargo inútil en otras áreas de la vida. Como la política, donde prima más la exaltación de un sentimiento particular que condiciona todas las acciones. Ello es llevar el romanticismo al extremo y convertirse en víctima de él. Resulta mucho más sugestivo que el hombre, siendo sincero consigo mismo, deje de convertir sus propios traumas en filosofías universales, que todos debemos aceptar como un punto de vista más. Aunque quizás la equivocación hace la vida mucho más fascinante. Como un puzzle mal construido invita a indagar por qué está mal y cómo debería ser.
Siguiente
« Anterior