El periodismo, nuestra idea del mundo y nuestra forma de escribir

A los estudiantes de periodismo, esa ciencia joven tan criticada, odiada, defendida y cacareada, les gusta el periodismo porque les gusta escribir. O mejor diríamos que les gusta escribir porque les gusta el periodismo, porque como es sabido de todos, hasta nuestros apegos más íntimos nos vienen impuestos por la madre ciencia y la sutil combinación de las fuerzas sociales. Por eso no hay periodista que no maldiga su profesión cada mañana frente al espejo. Corre también el rumor de que ésta es la profesión más antimatrimonial de la sociedad, y no porque seamos gente laica y avanzada, sino por la sencilla razón de que a los diablillos de este oficio no nos queda tiempo para la vida conyugal. Una lástima, pero apartar el mito de la realidad corresponde a esta nueva remesa de estudiantes al borde de la histeria, felices y campantes, botellonescos, ingenuos, de ideas abiertas e indumentaria exótica y tribal.

Decíamos que a los estudiantes de periodismo les gusta escribir. Muchos van con su portátil por la vida, por si la musa los persigue y en algún momento tienen que molestarse en hilvanar unos parrafitos graciosos sobre algún tema de actualidad. No son muy buenos, aunque ponen la vida por sus artículos y se entusiasman adjetivando y tildando a diestro y siniestro, como si su labor fuera la de gobernar el país con sus dictámenes prestados de otros líderes mediáticos. A simple vista, los profesores han observado nuestro palmario sesgo ideológico, la incipiente llama de una fogosidad que nos embriaga, llevándonos de la crítica mendaz a la indignación y de la virtud de relatar los hechos a disfrazarlos al gusto de nuestra pluma caprichosa. No sin razón deben tener los lectores mucho cuidado, incluso con un servidor, pues esa pujante libertad de la comunicación de masas ha traído ya muchos descontentos entre la gente de la calle. Los lectores ya no compran tantos periódicos y se dejan llevar por el vareliano frenesí de la Era Digital.

La teoría no es nueva, ya rondaba por aquellos primeros años del siglo XX, donde la masa borreguil e indefinida respondía maquinalmente al estímulo del comunicador, merced al simplismo de las teorías conductistas. Un caso paradigmático, que quedará para la posteridad, es esa magnífica retransmisión de La guerra de los mundos por Orson Welles. No obstante, con el andar de los años, funcionalistas como Harold Laswell empezaron a destacar que la tarea de dirigir a las multitudes no es tan sencilla como afirmaba la Psicología de entonces. Después del éxito mediático de las dos guerras mundiales, el concepto de “manipulación” fue cambiándose por el de “influencia” para referirse a la comunicación de masas y empezó a resaltarse la responsabilidad educativa y moral de los mass media para la extensión de los valores democráticos y occidentales. Pero ese aspecto pedagógico de la comunicación de masas, paradójicamente, no ha calado tan hondo en la izquierda moderna, ya que la Escuela de Frankfurt consideraba la ciencia de la comunicación un instrumento en manos de la clase dominante para defender el capitalismo. Y hasta hoy encontramos en mucha gente esa aprensión hacia los medios, de manera que se los ha llegado a identificar como “el cuarto poder”, un poder no elegido por los ciudadanos, pero que en la praxis trasciende al sistema democrático y a los partidos políticos. Los magnates y dignatarios no son más que marionetas en manos de los grandes grupos mediáticos, y a estos sólo los mueven intereses económicos.

Es inquietante que, después de conocer las diferentes posturas, me ha parecido que muchos estudiantes de mi facultad se hayan inclinado tan fervorosamente hacia las teorías conductistas. Buena cosecha hemos recogido. Y lo tronchante ya es que los propios medios de izquierdas, que fomentan la sedición intelectual contra el orden y la cordura, sean precisamente esos cabecillas que esgrimen a las personas contra el liberalismo. Duro trabajo es meter una palabra aunque sea de canto, extraviarse de la norma consagrada, rebelarse contra la ortodoxia del anticapitalismo. Para el estudiante las leyes salvajes de la oferta y la demanda son algo parecido a la sangre que circula por nuestro cuerpo, el motor de los egoísmos, las injusticias, los abusos de poder y la intolerancia narcisista. Para un estudiante de mi ufana generación el vil metal es la materia prima con la que se forjaron las instituciones más antiguas y la razón por la que se sustenta el mundo presente. Las ideas son algo secundario, una mera fórmula de comunicación, la máscara de nuestro materialismo galopante. Por eso suena tan mal, a veces, lo que algunos escriben, casi tan mal como cuando un político juega a ser filósofo. Demasiada prosa. Demasiada belleza plástica. No hay metafísica, no hay lágrimas, ni valentía para escribir lo que se siente, o inntentar sentir lo que se escribe. Es algo mediano, insípido.
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