La perversión del lenguaje, de Amando de Miguel: política y semántica

Amando de MiguelAmando de Miguel trata de advertirnos en La perversión del lenguaje sobre lo que considera una degeneración de la lengua castellana debido al mal uso que le dan los hombres públicos. Partiendo de una amplia casuística de la vida política y los medios de comunicación colectiva, analiza con estilo crítico y comprometido textos periodísticos y declaraciones en que se aprecia esa metamorfosis lingüística. Cada capítulo retrata cada una de estas perversiones, y éstas van ordenadas siguiendo el alfabeto. La tesis general del libro afirma que la evolución del lenguaje no debe ir en detrimento de la primitiva utilidad de la lengua, es decir, el entendimiento entre los interlocutores.

Cuando se depende de la opinión pública, es obvio que se tiende a anteponer las palabras a las ideas, de modo que en los discursos, por confusos y maliciosamente hilvanados, apenas puede distinguirse lo que los políticos quieren decir o es necesario descifrarlo después de un cuidadoso análisis. De Miguel acuña muy apropiadamente el término politiqués para denominar la jerga que hablan comúnmente los políticos y que casi todos acaban adquiriendo. Este lenguaje carece de precisión, porque su propósito no es hacerse entender sino salir del paso mediante palabras. Ello lo observamos cada día en las sórdidas declaraciones de los políticos, que rara vez amplían el conocimiento de los ciudadanos sobre los hechos, sino que inventan graciosas piruetas verbales para ocultar sus estratagemas. Su lenguaje esconde artimañas tan perversas como el doblelenguaje, término orwelliano, que consiste en describir una realidad pretendiendo decir la contraria. Como estos no afirman un hecho o pensamiento concreto, permiten al político habilidoso desdecirse y alegar a sus adversarios que se le ha interpretado mal. El uso continuo y cerrado de este lenguaje, amplificado por los medios de comunicación, repercute sin duda en la extensión al habla común de muchos errores lingüísticos y prosódicos, menoscabando la evolución natural de la lengua castellana.
Analiza también los conocidísimos eufemismos del lenguaje políticamente correcto. Referirse al pobre como "persona desvinculada de la administración o de la función pública", o la estupidez feminista de negar el masculino genérico son sólo una parte de esa progresiva destrucción del castellano de la que habla Amando de Miguel. Si cambian las palabras, cambia la semántica, cambian las ideas, cambia la política y cambian las sociedades.

No sólo el dialecto politiqués, como bien señala don Amando, es un deterioro de la lengua, sino que muchas veces el lenguaje periodístico, por su cercanía al mundo político, tiende a repetir los términos mal empleados. El uso de anglicismos innecesarios, como herramienta publicitaria, empieza a extenderse a pesar de que en el idioma castellano ya existían términos para designar esos objetos. Del mismo modo, en el mundo académico comienzan a perpetuarse las faltas de ortografía, como consecuencia de una nueva generación que no considera las normas gramaticales tradicionales y crean caprichosamente un lenguaje gaseoso y equívoco. La connotación, pues, ejerce una tiranía sobre la denotación. Y no sólo eso, sino que se inventan vocablos inexistentes, como son las palabras sesquipedálicas, que prolongan un verbo o sustantivo para darle mayor ampulosidad a los textos. Véase, como bien señala el autor, la batalla perdida de "influencia" por "influenciación", o de "motivar" por "motivacionar". De un sustantivo, se deriva un verbo, que a su vez derivan otro sustantivo y un nuevo verbo derivado, convirtiendo la frase en una secuencia interminable de polisilabismos. Se convierten así en ilegibles muchos textos políticos, que tratan de desviar al lector del verdadero objeto del texto.

En resumen, la lengua castellana se encuentra en peligro debido a su desconocimiento o a la declinación de la jerga política y periodística. Para Amando de Miguel, esa destrucción de la lengua no es más que una representación de la corrupción moral de una sociedad en la que muchas veces es imposible entenderse porque no quiere entenderse. Debemos tener en cuenta, pues, que el libro invita a reflexionar sobre el valor moral de la responsabilidad periodística y el deber de expresar sincera y claramente lo que se quiere decir. Se trata de una obra amena, divertida, no por ello menos madura y comprometida de lo que exige la profunda realidad sociológica que denuncia.
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8 comentarios

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VICTRIX
admin
13:11 ×

Amigo Samuel, le agradezco que nos haya presentado otro libro interesante. No cabe duda de que la tesis central del libro es una evidencia que a veces olvidamos, es decir, que la función de la lengua es el entendimiento entre los interlocutores. De tal manera, y como nos va explicando usted a lo largo de su texto, a menudo se abandona esta idea y los término se emborronan y acaban adoptando significados diferentes a los que realmente tenían en su origen.

