Fiesta navideña

Ya llegan la pandereta, la zampoña, el villancico y la vidriosa costumbre de reunir a la familia en un estrecho espacio para cenar. Las calles se cubren de luces inoportunas, los papanoeles aparecen por doquier y los gitanillos ambulantes se colocan en las esquinas para vender castañas. Los centros comerciales, repletos de una muchedumbre poco ahorrativa, cuidan de que el esplendor de Occidente nunca se apague. Por estas fechas tienden los mayores a rememorar el pasado, y los niños sueñan felices con la risa jadeante del gordo de las barbas. Dulce espectáculo, si no fuera porque se repite todos los años y las gentes comienzan a actuar por inercia, sin elegancia, sin espíritu ni poesía. Como viejo que soy, pues desde niño he sido viejo, no puedo evitar el recuerdo de aquellos años más dichosos. Los años pasados siempre son más dichosos, porque el sufrimiento, una vez que ya ha cicatrizado, se conserva como una melancolía agradable, incluso, a veces, como gloria inconmovible de lo que se ha padecido. Me siento en la cama y pienso, pues durante el curso estoy demasiado ocupado para pensar. La memoria comienza a arder, como una chimenea recién encendida.

De niño fui actor de teatro, no por inclinación sino por fuerza, pues en la iglesia nos obligaban a actuar todas las navidades. Al principio hice papeles secundarios, representando a niños cuyos diálogos solían ser sencillos y breves. Luego ya me recomendaron para obras más sonadas, aunque las más no iban más allá de un mensaje típicamente navideño. A veces yo me ponía ante el público, vestido de camisa y pantalón, para recitar una poesía. Veinte o treinta personas componían el auditorio, y yo las miraba, enrojecido, trémulo, visiblemente incómodo. Detrás del telón rojo, a mis espaldas, una voz de apuntadora inexperta me susurraba el próximo verso y yo lo rezaba, de corrido, sin gracia, atentando ingenuamente contra el arte y la correcta recitación de poemas. Acabada la velada, los niños nos sentábamos, las madres nos besaban y felicitaban, y un pastor protestante, de pelo canoso y voz elocuente, subía al escenario y dirigía a la congregación en el canto de los himnos, que cantábamos a capela y desafinando espantosamente. Llegada la hora cumbre, cuando toda la concurrencia se callaba, el pastor introducía la llegada de un viejo obispo, vestido de rojo, cuyas barbas le llegaban hasta la mitad del pecho y no dejaba de reír y prodigar simpatía. Entraba por la puerta de atrás, mientras nosotros cantábamos con todas nuestras fuerzas el antiguo villancico:

Cascabel, cascabel, dulce cascabel (...)

La tradición se cumplía religiosamente; las miradas de todos los niños, grandes y pequeños, madres, padres, abuelos, tíos, tías, hermanos y primos se concentraban en la puerta de atrás, que se abría repentinamente, con el eco de una fingida carcajada. Aparecía le père Noel, un hombre gordísimo, vestido de rojo, no por convicciones políticas, sino porque no disponía de otro traje. Aunque quién sabe qué clase de individuo se ocultaba bajo aquellas barbas blancas, aquel cinturón negro y aquella barriga tan redonda. Llevaba un saco color beige sobre sus espaldas, y lo arrastraba con desgana. Iba quejándose de que un guardia le había puesto una multa, interpretando un monólogo graciosísimo en que mencionaba a sus compadres Melchor, Gaspar, Baltasar y otro cuyo nombre prefirió no desvelar a nadie. Atravesaba el pasillo entre el público, gastando bromas con una voz aflautada y despertando las risas de la concurrencia. Luego se sentaba en el escenario, en una silla especialmente preparada para él, donde lograba sentarse después de muchos tropezones, caídas y elocuentes carcajadas. Dejaba el saco sobre el suelo y empezaba a sacar regalos, leyendo los nombres, y los niños subíamos uno a uno al escenario, donde recibíamos el ansiado obsequio, de las manos blancas del mismísimo Papá Noel. A veces se resistía a darnos el regalo, y casi se lo quitábamos de las manos, que por cierto eran muy pegajosas. Al final de la velada, repartía mandarinas con la intrepidez de un jugador de béisbol. Los más jóvenes, cuyos nombres habían sido borrados de la lista por el desgraciado acontecimiento de cumplir dieciocho años, recibían el fruto anaranjado como recompensa y ponían a prueba sus reflejos. El hombre de rojo volvía por donde había venido, tan simpáticamente como entró. El anciano pastor volvía a ponerse en pie, entonábamos un himno tradicional, un dulcísimo Noche de paz o un estrepitoso Suenen dulces himnos. Por fin acababa la fiesta de la navidad, y los niños estirábamos de las manos de nuestras madres, que hablaban como cotorras, con el sagrado deseo de volver a casa a jugar con los juguetes, después de una dura jornada de ensayos, vergüenzas y tiranteces con la directora de la obra.

Cuando hoy observo con melancolía el pasado, ni lo echo de menos ni lo aborrezco. No me hace reír ni llorar, porque conservo también muy malos recuerdos, y no sólo estas anecdóticas fiestas de navidad. Pero eso es cosa para otras fechas, lector, que ahora lo que toca, aunque sea por respeto religioso a lo que conmemoramos, reunirnos en familia y mirarnos de nuevo las caras. En todas las fisonomías descubrimos nuevas arrugas, las miradas han cambiado, las manos ya no tienen el mismo tacto. Algunos han partido, otros todavía están aquí, aunque ya no ríen. Otros, como mi abuelo, permanecen exactamente igual que siempre, gobernando el mundo desde su sillón, con el mando de la tele y denigrando a Zapatero con todos los adjetivos desdeñosos que aprendió en su vida. Son felices, escuchan el discurso de Su Majestad con ceremonia y reverencia. Luego nos sentamos a la mesa, nos vemos todos juntos y empezamos a charlar de cosas intrascendentes, pero con elegancia y graciosas ocurrencias. No tenemos un pelo de sentimentaloides, y sin embargo sabemos reconocer una reliquia histórica cuando la vemos. Una familia estructurada es un bastión de sensatez que, pese a la vida y la muerte, sobrevive cada invierno. Otros la llamarían anacrónica, tradicional y aburrida, pero precisamente es la anarquía ambiente lo que le hace tan interesante, tan divertida, tan navideña. Como cada nochebuena, después de la cena, vemos ¡Qué bello es vivir!, del inolvidable Frank Capra, acompañados de su correspondiente guarnición de turrón y polvorones.

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