Estilos del discurso político: 4 formas de confundir a la audiencia y salir airoso del atolladero

Oratoria
Hay personas que hablan y escriben mucho, pero no dicen nada. No dicen nada porque gran parte de sus discursos políticos están recargados de expresiones altisonantes, consabidas valoraciones y perogrulladas tan ofensivas que no parecen sino producto para la retroalimentación de unas cuantas ideas confusas que bullen en la mente, todavía por perfilar. Las muchas lecturas corrigen ese defecto, acaba uno aprendiendo a saber lo que quiere decir y decirlo, sin embarcarse en misteriosos devaneos literarios que no se sabe dónde van a llegar.

Nada tan ejemplar como un buen mitin político, donde además el encopetado figurante se detiene después de cada palabra, imitando la redundancia publicitaria. Adornando una comparecencia de prensa con su barroca prosodia, consiguen que el público se centre en sus labios, aguardando de ellos una palabra cauta, sincera, que no apele a tantos delirios de abstracción o sea menester una pregunta para esclarecer sus tesis. Hace poco el presidente del gobierno nos regaló uno de estos monumentos a la ambigüedad, diciendo que el proceso de paz se había roto, pero que no se había roto, que ETA había escogido el peor camino, pero él tenía más energía, más voluntad que antes del atentado en alcanzar la paz. En los políticos, como bien describe Amando de Miguel (véase La perversión del lenguaje), es una evidencia que no hablan para la concurrencia, sino que quieren llenar el espacio del tiempo sin abordar las cuestiones más peliagudas y directas que su obstinada cabeza no desea abordar.

4 estilos de discurso que hacen la vida imposible a los oyentes


Una vez asistí a una conferencia, donde el docente invitado no hacía más que hablar y hablar, pero bien se iba por las ramas o casi siempre acababa repitiendo la misma idea central, algo de lo que los concurrentes ya nos habíamos percatado hacía buen rato, pero como no había forma de detenerlo, preferíamos bajar la mirada al suelo o entretenernos en espantar una pesada mosca que saltaba de nariz en nariz probando la compostura de las gentes. No soy un experto discursista, las más veces que he hecho una presentación en clase estaba nervioso, pero no puedo evitar esa indignación que me producen los hombres que hablan y se escapan por todas las tangentes posibles, o hinchan sus frases con cierto alarde de retórica, pero vacua, insoportable, arrolladora.

1. Los que se van por las ramas. De todos los discursos que he oído, he hallado quienes planean en torno a una sola idea, sin querer entrar a ella, complementándola con multitud de aforismos, exclamaciones triunfalistas o frases acursiladamente ingeniosas.  Estos son extremadamente pelmazos, ya que no acaban nunca de decirnos nada y se regodean en su propia ignorancia. 

2. Los que siempre dicen lo mismo. Son esos otros que, no teniendo sino una sola cosa que decir, la dicen, la reiteran y la vuelven a repetir, de todas las formas que conocen, evocando a genios de las letras, ideando metáforas magistrales, levantando los brazos en posición indignada y modulando la voz como nigromante que invoca a los espíritus de los cuatro vientos. Crean así un garabato artístico, una opinión aparentemente argumentada, pero empalagosa, que empacha y apaga los ánimos, provocando en el público –semidormido, una mutación esperpéntica del simple espectador y el oyente pasivo- una situación indescriptible. Los hombres observan los relojes, las mujeres sacan sus abanicos y los fumadores comienzan a mirar la puerta de salida con unos ojos con una desesperación que causa lástima.  

3. Los que solo saben gritar opiniones. Me refiero a las pintorescas escaramuzas de periodistas de etiqueta, que sin prestar atención más que a la abundancia de polémica, les importa poco llegar a ningún sitio en sus conversaciones y resuelven todas las disputas con las conocidas fórmulas de “cada cual tiene su opinión”, o bien esa otra de “lo importante es el diálogo y el enriquecimiento mutuo”, que no son sino manifestaciones de que no creen en la comunicación, por ser intersubjetiva y peligrosamente sincera. A estas alturas creo que ya todos nos hemos dado cuenta, y no sería ocioso a veces preguntarnos para qué discutimos, cuando no hay voluntad de escucharse y todo es como esos discursos unidireccionales. Sólo que hablamos todos a la vez, sin que nos importe la predisposición del receptor a no escucharnos.

4. Los que lo tienen todo muy claro. Es el de los predicadorzuelos para los que todos los enigmas del universo están enormemente claros. Estas gentes entran a resolver misterios científicos lo mismo que psicológicos, con una retórica paternalista, meliflua, que hace arrancar el entusiasmo de las masas estropeadas por los avatares de la vida.

En estos no incluyo a buenos pastores o sacerdotes, que sin ser demasiado doctrinales, hablan con autoridad y elegancia de los problemas de la gente, sin abordar de lo que no entienden, distinguiendo entre razón y fe, apelando a los textos sagrados o invocando al Espíritu Santo a juicio de su propia sensibilidad cristiana. Por supuesto, demagogos y sectarios sí se encuentran en ese tercer grupo, y me atrevería a decir, a juzgar por lo que observo, que las bases de los partidos políticos españoles se componen de muchos de estos individuos, predominando el panfletismo y la disciplina partidista sobre el pensamiento libre y las coacciones ideológicas de todos los frentes, ya sean explícitas o implícitas. 