Me ha interesado especialmente lo que explica acerca de la jerga “politiqués” ya que se habrá percatado de que una de las cosas que más suelo criticar es el escaso rigor con que se emplean los términos políticos y la ambigüedad que han adoptado los mismos debido a las circunstancias históricas y políticas que afectan a los países. Y por supuesto los políticos, que no han dudado en contribuir a esta deformación si con ello obtienen unos cuantos votos. Entre los términos más deteriorados se encuentran “república”, “fascismo”, “facha”, “derecha”, “progresista” etc.

Por otra parte, y al margen de la terminología política, cabe destacar lo que usted comenta acerca de “la estupidez feminista de negar el masculino genérico” o la todavía más ridícula costumbre de buscar una palabra en femenino para los casos en que una palabra masculina sirve para nombrar a una persona femenina ya que, llevando la regla al extremo, palabras como “electricista” o “maquinista” también deberían encontrar acomodo al género masculino. ¿Electricisto quizá? También hay entre los muchos ejemplos condenables los típicos errores castellanos y castizos tales como pronunciar “ao” o “au” en vez de “ado” cuando así termina la palabra. Incluso es difícil escapar a la invasión del “laísmo”.

No menos preocupante es la jerga juvenil, y no sólo me refiero a la extendida tendencia a cortar y reducir las palabras en el lenguaje escrito, sino a la grosería, la vulgaridad y la simpleza que a menudo adopta el lenguaje hablado por los jóvenes y que presencio a diario. Tampoco es que yo me considere un experto en el léxico castellano, pues de eso sin ir más lejos seguro que sabe usted mucho más que yo, pero sí que intento respetar lo más posible mi idioma, ser fiel al significado de los términos y tratar de que mis palabras definan con la mayor precisión posible lo que intento transmitir. En definitiva lo que usted comenta: “el deber de expresar sincera y claramente lo que se quiere decir”.

Un cordial saludo.

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Marta
admin
14:27 ×

Interesante e imprescidible, sin duda. Gracias igualmente por la reseña, Samuel. Tomo nota precisa. Aunque creo que este libro tiene un aire a esa magnífica serie de Lázaro Carreter "El dardo en la palabra". ¿No es así?


Saludos.

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El Cerrajero
admin
05:53 ×

Muchas gracias por la recomendación, queda apuntado en la lista de pendientes ^_^

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Persio
admin
14:10 ×

Eso del "dialecto politiqués" está muy bien... Menuda jerga confundidora que se traen estos "príncipes de la paz" y sus seguidores, tan políticamente correcto y lingüísticamente... ¿analfabetos?
Un abrazo, amigo Samuel

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22:29 ×

Amando de Miguel es ya imprescindible. Un hombre culto, refinado y que posee un absoluto dominio del lenguaje, tan correcto como ácido. Nunca me pierdo sus artículos en "Libertad Digital" y el libro que hoy reseña, Samuel, es uno de los que quiero leer de hace tiempo, pero ya sabe lo que pasa: la lista es excesivamente larga y el tiempo desgraciadamente escaso.

"El dardo en la palabra" y "El nuevo dardo en la palabra", de Lázaro Carreter, mencionados por Marta, son del mismo estilo (aunque quizá se centren más en la anécdota) y por descontado muy recomendables.

Un saludo

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22:29 ×

Amando de Miguel es ya imprescindible. Un hombre culto, refinado y que posee un absoluto dominio del lenguaje, tan correcto como ácido. Nunca me pierdo sus artículos en "Libertad Digital" y el libro que hoy reseña, Samuel, es uno de los que quiero leer de hace tiempo, pero ya sabe lo que pasa: la lista es excesivamente larga y el tiempo desgraciadamente escaso.

"El dardo en la palabra" y "El nuevo dardo en la palabra", de Lázaro Carreter, mencionados por Marta, son del mismo estilo (aunque quizá se centren más en la anécdota) y por descontado muy recomendables.

Un saludo

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Albiac
admin
04:25 ×

Sin duda es una referencia don Amando en el uso del lenguaje, tiene mucho que enseñarnos y sin duda será muy interesante el libro.

Todo ello sin perjuicio de que piense que D. Amando lleva bastante tiempo en baja forma, y su presencia en las tertulias radiofónicas sea meramente testimonial.

Samuel, un placer colocar un link hacia tu blog desde el mío.

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Marcos
admin
09:28 ×

"Si cambian las palabras, cambia la semántica, cambian las ideas, cambia la política y cambian las sociedades."

Ojalá sea cierto y derrotemos de una vez por todas al machismo en la lengua y la sociedad cambie de una vez por todas.

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