Un paseo sentimental por Segovia


De vuelta de Segovia, el cielo vuelve a mostrarse obstinadamente lánguido, soleado, en su desnudez macilenta. Dejo el frío para otras noches de ensueño en que, recostado sobre mi cama, abierta la ventana hacia la grandiosidad de la atmósfera sucia, cuento las horas por cada claxon impertinente en la calle de mi casa. Recuerdo aquel hermoso graznido castellano, aquellos pájaros salvajes retozando entre los pináculos de la catedral de Segovia, dando a la plaza Mayor un no sé qué fantasmagórico que hace sentir escalofríos. Por sus calles estrechas y recogidas vagué este fin de semana, festivo para los valencianos, quienes aprovecharon para huir del mundanal ruido, o sea, de la falla, la cabalgata y el petardo. Pudimos los alicantinos librarnos del histérico aquelarre, si bien nos lo reservan para la noche de San Juan, como es aquí costumbre, por el mes de junio.

En Segovia hacía frío, un frío invernal, meseteño, de esos que congelan la sangre y hacen al que lo sufre, o lo disfruta, un paseante dichoso. Fuimos por esos edificios menudos y antiguos, visitando los museos de rigor, el mesón de Cándido, la casa-museo de Antonio Machado, el magnífico Acueducto y el no menos grandioso Palacio de San Ildefonso. Difícil es viajar cuando se va a ver edificios, ya que en estos viajes por agencia suele brotar la fiebre del turista empedernido, zafio, andarín y comprador sin remedio. Por todas partes camina embobado, con los ojos en las alturas, tropezando con la gente, que le observa con aire divertido. Si lleváramos boina, seríamos aún más divertidos. Pero no, hay otras formas de expresar el provincianismo en la vida moderna. Por ejemplo, seguir fielmente como corderitos la voz del guía turístico, que nos lleva de la correíta, retozando alegre, y señalando a la derecha y a la izquierda, he aquí esto, he aquí aquello. Las miradas de todos le siguen, le obedecen y después de observar por unos valiosos instantes el edificio señalado, sonreimos pensando que ya hemos visto algo. Qué gran peso quita de nuestra conciencia.

Mi compañero de viaje, un viejo pariente, repite con frecuencia, con ese aire de buen turista: "¡Qué virguería!", o en un tono algo más grosero: "¡pa cagarte!". Y lo repite contento y viajero, inconsciente de su muletilla, o quizás orgulloso de ella. Pero él habla y camina, conociendo que tiene una misión, el compromiso moral de retenerlo todo en la vista y no olvidarse de nada. Tiene algo de escritor, aunque trabaja en una fábrica y siempre está hablando de retirarse y dedicarse a las letras en un pisito de Venecia. Cierto, todos hemos sido jóvenes alguna vez. Y algunos pecan de idealistas por placer, pero mi pariente sigue contento, discurriendo por esas callejuelas de granito. Todo se verá.

Venir a casa cargado de recuerdos y baratijas no es nada emocionante, y es por eso que vengo ligero, con las alforjas vacías, aunque con la mente relajada, llena de proyectos, desvaríos poéticos y demás locuras mentales que acuden a la vista de un paisaje gélido y terriblemente evocador. Por todas partes hay carteles que indican el camino a otros sitios agradables e igualmente fríos: Soria, Valladolid, Salamanca. Hay muchos. El mundo es un pañuelo, y la gente se encuentra en todas partes. Esta vez tengo que decir que el guía no fue tan desastroso como el de París, y aunque estuvimos poco tiempo, la agradable señora tuvo la picardía y el tacto suficiente para dar libertad al viajero sin dejar que nos perdiéramos nada. ¡Qué gran diferencia hay entre el libre albedrío y la esclavitud! Marcado por aquel insidioso paternalismo, no había imaginado que también hubiera buenos guías y buenos viajes. Sólo que uno preferiría tener su propio vehículo para viajar por su cuenta y no tener que depender de un grupillo de jubilados trotamundos, que ni siquiera hablan correctamente el valenciano. Cosas peores podrían pasar, pero tengo que confesar que sigo renegando de los viajes de agencia.


