La contracultura también es capitalista

Dicen los sociólogos que uno de las circunstancias observables en una sociedad compleja y avanzada es que hay una enorme heterogeneización. Y enseguida se alude al pretérito concepto de alienación para referirse a la inadaptabilidad de los individuos a la vida social. Se barajan muchas causas, y casi todas le echan la culpa al sistema, con que no es extraño que muchos vean con buenos ojos, a las diversas tribus urbanas o contraculturas que aglutinan a unos hombres carentes de identidad. Entre esos grupos, que van desde los agresivos Latin Kings a los entusiastas de ciertas tendencias musicales, observamos que hay una unidad manifiesta, un alto grado de integración y un prurito de ser diferentes al resto que a veces raya lo grotesco.

Y digo esto porque, en ese esfuerzo por desligarse del sistema y crear una cultura alternativa, sin apenas percibirlo, crean un sistema que recoge valores de la sociedad que reprueban. La moda tantas veces criticada, esa especie de fuerza impersonal que conduce a las masas como a un obediente rebaño de ovejas, se idolatra hasta el punto de que no pueden evitar la obediencia a determinados patrones de vestimenta o gustos musicales, estableciendo un gregarismo alternativo. Lo natural en estos casos es que el antisistema defienda sus inclinaciones, advirtiendo de que esa corriente a la que se siente sujeto es la que desea encarnar. No obstante, no deja de ser una moda, una variante o reutilización de una moda pasada, pero moda al fin. Y la sociedad cambia sus hábitos conforme al ritmo con que varía eso que comienza siendo una distinción y pasa a convertirse en norma. Esta sociología de la moda ya fue analizada en su momento por Simmel, pero no podemos imaginarnos hasta qué punto nos afecta.

En un principio, comienzan siendo unos pocos los que adquieren ciertas peculiaridades, rompen con la etiqueta y el decoro, ostentan una moral más desprendida y denuestan al estatismo burgués haciendo gala de que son diferentes. Ello puede resultar divertido, pero el único argumento es la diferencia. Que no lo identifiquen a uno con la masa supone un poderoso motivo por el que rechazar la moralidad vigente. El miedo al gregarismo provoca esa aparente diversidad de tendencias. Pero esa posición revolucionaria no se queda ahí, y trata de extenderse, muchas veces esgrimida desde la esfera política, hasta que la sociedad la interioriza en tanto en cuanto haya calado en las conciencias de la gente. Entonces, quien antes formaba parte de lo convencional, ahora es el revolucionario. Aunque visto desde la otra óptica, es el contrarrevolucionario, el retrógrado, el reaccionario. Pero quien antes era el revolucionario, insiste en su papel de revolucionario. Ataca el propio sistema que le sustenta.

En el contexto español que vivimos, se observa una tendencia sociopolítica a patrocinar, al menos moralmente, los movimientos antisistema. Es propio de los neomarxistas ver en esos movimientos antigregarios, antisociales, a veces violentos, una tribu intelectual de la que se sienten orgullosos. Marcuse veía, por ejemplo, en el movimiento hippy, esa fuerza revolucionaria que transformaría la sociedad desde sus cimientos e impediría el regreso a los valores de la burguesía capitalista. No es extraño, pues, que muchos políticos dibujen una sonrisa de comprensión, casi de complicidad, con el movimiento okupa o la llamada cultura del botellón, que tanto diverge con el conservadurismo cristiano. Y es tal la influencia de esta corriente social antisistema, como otras tantas que siguen diciendo ir contra el sistema, que encuentran mayor cabida y aceptación en el mismo.

No hay más que ver la diferencia que el español posmoderno establece cuando trata con un joven heavy a cuando tiene que congeniar con un cristiano católico, que rechaza la eutanasia, considera el aborto un asesinato o simplemente va a misa los domingos por la mañana en vez de dormir la mona. Si el primero puede encontrar al principio cierto rechazo, por su excentricidad o indumentaria, el segundo sólo encontrará un palpable desprecio, o al menos, indiferencia, por parte de la cultura reinante. Porque es mucho más susceptible de encajar en el actual sistema de valores un rupturista que un inalterable conservador. Pero lo más destacable es que se prolongará en el tiempo, pues si bien lo nuevo tiene cada vez más aceptación, lo que se antoja viejo hoy seguirá pareciendo viejo mañana.

