Clint Eastwood y Sylvester Stallone, banderas y puñetazos

No soy yo hombre de costumbres invariables, pero lo que es en esas temporadas de exámenes, el reloj se convierte en un antipático tirano que me vapulea, me azota, me tortura los oídos con su endiablado tic-tac, me reprende hasta que salgo de debajo de las mantas, con el ánimo firme y la predisposición de estudiar. En ese momento pasan por tu cabeza multitud de disparates, como por ejemplo, la otra mañana recordaba con nostalgia... ¡aquellas deliciosas tardes que pasaba en mi escritorio haciendo y deshaciendo derivadas e integrales! Sé que es absurdo, que un hombre recién despertado debería tener la cabeza fría, y por ese mismo motivo, meto la cabeza bajo el agua intentando limpiar mi cerebro de tan estúpidos pensamientos. Pero no se limpia, sus manchas son imborrables y siempre permanece el deseo de desaparecer, de hacer algo distinto, de charlar con un viejo amigo y apartarme de una vez para siempre de esa silenciosa biblioteca, en cuyas mesas pasan los estudiantes un amargo duermevela a fuerza de tazas de café y preguntas indiscretas a la compañera de enfrente.

No, no crea el lector que uno olvida su cometido, la mente disfruta siempre aborreciendo el momento presente y recordando los felices años pasados, siempre mejores que los nuestros. Quizás porque los hemos colocado ya en la estantería, como notable trofeo que simboliza una batalla superada. Porque las batallas superadas traen gloria, precisamente cuando amontonan polvo y polvo. En términos del judío Simmel, pasan a formar parte de la cultura objetiva y lo observamos con un placer parecido al de Dios cuando observó ilusionado los primeros pasos del hombre. De modo que lo que hago ahora, en este tiempo infecto, en este pesado presente, intenta alcanzar la inmortalidad que ofrece un montón de horas acumuladas encima de sí.


En estos días, como digo, el placer es algo que acaba entrando en la agenda, sólo para satisfacer esos momentos de nostalgia inevitable. Y qué mayor placer que hundirse en una butaca de cine, cuando otro es el que invita y pasar siquiera un par de horas con la mente desconectada, ajena al constante análisis sociológico de las estructuras sociales, la interacción y la tragedia de la cultura. El alma lo agradece por un momento, aunque la película que ofrezcan sea mala. Pero no era el caso. Primero vi Rocky Balboa (la VI), de la cual me ha quedado un maravilloso recuerdo, por la maestría y la insuperable interpretación con que Sylvester Stallone realiza su apología de la vejez y la experiencia sobre los alardes y la fuerza bruta de la juventud. Su filosofía del sufrimiento, que queda lejos de la psicología urbana y barata a la que estamos acostumbrados, ensalza el bautismo de fuego (una sarta de ganchos y derechazos) sobre el natural impulso de negar las adversidades y buscar felicidad instantanea, desesperadamente, sin mirar si tus espaldas se robustecen o si tu mandíbula se hace más resistente. Al final se enfrentará al invicto Mason Dixon, a quien acompaña un adecuadísimo leitmotive durante toda la película.

La segunda película que vi (transcurrieron unos días hasta que volví a arrastrarme hasta el cine) se llama Banderas de nuestros padres, que resulta más o menos pasable, aunque no me entusiasmó. Seguramente haría de ella más críticas que alabanzas, como por ejemplo una secuencia narrativa terriblemente confusa, o unas interpretaciones que se dejan llevar por el sentimentalismo, si bien las imágenes de la batalla de Iwo Jima son excelentes. Aunque según he sabido luego se basa en un libro de James Bradley y Ron Powers, la película tiene una profunda carga ideológica, que los héroes no son tales, o como dice el propio Clint Eastwood (su director), se trata de gente perturbada. Ello no es en sí censurable, aunque a mí no me gusta un guión donde se concluya diciendo una moraleja final que no ha sido capaz de introducir implícitamente en todo el transcurso de la película. Estructurada a modo de una investigación detectivesca, vamos descubriendo la historia de tres soldados que supuestamente levantaron la bandera norteamericana tras la victoria en Iwo Jima y su posterior amargura al verse tratados como héroes, cuando ellos no se sienten como tales. La película en sí está bien hecha (en comparación con la bazofia española, mi sentido crítico es muy perdonavidas) pero es larga y con unos diálogos, a mi juicio, excesivamente emotivos.

Como uno no puede pasarse toda la vida del cine, (un mero paréntesis) llega el momento de regresar a casa, encerrarme en mi habitación a ventilar mis apuntes, limpiar el polvo de mis libros, encoger la cabeza y subrayar con un lápiz carcomido y viejo. ¡Qué diablos! Todavía recuerdo cómo estudiaba filosofía en mis años logsistas, puesto en pie, dando vueltas en torno a mi escritorio (que se sitúa en el centro de la habitación) mientras le contaba con emoción a los atentos muebles la filosofía trascendental kantiana. Ya no volverán aquellos años de juegos y risas, la infecta atmósfera de mi habitación ya no soporta más datos empíricos, los apuntes irradian una solemnidad insufrible y tengo la necesidad constante de tener una cierta empatía con los sociólogos y comunicólogos que estudio. Yo sé que con Marx, el alabado y cacareado Marx, cuyo sesgo político a mi profesora le resulta tolerable, parece una tarea obstinadamente difícil. Pero es la vida, y sin necesidad de adquirir todos los tópicos de la izquierda, como me consta que algún profesor posee y expresa, a estos sujetos también debe estudiárselos. Mirándolos con lupa, claro, como a todo el mundo.
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1 comentarios:

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Persio
admin
18:08 ×

Pues yo no sabía si ir a ver el revival de Rocky ,pero con tu crítica la balanza puede desequilibrarse a su favor...
Suerte con los exámenes (y ojo con Marx).
Saludos

Congrats bro Persio you got PERTAMAX...! hehehehe...
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