Santo, enamorado y triste

El pobre se llama Pío Méndez, santurrón dicen las malas lenguas, y las viejas marujonas, que tienen fama de tener muy buena memoria, dicen en sus comadreos que tié el cielo ganao. En clase no habla, no insulta, no muerde, no hace mal a nadie. Su madre dice que es un sol, su padre ignora qué clase de hijo tiene, pero lo alaba por aquello de llevar su apellido y le da ánimos diciendo que algún día será un gran hombre. No tiene muchas amistades, pero siempre hay muchos mastuerzos que murmuran cerca de él para que pueda oírles. No faltan tampoco las niñas insolentes que se ríen a sus espaldas, quizás porque están demasiado aburridas para reírse de sí mismas o tienen complejo de inferioridad. Pero él es güeno, dice la gente honrada, y con eso le basta. En la iglesia es un pedazo de pan, un niño bueno que no osa mirar al cura frente a frente porque lo considera un síntoma de rebeldía. Él siempre con la cabeza gacha, rezando su avemaría y sonriendo a los chistes verdes de sus compañeros. Viste muy a lo pijo, porque nadie le había dicho que estaba bien violar las viejas costumbres.

Es delgaducho, pálido, de ojos saltones, con el pelo ensortijado y una nariz que rezuma mucosidad filosófica. Pero él cada mañana, antes de ir al colegio, se mira en su espejo redondo y pasa un cuarto de hora admirándose, interpretando graciosas posturas, él pensaba que eróticas, pero nadie lo hubiera adivinado. Estaba orgulloso de sí mismo, de sus notas y de que sus padres y los profesores lo quisieran tanto. Amaba a una chica de su clase, una tal Laura, con la que soñaba cada noche a falta de poder conversar con ella en directo. Una vez se le cayó, no intencionadamente, un bolígrafo al suelo y ella se lo recogió. Pío se puso como una granada y creía que Laura lo quería. Desde entonces hablaban por cualquier tontería y Pío daba gracias a Dios porque había hecho que Laura lo quisiese. Luego, por la noche, después de hacer religiosamente sus deberes, pasaba un par de horas soñando con ella, imaginándosela en el patio del colegio, besando efusivamente sus labios y susurrando a su oído palabras afectuosas. Soñaba con una precisión excelente, peliculera, algo sentimentaloide, pero buenos ratos que pasaba Pío con su hermoso sueño en cinemascope.

Tenía un par de amigos de infancia, de esos que ya se han convertido en amigos cuando es demasiado tarde para remediarlo. Se llamaban Fermín y Francisco, los dos eran buenos pájaros, utilizaban las más complejas tretas para conseguir sus malvados propósitos. Aunque no pertenecían al sector gamberro de la clase, habían generado, pese a la amistad de Pío, una cierta dosis de cinismo y fragilidad intelectual. Pío contemplaba con lástima este embrutecimiento de sus costumbres y les exhortaba con su tierna mansedumbre «Tenéis que ser buenos». Y aquellos, que no tenían pajolera idea de qué significaba aquella perífrasis de obligación, iban a lo suyo y dejaban al santurrón de la clase con sus «paranoias mentales». Él aceptaba aquella cruz como una prueba del cielo y rezaba a Dios por la noche para que aquella indiferencia desapareciera y que las almas impuras de aquel colegio público, dominado por profesores comunistas, escaparan de las garras del pecado.

A medida que pasaban los años, Fermín y Francisco eran cada vez más cínicos y mentirosillos, Laura más sensual y arrebatadora, y Pío más empollón y santurrón. No cesaba de rezar para que sus amigos «vieran la luz» y le acompañaran los domingos a la iglesia. También rezaba mucho por Laura, cuyo comportamiento en clase le disgustaba, aunque le pareciera tan apetecible en verano. Se imaginaba en sus noches de insomnio que la hermosa Laura se convertiría, empezaría a sacar buenas notas y a portarse bien en clase. Soñaba también con que, cuando tuviera veintidós o veintitrés años, pudiera una noche ir al despacho de su padre y presentarle a la futura madre de sus hijos. Imaginaba que Laura se trocaría en una mujer amable, buena y misericordiosa, del gusto de su padre, y que su conversión no llevaría muchos años. Creía que su belleza animal, su sensualidad salvaje, desaparecería sin que su cuerpo dejase de ser tan fascinante. Es más, para demostrarle a Dios que tenía una gran fe, en sus sueños de cinemascope fantaseaba que un buen día, después de darle un besito en la mejilla, empezaría hacerle preguntas sobre la Biblia y él se lo explicaría todo, contento, feliz, mientras ella asentía y su mente se iluminaba como por obra del Espíritu Santo. No había, pues, ningún problema. Él rezaría para que fuese así y Dios no tendría por qué molestarse en inventar una conversión de otro género.