Ante el pensamiento de que el Cristianismo debería modernizarse, cabría plantearse muchísimas preguntas. Pero no es esa la cuestión que quería tratar. Sólo quería destacar el carácter transitorio de las tendencias, y cómo unas quedan relegadas a un segundo plano, como justificación de que las nuevas corrientes siguen siendo rupturistas, mientras que otras se eternizan bajo la apariencia de novedosas. A los rupturistas les irritaría demasiado no romper. Que les quitaran el monopolio de lo moderno, lo progresista, les haría perder legitimidad. Pero no nos equivoquemos, los rupturistas no podrían vivir sin normas que romper, y si después de romperlas todas, ya sólo quedasen ellos, se ensañarían con los cadáveres de las normas que ellos mismos han destruido. Cualquier cosa antes que admitir que el cambio por el cambio no es bueno de por sí, salga o no conforme a sus designios.
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3 comentarios

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El Cerrajero
admin
01:26 ×

Muy didáctico, una vez más.

Un saludo.

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VICTRIX
admin
14:20 ×

Amigo Samuel, estoy de acuerdo con el cerrajero. Es muy interesante y didáctico lo que nos comenta, especialmente cuando dice que esos grupos establecen un gregarismo alternativo, un hecho que muchas veces los propios componentes del grupo ignoran porque no quieres reconocerlo. Puede que se rijan por unos valores en parte diferentes a los de la mayoría, pero normalmente quienes componen la mayoría son más diferentes entre sí de lo que lo son quienes la rechazan. Es decir, como usted bien explica, llegan hasta el punto de ser auténticas fotocopias los unos de los otros en cuanto a gustos musicales, vestimentas, ideologías o discursos se refiere. Yo no puedo imaginar semejante grado de afinidad con mis mejores amigos, con quienes algunas veces difiero en determinados aspectos.

La tendencia sociopolítica a patrocinar estos movimientos de la que también nos habla usted yo la relaciono con un sentimiento de “culpabilidad” que tiene parte de la izquierda al defender por una parte el discurso revolucionario y antisistema y sin embargo comportarse como auténticos pequeños burgueses. Por eso vemos cómo en ocasiones algunos dirigentes de la izquierda que viven instalados en el lujo, por y para el sistema muestran públicamente su apoyo a estos grupos, como está sucediendo últimamente con los “okupas”.

También comparto completamente su opinión cuando dice que esos movimientos acaban por influir a cierta parte de la sociedad de modo que el convencional termina por convertirse en el revolucionario. Pero al fin y al cabo tanto los convencionales como quienes simpatizan con estos grupos llevan un estilo de vida semejante con la única diferencia de que los primeros actúan conforme a sus principios y los segundos no siempre. Es más, yo diría que actúan más conforme a sus principios quienes forman parte de esos grupos que quienes les apoyan instalados cómodamente en el sistema. Lo que es evidente es una cosa: Hay ciertos valores y derechos que son inherentes a la condición humana como son la búsqueda del propio beneficio y el gusto por la propiedad. Sólo que algunos lo reconocemos y otros lo ponen en duda pero contribuyen con sus actos a confirmar esa tendencia. Es su problema.

Por cierto, sería muy instructivo que tratase alguna vez sobre el cristianismo ya que es un tema que me parece interesante y del que usted tiene unos amplios conocimientos, al menos por lo que ha demostrado en sus comentarios cuando alguna vez ha salido el tema en algún blog.

Saludos cordiales.

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Samuel
admin
00:11 ×

Querido Victrix, celebro verle por aquí de nuevo. Con respecto a su recomendación, llevo pensándolo varias semanas y no me decido. Pero espero hacerlo un día de estos. Hay muchas cuestiones sobre religión que se podrían tratar. Como por ejemplo, las diferencias entre protestantismo y catolicismo, o incluso las diferentes posturas que hay dentro del protestantismo. Como usted sabrá, la libre interpretación de los textos bíblicos genera multitud de controversias, cosa que en el catolicismo no ocurre, porque hay un dogma y sólo los doctores de la Iglesia, como reza el dicho, pueden interpretar las Sagradas Escrituras correctamente. He ahí la libertad y la ley enfrentadas, con sus múltiples daños colaterañes. Es un tema interesante que podría tratar algún día de estos. Muchas gracias por sus comentarios, es cierto que hay una doblez apreciable en la izquierda. Esa tolerancia a veces no incluye tomar posturas drásticas. En realidad, y mirándolo desde un punto de vista religioso, muchos políticos sólo son antisistema por tradición, dogma y costumbre, no por convicción. Pagar el precio de ser antisistema es algo que no va con quienes tienen una familia que alimentar y un estómago hondo en que caben innúmeros manjares.

Un saludo.

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