Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievsky

Entre idas y venidas en tren, acoquinado en mi asiento temeroso de que el revisor aparezca en cualquier momento, he apurado ese libro cuya lectura siempre demoraba para cuando tuviera tiempo. Hablo de Crimen y castigo, obra imprescindible que todo el mundo, por algún maravilloso azar, obedeciendo a no sé qué impulso de secreta hipocondría, acaba leyendo. Quizás el frío lacerante de San Petersburgo, la amarga psicología del crimen y el criminal, la paupérrima vida de un hombre en su miserable jergón y los pensamientos que ésta condiciona, es lo que cautiva al viajero rutinario, que echa de menos aquellas largas veladas de insomnio y desesperación pasajera. Para un racionalista, el crimen, como vulgar acción de prepotencia sobre la existencia de otra persona, no es más que eso, un crimen; vería en la novela de Dostoievsky un asesino, una, dos mujeres asesinadas, un juez, un policía y un desenlace inesperado que es el justo castigo de un hombre que ha violado la ley. Ni lejanamente eso se acerca a lo que yo he leído. El sentimiento es lo que cuenta, el trazado del luctuoso perfil de Raskolnikov, la melodía del remordimiento subliminal acompañando el discurso del narrador. La filosofía del sufrimiento, como inefable terapia, y el asesinato, como un hecho social inspirado en la propia sociedad.

Desde el primer instante, el antihéroe de esta novela es identificado con un joven adusto, intratable, que tiene la amargura por vicio y que apetece pasarse la vida reflexionando sobre los hombres desde una concepción materialista, irreligiosa y escasa de principios morales. Obedeciendo al primer impulso, el personaje hace honor a su creador regalando lo que posee para subsistir y al mismo tiempo matando a dos mujeres indefensas con la excusa de robar. Porque había ido allí a matar, a cometer un experimento, a interpretar su papel de asesino, pues todo le merece juzgarse desde la experiencia. La teoría había de ser terriblemente instintiva, fundamentada en lo que veía y percibía, y se sujetaba en la tesis de que los grandes hombres son capaces de matar y librarse del castigo. Una conversación escuchada por casualidad desatará la chispa que le conducirá a la escena del crimen, donde finalmente decide asesinar premeditadamente, y al mismo tiempo, precipitadamente. No le movía un sentimiento de odio hacia aquella vieja más que el que podía sentir hacia los hombres que cada día le atormentaban o le sacaban de su silencio. Aquello era sólo una muestra horrenda de la codicia mundanal, la monstruosidad con rostro de vieja. Raskolnikov no distinguía entre los principios teóricos y los pragmáticos, lo universal y lo concreto, sino que todo componía una mezcla que tenía que cuadrar en su mente provocada al crimen.

La vieja ciudad de San Petersburgo, envuelta en la bruma, por la que caminan gentes miserables con su propia historia, se convierte en espacio de sus andanzas callejeras, en escenario de sus monólogos delirantes. Su madre, Pulcheria Alexandrovna, su hermana Advotia Romanova y su amigo Razumikin no son más que pequeños paréntesis de su meditación profunda, que viven sus propias vidas en torno a la figura que los trastorna y los seduce. Lujin, Svidrigailov y sobre todo Porfirio, son tan sólo apariciones que le hacen desatar su cólera y rezuman la sustancia de una pesadumbre que sus tiemblas temblorosas y sus ojos idos manifiestan. Y la dulce y tímida Sonia Romanova, fantasía de su desesperación, que cree buscar consuelo en la compasión ajena, aunque permanezca implícito el enamoramiento y se amen por compasión de sus propias desgracias. Ambos advierten en el otro esa intimidad con la soledad y el sufrimiento que les hace tan cercanos, aunque sus terapias sean tan remotamente distintas. Porfirio Petrovich imbuye por un extraño procedimiento la clave que lo esclarece todo. El sufrimiento, el castigo tácito de la maldad. Su postrer conversación con Svidrigailov, un hombre al que se supone noble e inteligente, le hacen cobrar esa aversión a lo malvado por su carácter inmoral, injusto, implícito en el hecho. Su mente sigue negando, pues no cuadran los esquemas, su espíritu lo asimila todo. El sufrimiento, al que se acostumbra, se convierte en un proceso revitalizador, como bien le había pronosticado Porfirio. Ese mismo proceso puede invertirse cuando la mente persiste en negar lo que el espíritu expresa con su lenguaje no verbal. Svidrigailov representa el fin del hombre adinerado que oculta su insatisfacción existencial, no ya encarándose al sufrimiento como un amigo, sino tratándolo como al peor de sus enemigos y no aceptando su presencia forzosa.
El desenlace no puede ser más breve ni más sugerente. Se advierte a un nuevo Rodion Romanovich, amable con sus compañeros de prisión, que descubre su amor por Sonia y siente los síntomas aliviadores de la melancolía. El crimen, aceptado por la mente, no perdura por la eternidad. Ni tampoco le mata. Sabe continuar viviendo sin convertir su desgracia en verdugo de sí mismo. El sufrimiento se convierte así en un narcótico manejable para pugnar las propias maldades y remoldar al individuo. No así como una penitencia impuesta por uno mismo, sino aceptando la cruz misma que le impone la vida cuando se pone de rodillas en la plaza, frente a la mirada incrédula de las gentes que se paran a mirarle. Aunque sus labios no confesarían el crimen hasta más tarde, no sin mucho esfuerzo, ante el policía Zamiotov, puede decirse que su espíritu lo confesaba todo, con alaridos sobrehumanos. Raskolnikov por fin acepta su condición de asesino, acusado por su conciencia, si bien la razón, anclada en argumentos teóricos, le sigue absolviendo.
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3 comentarios