Como bien habrá imaginado el lector, Pío era un muchacho tímido. Pero sin duda es mucho más tímido de lo que habrá imaginado. Tenía miedo de sentarse en cualquier sitio y su cuerpo se ponía a temblar delante de cualquier persona, incluso sus padres, cuando estos le hacían alguna de aquellas preguntas indiscretas que ponían de relieve sus sentimientos personales. Si iba por la calle, acompañado de sus padres, temía que en cualquier esquina apareciese un compañero de su clase y tuviera que saludar. Eludía los caminos habituales donde sabía que podían estar sus compañeros de clase, y conocía las calles menos transitadas donde nadie podía sorprenderle. Para él saludar era una costumbre feísima, insoportable, y cuando llegaba a cualquier parte, no decía ni hola. Si le saludaban, entonces sí saludaba. Parecía que hubiese que pagar una cuota para entresacar unas palabras de sus labios y, desde luego, resultaba un tímido demasiado caro. Hablaba mucho, eso sí, cuando la conversación trataba de asuntos académicos o le dejaban evangelizar a sus compañeros. Entonces sí hablaba, y con qué garra, con cuánta pasión misionera y qué maña se daba en menear los brazos a un lado y a otro, diciéndole a sus compañeros que el que no se convirtiese tendría que soportar las penas del infierno en el fuego eterno. Hablaba como quien se lo creía y sus compañeros le miraban embobados. Con Fermín y Francisco discutía, discutía mucho, y les trataba de hacer entrar en razón. Pero ellos ya lo conocían y aportaban argumentos estúpidos para rechazar sus pretensiones.

Pasó el tiempo, erosionando su inocencia infantil, a la que se aferraba con inmenso fervor. Las adversidades de la vida mutaron su fe en indiferencia, en angustia callada, en explosión de remordimientos. Ahora había un cierto fulgor en sus ojos que le daba un airecillo de rufián desengañado, lo convertían en un ogro, huraño, maligno, con una palabra amarga que caía de su boca y una mirada dispuesta a hacer daño a quien se le cruzase. Había perdido ilusiones, sueños, confianza y respeto. Ya no le agradaban las pijadas de las que sus compañeros se burlaban, pero tampoco se había convertido en uno de ellos. Cuando descubrió que esperaba y esperaba, pero Dios permanecía impasible, quedó inmerso en una impotencia sublime, conmovedora, no sabiendo a dónde tirar, si entregarse a la lujuria del mundo o seguir fingiendo que creía en un dorado porvenir para Laura y sus amigos. Aquello le irritaba, cada noche se encerraba en su cuarto, con la luz apagada, se ponía de rodillas y rezaba, rezaba con todas sus fuerzas, llorando, gimiendo, gritando, haciendo aspavientos y andando por toda la habitación, ora reprendiendo al Diablo, ora gritándole a Dios, con un sentimiento de decepción y tortura que emanaba desde el fondo de sus entrañas. Los ángeles observaban la escena petrificados. Había hecho temblar las paredes de su casa y muchas veces las había creído ver tambalearse. Pero poco le importaban los elementos a Pío, quería una respuesta del Cielo. Ahora ya no era un ingenuo botarate, sus ojos inyectados en sangre lo decían todo. Cada palabra en él era un rugido y renegaba de Dios con amargura e insatisfacción, no como los incrédulos, sino con absoluto conocimiento de causa. Luchaba con Dios, cuya existencia le constaba, pero no podía soportar su actitud impasible.

Pío creció, maduró, el tiempo robusteció su cuerpo; cada tarde amueblaba su mente leyendo libros de todas clases, sediento de sabiduría, buscando sentido en una humanidad mediocre que no le daba ninguna satisfacción. Sus amigos, entregados a la disipación y los placeres baratos, habían desaparecido y se había quedado solo. Solo, en su habitación, con una lámpara encendida y leyendo oportunamente el "San Manuel, bueno, mártir", de Miguel de Unamuno. Pero Pío no prestaba atención al libro, pensaba una y otra vez en Laura, su radiante figura, su sonrisa sensual y esos hombros bronceados que ostentaba ingenuamente, inconsciente de la potestad que ejercían sobre Pío. Estaba enamorado, y luchaba contra su enamoramiento. Aborrecía el amor, aborrecía la vida, hubiera podido besarla y apuñalarla al mismo tiempo, porque no encontraba diferencia entre el placer y el sufrimiento, y puesto que todo desembocaba en la nada, poco le importaba que le acusaran los hombres de violar las leyes. En tan poco valoraba su vida que ya ni siquiera se tomaba la molestia de arrodillarse para orar, y cuando la idea de Dios venía a su cabeza, la desechaba diciendo que ese Dios distante le había traicionado, le había engañado, le había destruido.