El arte perdido de la oratoria

Sería interminable querer clasificar aquí todos los géneros de discursos, pues habría tantos como hombres caben en el mundo, pero he querido dejar constancia de los errores más flagrantes a la hora de cortejar a las masas, curiosamente, los más estrafalarios y pomposos para los estudiosos de nariz ladina y corazón empedernido. Algo escribió Cicerón en su obra El orador sobre la oratoria, con una visión mucho más completa que la mía, pero no es mi deseo en este artículo entrar a criticar el asianismo, ni definir a los verdaderos áticos, ni hablar ahora sobre la estructura y elocución del discurso. No creo en un retorno gradual a esa gloriosa época de los oradores clásicos. Cierto es, sin embargo, que al orador perfecto no lo hemos encontrado todavía.

Con todo, la insulsez de muchos de nuestros hombres públicos, faltos de letras, huérfanos de lucidez, ha propiciado que el arte de hablar se haya convertido, en nuestro parlamento y nuestro senado, en un patético y desesperado ejercicio de engaño y autoengaño. Lejos de constituir un deporte de caballeros que hablan la verdad y cuidan su honor, hoy la política es refugio de truhanes, mediocres y gente que confunde el espíritu poético con la cursilería de sus medianos pensamientos.Al abrigo de su mala fe, resulta muy triste que la comunicación se utilice, precisamente y del modo más bajo, para propagar la mentira.
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1 comentarios:

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VICTRIX
admin
00:25 ×

Amigo Samuel, en primer lugar, y a raíz de su anterior artículo, me gustaría darle mi enhorabuena por haber conservado este interesante blog durante dos años y estoy seguro de que todavía tiene usted mucho que contarnos, ya se trate de viajes en tren, paseos solitarios, recomendaciones de libros, reflexiones sobre los discursos, días de clase o cualquier otra idea que cualquier otra persona pasaría por alto y que usted sabe perfectamente cómo analizar y exponer adecuadamente, porque bien se nota que lo suyo con el periodismo y con las letras es realmente vocacional. Sepa que aquí tiene otro lector.

Respecto a los discursos no imagina usted cuánta razón tiene cuando nos habla de los discursos de los políticos y de los antiguos profesores, y es que todavía recuerdo una anécdota que bien se ajusta a este último caso. Me comentaron que un antiguo profesor iba a dar una charla sobre el republicanismo de manera que me desplacé hasta el lugar donde se iba a desarrollar el discurso, ya que el tema me suscitó cierto interés, pero apenas habían pasado veinte minutos cuando el buen hombre empezó a divagar entre citas de clásicos grecolatinos y terminó por contarnos lo apasionante que había sido su vida como docente.

Sin embargo, lo que afortunadamente no he tenido ocasión de presenciar ha sido el discurso de un político, porque éstos deben ser especialmente desesperantes, tanto por el contenido como por el contexto. Ya se imaginará usted perfectamente: autobuses de jóvenes cuyo nivel de conocimientos políticos consiste en diferenciar entre izquierda y derecha, pero que acuden entusiasmados a escuchar a sus líderes predicar falsas prometas en un abarrotado palacio de los deportes municipal. Pero al fin y al cabo son todos felices, unos escuchando lo que quieren y otros sabiendo que digan lo que digan van a recibir aplausos. De hecho muchas veces me he preguntado si en esta serie de acontecimientos hay un hombre que hace una señal justo en el momento en que todos deben empezar a aplaudir, porque no sé si se habrá fijado que la coordinación es pasmosa, y mucho más si tenemos en cuenta que se trata de españoles. Y al día siguiente no pueden faltar tres o cuatro páginas de cualquier periódico local mostrando a los líderes abrazándose y dándose la mano, quizá festejando que ya ha terminado la época de elegir cabezas de lista a los ayuntamientos y que una vez más están salvados otros cuatro años.

Tiempo atrás iba a comentar algo al respecto en mi blog, pero no recuerdo por qué deseché la idea. Aunque si me lo permite usted se lo comentaré aquí brevemente. Se trataba de un mitin del PP que tuvo lugar en Palencia en el que se presentaba a los candidatos a la alcaldía en las nueve capitales de provincia; o eso creo ya que tal evento tuvo lugar en octubre más o menos. Pues ahí les tenía a todos, festejando lo bien que va nuestra Comunidad Autónoma y criticando lo poco que ha invertido el lamentable ZP, cuando realmente tanto unos como otros han hecho bien poco por esta tierra, así que estaban todos muy bien en silencio. Pero tampoco es cosa de quejarse en unos días, que para eso nos han quitado el impuesto de sucesiones. Pero dejemos a un lado los asuntos políticos pues, en lo que a los mismos se refiere y en relación con los discursos, ya nos resume usted el panorama perfectamente. El predominio del “panfletismo y la disciplina partidista sobre el pensamiento libre” Lo mismo de siempre.

“Al orador perfecto no lo hemos encontrado todavía”, tiene razón, pero siempre es agradable escuchar a alguien que, pese a no serlo, da a conocer con la mayor precisión posible sus opiniones, adecuando lo más posible las palabras a los pensamientos que desea transmitir. Y eso, unido a un tema interesante, yendo a lo concreto y siempre que no se termine divagando, sí que puede dar lugar a un buen discurso y a una experiencia interesante. En cuanto a lo último que dice tiene mucha razón, y de hecho no recuerdo qué filósofo, pensador, o personaje relevante fue quien dijo que a veces las conversaciones parecen más bien monólogos entre dos personas. Quizá sea porque necesitamos desahogarnos y hablar sin más, porque creemos llevar razón o porque no hay nadie que pueda entendernos realmente. Pero lo cierto es que muchas veces eso es así.

Un cordial saludo, y espero pasarme pronto por El Politicastro, quizá mañana.

Congrats bro VICTRIX you got PERTAMAX...! hehehehe...
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