Los cuentos de Hoffmann

Costumbre decimonónica y elitista es esa de ir a la ópera, tanto que en esta pequeña ciudad de provincias sólo van modestos carcamales, adinerados cincuentones, solitarios periodistas y la comadrería más pintoresca y lugareña de la que se haya oído hablar. El ambiente es tremendamente afectado entre las columnas del Principal, y como siempre, brotan por doquier grupillos de bisones, chaquetones largos, algún que otro bastón e incluso algún sombrero, otrora símbolo de la elegancia y el aburguesamiento. La cola, no muy larga, pero sí desordenada, avanzaba lentamente y por todas partes se charlaba en pequeños comités de la representación que iban a presenciar: Les contes d' Hoffman, interpretada por unos checos, y con un despliegue de vestuario y unas voces admirables en comparación con las bufonadas de otras funciones que se han hecho.


La gente se agolpa en las mesas para coger sus folletos; las señoras del bisón hacen cola en el guardarropa, otra vez a esperar. Una vez dentro, las abuelongas y los amantes de la música se acomodan, sin dejar ni un momento de parlotear. Al principio, todo es un caos, un ir y venir de ayudantes, azafatas, acomodadoras, gente que va y viene, buscando su butaca. Espere, no, ese es mi asiento, se ha sentado usted en él. ¡Usted perdone, caballero!. Gracias, muchas gracias. Por favor, déjeme pasar. ¿Es ésta mi butaca, señorita? ¡Oh, no! Es aquella de allí abajo, sí, sí, ¿la ve? En la segunda fila, vaya por ese pasillo, o si no, mejor, sígame, agárrese bien a la barandilla. Por fin hay un poco de orden. El bullicio y el calor son insoportables. Apenas nos habíamos recuperado de la lluvia, -ese encantador diluvio universal-, estábamos sufriendo los calores de aquella sauna y el ensordecedor alboroto. Una vez recuperados, mientras los músicos afinan y yo me quito la bufanda y el abrigo, suena una pequeña advertencia diciendo que apaguemos los teléfonos móviles.


La obra de Offenbach es un verdadero canto a la irracionalidad del Amor y las múltiples formas en que se manifiesta. Hoffmann es un poeta romántico y borracho que ama a una cantante, Stella, que a la vez pretende un hombre casado de nombre Lindorf. En la taberna de Luther se junta Hoffmann con un tropel de caballeros y truhanes ávidos de escuchar sus aventurillas amorosas. Hasta que el poeta hace su entrada, allí todo es vanidad y disolución, se ofrecía culto a Baco y se cometían toda clase de tropelías. Luego que llega, lo convencen para que cuente los tormentos que lo aquejan, y cuenta a los parroquianos tres historias enmarcadas en tres pintorescos lugares. La primera transcurre en casa del físico Spalanzani, un viejo profesor en silla de ruedas, que ha creado una muñeca llamada Olympia, de la que su discípulo Hoffmann se ha enamorado perdidamente, sin saber que era muñeca. Frente a las advertencias y burlas de su amigo Nickclausse, Hoffmann le confiesa su amor tras un graciosísimo baile en que la muñeca Olympia canta y baila con voz aflautada y ridículos movimientos autómatas, al son del arpa que toca su amo Spalanzani, mientras de cuando en cuando le vuelve a dar cuerda. Para sorpresa y desesperación de Hoffmann, Coppelius, un inventor que ayudó a fabricar los ojos de Olimpya, llega al baile y destroza la muñeca, después de que su rival Spalanzani le traicionase dándole un cheque que tenía que cobrar de un banquero en bancarrota. Hoffmann se revuelca por los suelos, sin poder creer que se había prendado de un robot.