Los hombres dejaron de verle como "el santurrón". Empezaron a llamarle "el amargado". Pero él ya no les prestaba atención. Le satisfacía el desprecio de la gente, su pecho se hinchaba con orgullo, pensando que aquel cambio de mote sólo respondía a los desarreglos irracionales de la masa estúpida y mediocre. Fue a la universidad, allí también le observaron con desdén, al principio tuvo amigos, al poco tiempo le abandonaron, pero Pío seguía aferrado a su soledad, a la que no temía, porque había escuchado su voz y sentido sus caricias. La gente le desdeñaba al pasar, los grupillos de estudiantes, jóvenes y atractivas, reparaban en su fealdad, murmuraban de él, para que pudiera oírlas. Él les lanzaba una mirada sanguinaria, cancerígena, expresión inefable de su corazón desencajado, endurecido, falto de amor y falto de fe. Los jóvenes tampoco lo trataban mejor, preferían dejar que se sentara en un rincón, como un fantasma. Ignoraban su voz si hacía alguna pregunta, se sentían incómodos cuando estaban a su lado, aunque con el tiempo se acostumbraron a él como quien se acostumbra a un mueble viejo que cuesta llevar a otro sitio.

Pío Méndez estudió Filosofía y Letras, como no podía ser de otro modo, y fue un gran genio al que la humanidad nunca quiso hacer caso. Esperaban sus familiares que con el tiempo sonreiría y dejaría de actuar tan bruscamente contra todo el mundo. Pero no, permaneció impasible durante muchos años, conviviendo con su angustia, encerrado en su habitación, oyendo óperas wagnerianas, leyendo a Nietzsche, a Darwin, Baudelaire y convirtiéndose en un espécimen muy fácil de clasificar. No hablaba con nadie, y las veces que tropezaba con algún desconocido, que le preguntaba la hora o alguna otra cosa, le preguntaban: ¿Habla mi idioma? Pío había respondido a esa pregunta muchas veces, afirmativamente, pero luego en su casa se interrogaba sobre si verdaderamente hablaba el mismo idioma que aquellas gentes estúpidas y felices, aquellos bobos consumistas que bebían, comían, amaban y mataban sin la menor hilaridad, mecánicamente, como hombres normales. Empezó a sentirse especial y a salir a las calles sólo para que la gente lo viese caminar y se preguntase quién era aquel loco bohemio, de traje extravagante y mirada diabólica. Frecuentó las callejuelas oscuras, sin tropezar nunca con indeseables, pero sin sonreírle a nadie por la calle. Hacía tiempo que no lloraba, ni gemía, ni se arrodillaba, y una vez, cansado ya de tantas angustias y humillado por la suela opresora de los hombres, decidió hacerlo junto a un cubo de basura, donde la hediondez de su espíritu y el olor misérrimo de la escoria conjugaban maravillosamente. Clamó, levantó los ojos al cielo, se humilló y dejó escapar el monólogo del remordimiento. Dos lágrimas aparecieron en sus ojos. Sintió miedo. Se puso rígido, en la oscuridad de la noche. Un escalofrío recorrió su espalda. Oyó un ruido detrás de él. Sus ojos se movieron ligeramente hacia atrás, buscando ayuda.

Apareció allí una mujer esbelta, hermosa, joven, con una incipiente belleza de espíritu, pero que tenía los ojos cansados de tanto llorar. Se acercó tímidamente, y él lo advirtió; se dio la vuelta y la miró, con espanto. Nunca la había visto, pero pese a estar pobremente vestida, exhibía un cuerpo delicado, dulce, acostumbrado a las desgracias y muy fuerte; pero lo mejor de todo es que tenía contenido, pues una melodía cálida salía de dentro de ella e irradiaba una luz tenue que le hizo sonrojar, por primera vez, después de muchos años atrapado en la indiferencia y el sarcasmo. «Dios te bendiga». Esas fueron las palabras que sus labios, sus dulces y hermosos labios, pronunciaron a un desconocido. Se acercó a él, lo abrazó y él sintió que se le descongelaba el alma, que le daban un golpe en el estómago, que le clavaban un puñal puntiagudo y que su rostro estallaba en lágrimas de felicidad. Sintió un calor inefable y una no menor alegría, en aquel abrazo eterno y arrollador. Su alma se fundió con la de ella, compartieron por un instante la funesta huella de la vida y, pese a su tristeza de espíritu, se sintieron felices. Inundados de una paz sobrenatural, Pío emprendió la marcha con su alma gemela, a la que le parecía haber conocido toda la vida. Ella nunca le dijo su nombre, y él tampoco a ella; pero se conocían, siempre se habían conocido, desde antes de existir. Hablaban el lenguaje del alma y no precisaban de palabras para entenderse; habían probado la vida y no necesitaban representarla con huecas expresiones. El gemido era su lengua para la angustia, el abrazo para el amor, la risa para la pena y las lágrimas para la felicidad.

Se fueron a vivir juntos a un bosque perdido. Entonces Pío volvió a creer en Dios.
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