9000 millones de seres humanos en la Tierra


Dice un periódico gratuito -quién si no manejaría noticias tan sensacionalistas- que cuando lleguemos a los nueve mil millones de habitantes tendremos en la Tierra un serio problema de espacio, según el CSIC. Ya lo dijo un británico llamado Malthus en el siglo XVIII. Los alimentos crecen aritméticamente, la población geométricamente. Y se le olvido decir que la estupidez también lo hace geométricamente. Pero ya los siglos han tratado de completar ese valiosísimo detalle. Para colmo de males, dice la hojilla infecta que la superpoblación agravará el conocidísimo problema del cambio climático. Conque ya sabe usted, ya puede pensar en ir haciendo las maletas y acudir inmediatamente a una de las tropecientas inmobiliarias de que dispone el cosmos. Búsquese una agradable parcelita en la luna donde pueda escaparse cuando la Tierra diga basta, con una casita de campo rústica, preferiblemente con sótano y dos plantas y un garaje donde pueda guardar su Rolls Royce para irse de paseo los domingos por la tarde. Eso sí, que la tele no falte y los periodistas nos lo cuenten. Nada que ver con las migraciones africanas.

Debemos estar asistiendo a una de las decadencias morales más grandes de la humanidad en toda su historia. En otros tiempos ya hubo ese amor obsesivo a la materia sin que se tradujera en este insufrible alarmismo y ganas de amargar a los hombres su tránsito final. No pongo en duda que cada cual deba ser responsable de lo que hace y de cómo trata la naturaleza, pero de ahí a ir caminando por la tierra con los pies de plomo, por miedo a chafar una inocente hormiguita, hay grandísimo trecho. En este siglo posmoderno se cacarea hasta la náusea la cursilería del desarrollo sostenible, ignorando el carácter pasajero de las glorias humanas y escandalizándose hasta de la más mínima modificación de la naturaleza. Si hay algo que separa al hombre de los animales, además del cerebro -y éste en algunos es meramente un objeto ornamental- es esa capacidad para servirse de la naturaleza, manipularla, transformarla y hacer de ella una creación útil que satisfaga o al menos intente satisfacer las infinitas necesidades humanas. En eso el hombre se parece a Dios. Sin embargo, parece que algunos empiezan a arrepentirse de haber nacido, o prefieren detener el nacimiento natural, no sea que acabemos tan apretaditos que tengamos que emigrar masivamente a otro planeta cercano.


De los alimentos se han dicho muchas cosas, que el hombre logrará redistribuir las riquezas de la tierra y cada individuo tenga un pan que echarse a la boca. Y la otra postura, más progresista, insiste desde hace años en que los métodos anticonceptivos lograrán paliar el imparable crecimiento demográfico. La Iglesia, como es lógico, se opone a tan bárbara suerte de misericordia, y defiende que ya se encontrará la forma de solucionar el hambre, con paciencia y caridad. La solución malthusiana, esencialmente antiprogre, considera un mal necesario que haya guerras y las gentes se mueran de hambre en los países sin civilizar para mitigar el gran dilema de la superpoblación. Curiosamente, muchos de los que recogen este temor en la actualidad han preferido olvidarse de estos arreglos inhumanos y carniceros.

Como siempre, llega la postura del escéptico que no siente un desmedido afecto por la materia ni se preocupa en enfrentarse a las insidiosas manecillas del reloj. Si el motivo es perpetuar el ritmo del progreso y negar la evolución hacia la autodestrucción, hasta ridículo me suena que quieran ayudar a los países subdesarrollados unos señores que en Occidente representan a los más enriquecidos medios de opinión y promueven en todos los ámbitos sociales los principios del socialismo cursi y la inane palabra de la solidaridad. Ya basta de esgrimir el dolor humano contra el progreso, dirá el liberal, lo que hace falta es libertad y democracia; y ya basta de justificar el dolor humano por el progreso, aludirá el socialismo, lo que hace falta es menos progreso y darle más ayudas a las dictaduras. Y ambas ideologías insisten en que su método es el más adecuado para solucionar el problema de la superpoblación. La Iglesia, aunque remolona e intelectualmente débil, a veces paternalista, quizás enfatiza más el aspecto moral, el drama humano que constituye morirse de hambre. La respuesta que sigue ya la conocemos, que la Iglesia esto y lo otro, la misma que muchos daríamos al cinismo de la izquierda millonaria y reluciente. Afortunadamente, hay muchos cristianos de base que hablan menos y trabajan más. Lo otro, la libertad y la democracia, vendrán con el estómago lleno y la cabeza bien amueblada. Pocas dictaduras se sostienen con esa clase de súbditos.
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4 comentarios

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Persio
admin
20:39 ×

Vaya, así que Malthus se está poniendo otra vez de moda... Parece que volvemos al siglo XIX. Así, pasito a pasito y caminando hacia atrás, poco nos queda para llegar al buen salvaje.
Te he puesto un link en mi blog.
Saludos

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El Cerrajero
admin
00:12 ×

A Malthus se le olvidó el socorrido recurso del canibalismo xD

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Albiac
admin
00:52 ×

No es extraño que quien atormenta con tales apocalípticas afirmaciones tengan la desfachatez de anunciar año tras otro que el hambre crece en el mundo utilizando estadísticas de países; aunque en estadísticas de números de personas(pelás y mondás) la tendencia sea la contraria, por la influencia de India y China gracias a su apertura a la globalización(Xavier Sala i Martín).

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13:36 ×

Ay, Samuel, si sólo fueran los periodicuchos gratuitos los que se hacen eco de tales profecías y propagan el apocalipsis, otro gallo cantaría. Pero, entre el eterno retorno a Malthus y el cambio climático, hoy en su versión calentamiento (porque en el pasado tocaba glaciación), no nos dejan tranquilos en ningún medio. Siempre metiendo miedo e intentando someternos a sus pautas de conducta y exigencias ridículas. ¡Hasta "El Mundo", al cual considero un periódico decente, dedicaba su "Magazine" del pasado fin de semana a hacer un esperpéntico monográfico ecologista con las portadas de la destrucción progresiva del planeta...

Un saludo

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