La segunda historia, que transcurre en una íntima Venecia, nos ofrece un agradable espectáculo con el Gran Canal de fondo. Encontramos en esta historia a un Hoffmann más comedido, menos ingenuo, en apariencia curado de amor por la burla de Olympia. Giuletta es una cortesana que atrae bajo sus faldas a multitud de hombres, pero que en un principio Hoffmann no quiere hacer caso. Entonces entra en escena Dampertutto, el espíritu del mal, el mismo barítono que en el prólogo representa a Lindorf y al judío Coppelius en el primer acto. El diabólico Dampertutto tenía en Giuletta su más fiel servidora, con ella había prendado al apuesto Schlemil, y quería ahora arrastrar a Hoffmann bajo sus garras. A Giuletta le ofrece un diamante como recompensa, a cambio de que consiga la "imagen" de Hoffmann. Éste cae inocentemente bajo sus encantos y la sensual Giuletta, sintiéndose adorada y con la ambición de conseguir el diamante, consigue extirpar de sus labios la rendición incondicional y la entrega de su "imagen". En su lecho de amores llega Schlemil con otros compañeros, y aparece también el diabólico Dampertutto, que le enseña un espejo, en el que Hoffmann se busca con desesperación, pero no aparece. A continuación se escenifica uno de los momentos más inolvidables de esta ópera, el famoso diálogo con Schlemil, con la genial barcarola de fondo, que tan bien recogió la película de Roberto Begnini, La vita è bella. Hoffmann mata a Schlemil, según los perversos propósitos de Dampertutto, pero Giuletta rechaza a Hoffmann, escapándose en una góndola con Pittichinaccio.



El tercer acto, fantasmagórico y divertidísimo, sucede en Munich. Esta vez el amor de Hoffmann es la joven Antonia, que heredó de su difunta madre una voz angélica para el canto, mas también una tuberculosis que, según le advierte su padre Crespel, se agrava con el canto. Una de las arias más divertidas del primer acto es cuando Franz, criado sordo de Crespel, intenta esforzarse en cantar y se lamenta de que no ha recibido el don de la voz, aunque repite con sentidísima lástima que lo que falla "c'est la méthode, c'est la méthode". Hoffmann había estado junto a Antonia, que cantaba en el clave, pero al ver que llegaba el padre Crespel tiene que esconderse. Un nuevo visitante aparece por la puerta, el doctor Miracle, otra vez el barítono Lucifer, bajo cuyo tratamiento murió la madre de Antonia. Éste atormentaba a Crespel pidiendo que le dejara diagnosticar los males de su hija, pero éste arrebujado en una silla se resiste a escuchar su voz e intenta que Franz lo eche de casa. Hoffmann lo escucha todo desde su escondite, y cuando vuelve a encontrarse solo con Antonia, intenta convencerla para que no cante. Pero en un aria tristísima que canta ésta, aparece de nuevo el doctor Miracle, que con sus artes mágicas hace volver a su madre de la muerte y le vaticina un futuro glorioso si sigue cantando, con el aplauso y la adoración del público. Aquí se resuelve una crucial lucha interior en que Antonia pugna entre su amor por Hoffmann y los consejos del fantasma de su madre, cuyo canto lúgubre se escucha entre bastidores, cuando el oscuro dr. Miracle alza los brazos en actitud solemne. Muere Antonia víctima de sus cantos, y cuando Crespel y Hoffmann la encuentran tendida, el padre de la joven acusa a Hoffmann de la muerte. El doctor Miracle es precisamente el que la asiste y declara su muerte.

En el epílogo sus amigos Nickclaus le advierte a Hoffmann de que Olimpya, Giuletta y Antonia, se encarnan en la bella Stella, que viene de cantar en el teatro donde se interpretaba Don Giovanni. Es la trinidad de unos amores diversos que enfurruñan a Hoffmann, pero que finalmente le obligan a olvidarse del sufrimiento, a encomendarse a la musa de la poesía y a caer borracho sobre la mesa, cuando todos se han ido. El apoteósico final, que a algunos podrá parecer decadente, pone de manifiesto que los delirios y sufrimientos del poeta le impiden obtener a la hermosa Stella, a la que Lindorf toma de la mano y con la que salen por la puerta de la taberna de Luthers. Entonces estalla un sonoro aplauso y algunos viejos verdes pierden la compostura, chillando un sentimental "¡Bravo, bravo!". Hoffmann ya ha despertado de su sueño báquico, y saluda al público cogido de la mano de Stella y los otros actores. El aplauso se prolonga hasta que cae el telón. Luego se encienden las luces. Y la gente comienza a levantarse.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
22:20 ×

lo que yo queria, gracias

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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