A estas horas muertas, regresa uno a casa y encuentra todo patas arriba. La gente se acuerda de uno cuando desaparece. Y el pensamiento vuelve a la rutina perezosa de levantarse cada día y evitar variar las costumbres de un día para otro. Aunque mi cabeza no es de las que reposan tranquilas, y constantemente digiere ideas descabelladas, imagina conversaciones fortuitas, se prepara éste o aquel día, en una agenda invisible, siempre parloteando por compromiso con algún compañero más hablador que reflexivo. En estos viajes descubre uno que no se viven las cosas igual desde dentro que desde fuera, pero, como es facultad estrictamente humana sentirse incómodo ante el silencio, no cabe sino hablar, romper el hielo, decir cuatro obviedades, esperando que prospere la conversación. Si prospera, quizás se saca una amistad valiosa, y si no, queda en el recinto del alma ese recuerdo amargo de un esfuerzo frustrado. Con todo, disfruta uno más hablando por placer que cuando el protocolo cerebral impone un comportamiento indeseado. Pero es que mi mente es de las que les gusta que las dejen tranquilas. Hombre de pocas palabras, me llamó un viejo amigo de la familia, pero de muchos pensamientos, añadiría yo, porque veo mucho más placer en esto -y en las conversaciones enriquecedoras- que en el eterno y vulgar comadreo, monólogo futbolístico-político, el flirteo cínico y superficial o el diálogo cerebral entre dos personas que ni se conocen ni aspiran a hacerlo nunca.

Se establece en los viajes una cierta armonía con el escenario, mucho más que con ese rebaño obsesionado con la forma, carente de enjundia, que sólo piensa en disfrutar cada segundo, porque cada segundo es oro. ¡Y qué importará estar triste un segundo! La tristeza es un deporte muy caro, el más caro de todos. Pero la psicología popular, de tiznes exóticos, declara solemnemente que hay que eliminar toda la energía negativa de nuestra mente. Cuántas cosas no se habrán perdido quienes se obstinan en una felicidad postiza y cursi. Sufrir un poco es una agradable catarsis, no para el momento presente, obviamente, pero engrosa un bagaje de experiencia y gloria que la risa vacua y la felicidad no podrían llenar en un millón de años. También el viaje es el sitio donde no se consiente a nadie estar triste, porque existe la creencia de que la tristeza es algo malo, sin fruto, y las gentes suelen tenerle pánico. La melancolía, preciosa palabra, es a lo que las gentes suelen tenerle miedo. A la felicidad de estar tristes, como la define Victor Hugo. Pero es acompañante forzoso de los viajes. Al menos para mí. Al menos viajando por España.
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2 comentarios

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Anónimo
admin
00:45 ×

Hola! en realidad leí los otros artículos también, pero me gustaría comentar en éste ya que me gustó el tema y cómo lo fuiste hilando hasta el final.
Me encanta tu vocabulario, los temas son de interés general, algunos llevados a lo personal, hay una mezcla de todo tipo de información.
Una leve crítica sería la de que a veces uno debe abrirse al pensamiento de los demás. Es cierto que uno en la vida debe ser crítico, pero la forma de ver el mundo debe ser dinámica y no estática.
Ete comentario es desde mi punto de vista.
Eso era todo, muchas gracias...

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19:10 ×

Habiendo descubierto su blog en una visita al Espantapájaros, sólo unas letras para comentarle que me ha sorprendido gratamente.
En un principio, lo que me atrajo fue el título que, en un principio entendí como un homenaje a Ernesto Giménez Caballero, el inolvidable y genial "Gecé".
Más tarde me dí cuenta de que no iban por ahí los tiros, pero leí este artículo y me gustó. Se agradece encontrar gente que sepa escribir en estos pagos.
Imagino que, si siente la tentación de visitar mi blog, no le gustará demasiado. Quizá lo encuentre demasiado estridente. No obstante, si aún así le dedica un vistazo, me gustaría saber su opinión sobre uno de mis artículos antiguos titulado "Servicio Público (relato futurista)". No su valoración política , que esa me malicio que no será muy halagüeña, sino su evaluación literaria. Ya sé que es mucho pedir, por lo que no me ofenderé en absoluto si rechaza mi petición.

Un saludo.

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