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VICTRIX
admin
19:35 ×

Allá por Agosto escribía yo en mi blog sobre Rusia y añadí la cita de “Crimen y Castigo” que más me llamó la atención: “Yo sólo tengo fe en mi idea esencial: La que consiste concretamente en decir que los individuos, por ley de Naturaleza, divídense, en término generales, en dos categorías: la inferior (la de los vulgares), es decir, si se me permite la frase, la material, únicamente provechosa para la procreación de semejantes, y aquella otra de los individuos que poseen el don o el talento de decir en su ambiente una palabra nueva”

Supongo que resume bien lo que es la obra. Al principio se hace un poco lenta y los acontecimientos transcurren muy despacio pero el episodio del asesinato de la vieja está narrado de forma muy realista y a partir de ahí el libro es bastante más entretenido. No son pocas las veces que he leído críticas en las que la gente comenta que la lectura del libro les resultó “angustiosa” en algunos momentos pero a mí me parece un tanto exagerado este punto de vista, aunque no se puede negar que la personalidad de Raskolnikov es bastante compleja y pasó un tiempo hasta que logré imaginarme al personaje. Lo que respecta a la personalidad del protagonista y al argumento ya lo describe usted con gran acierto. Quizá ya lo haya leído; aquípuede leer un artículo interesante sobre Dostoievski.

Lo que no sabría decir es si es cierto que el autor realmente se vio influenciado por Nietzsche a la hora de crear al personaje. Creo que alguna vez había oído algo al respecto.

Un saludo.

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Amy
admin
02:18 ×

En este momento estoy tratando de hacer una adaptacion de esta novela... la cual es muy interesante...

ahora que la leo.. le algo de parecido con LOS MISEABLES de Victor Hugo...

Que opina al respecto???

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Samuel
admin
18:17 ×

Pues la verdad es que hay cierto parecido, Amy, aunque parezca algo forzoso. Raskolnikov es un personaje individualista, fatalista, sin conciencia social, que se ve avocado al crimen por circunstancias psicológicas, aunque trate de racionalizar su acción. Jan Valjean, por otra parte, se ve forzado por la sociedad a robar para comer y recibe un castigo exorbitado ejecutado por sus compatriotas. La reacción de este, sin embargo, es la propia de un ser humano que se regenera, la de un hombre que no está marcado por el pasado y puede convertirse en un benefactor social, como el obispo, pese a que el pasado (Javert), su único castigo, le persiga constantemente.

Pienso que "Los miserables" está mucho más trabajada, es mucho más fiel a la realidad y de alguna manera empieza donde "Crimen y castigo" acaba. En la novela de Victor Hugo el crimen puede ser pequeño, el castigo excesivo (ejecutado por agentes externos, no psicológicos) y existe la regeneración. Victor Hugo introduce matices que Dostoievsky ignora. Aunque Victor Hugo no se los acababa de creer.

Un cordial saludo.

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