Sueños y ensueños

Todo comienza con un lector, un sencillo y adorable lector. Además, un lector que sólo existe en nuestra retorcida mente infantil. La mayoría de nosotros ya habíamos leído y escrito muchos articulillos y virguerías en diversos lugares de la red. Pero de repente, un día, creemos que tenemos el deber de llevar seriamente una bitácora, con nuestras ideas y costumbres, nuestros desvaríos matutinos, nuestras poesías fáciles y nuestra crítica mordaz. El mundo la necesitaba, nos decimos, pero al principio no hay mundo, ni escritor, ni nada. Sólo un Lector y una hoja de papel en blanco. Con el tiempo nos hacemos un nombre, escribimos una historia, atraemos a otros peregrinos del ciberespacio, y sin comerlo ni beberlo, en unos pocos años, nos encontramos escribiendo para alguien. Porque antes le escribíamos a las ondas, y ahora nuestros lectores –ahora hablamos en plural– existen de verdad, son de carne y hueso, teclean sus comentarios desde el otro lado de la pantalla, animándonos, criticándonos, consiguiendo que este folletín cibernético se convierta en un esfuerzo razonable.

Va para el segundo año, y La Gacetilla Literaria sobrevive. A las barreras cibernéticas, que son las peores y a la censura implícita de mi mente quisquillosa. Hemos pasado dos años juntos, yo y esta bitácora macilenta y paliducha. Dirán que es vanagloria echar flores en el propio tejado, pero no es esa mi intención, sino pasar el mal trago de tener que ver salir un año más. ¡Brindemos por la locura y el número inestable, que no deja de asesinarnos! Para estas fechas haría falta un Verlaine para ingerir la cantidad de alcohol de las fiestas y cenas sociales. Pero haría mayor efecto al glorioso momento una poesía bien pronunciada, sencilla, nacida del espanto pasajero, de la melancolía que supone hallarse con una copa de cava (valenciano) en la mano, aguardando la celebración de la muerte. El numerito se mueve, ya no es seis, sino siete, el número divino por antonomasia. Prefiero no imaginar lo que traerá consigo, malo ha de ser, como todo lo que sucede, y bueno al mismo tiempo, con que pronunciemos un brindis e ingiramos el líquido multicolor, que se precipite por nuestros gaznates y lleve el regocijo a las lóbregas cámaras del melindroso estómago. Qué satisfacción. Doce personas engullendo uvas de la suerte como desesperados, mirando el televisor, viendo ligar a Ramón García como si fuera otra de las tradiciones de nochevieja. Supersticiones es la palabra, pues todos elevan deseos con los ojos cerrados, convencidos de que este año que asoma el morro será distinto del otro que estira la pata. Los españoles nunca se darán cuenta del ridículo espectáculo que significamos para los ángeles y los demonios, que ríen nuestras payasadas al unísono, incapaz de contener las lágrimas y las carcajadas. Ellos también celebran la noche vieja, la más vieja de las noches, y sin embargo, la que usan todos los jóvenes para desearse pazzzzzzzz, amor y prosperidad en el porvenir. Algunos de un modo peculiar, pero la mayoría repiten ese ritual mágico de que se cumplan todos tus sueños y encuentres, al fin, la felicidad. Como si los sueños a veces no hicieran la vida imposible y la felicidad inalcanzable no nos quitara el sueño.

Ah, que entra un año nuevo. No crea el Lector, el que yo he forjado en mi mente todos estos años, que siento temor ante los empinados trescientos sesenta y cinco días que me aguardan. Temor no es lo que siento, sino vergüenza, observando cómo la gente se repite las mismas cosas todos los años, sin gracia ni emoción, ni la más mínima sombra de cambio. Quizás alguno derrama una elocuente lágrima, recordando a un ser querido, o prefiere mantenerse al margen de la hilaridad populachera leyéndose un buen libro en la cama. Todo sea por no acudir al vergonzoso botellón en que las almas simples encuentran la dicha. La misma felicidad encuentran los animales salvajes desperezándose en mitad del campo o fertilizando la tierra con sus excrementos. La misma felicidad que los niños cuando cruzan contentos la carretera, sin ver el furioso automóvil que se les cruza pitando su bocina. Qué loca costumbre la de mis coetáneos, qué cansancio de la vida ¡y qué pocas ganas de cansancio tienen! El cansancio es de lo más saludable para acabar un año, y perderse las trifulcas de la conciencia natural por una absurda balsa de aceite es renunciar al más grande de los placeres humanos. Es convertirse en objeto, confundirse con el placer, sin sentirlo, sin recordarlo más que como un vicio que te libera de pensar y enfrentarte a tus propios fantasmas.

Ante la marea del tiempo que nos constriñe, debemos nosotros, damas y caballeros, ir concluyendo mediocres discursos que no pueden decir nada más que los hombres honrados ya saben. A todos nos duele la vida, nos duelen las personas, la guerra, el país, el ocaso de la cultura y la rebelde anarquía en que nos ha dejado el presidente de los zapatos. A todos nos duele España, como a Unamuno, más aun en estas horas trágicas, y no nos place embrujarnos con el sutil veneno de una bujía encendida. La oscuridad es más interesante, divierte más dar palos de ciego que conocer la realidad con precisión y cerrar luego los ojos con horror. Así veo yo el oscuro año que entra, año en que todo es previsible, porque ya hemos visto y oído majaderías miles, pero quizás merezca la pena por la conversación con un amigo o el visible avance de nuestra persona frente al maremágnum atolondrado del dominio progre. No por ser liberal ni conservador se tiene la mente más lúcida, sobre todo cuando ésta se encandila de tal modo que es incapaz de saber dónde empieza su pensamiento y dónde el que ha escuchado y recibido de otros. Pero es una ventaja, se despierta una conciencia moral de los conocimientos puros y se abre la puerta a experiencias que el inmovilismo socialista jamás podría padecer, a menos que su cerebro se individualice. Quizás ellos no noten tanto el paso de los años, como tampoco los percibe el inmovilista común, pero desde esta bitácora quiero felicitar a todos los progresistas y recordarles que estamos en 2007. No porque las gentes deban avanzar todas a la vez, pues el tiempo siempre nos llevará ventaja, pero es triste, aunque comprensible, que después de tantos siglos de búsqueda continua de la verdad haya muchos todavía anclados en un relativismo moral nada progresista y terriblemente materialista. Pero les felicito el año nuevo, de todos modos, que no se cumplan todos vuestros sueños, por el bien de la Humanidad, y seáis capaces en el futuro de discernir el sueño del ensueño.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
18:02 ×

Feliz 2007 y a por un nuevo año de singladura de La Gacetilla Literaria.

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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