Marta y María, una novela de Armando Palacio Valdés

Hoy, día del libro, día de San Jorge, día en que los catalanes regalan una rosa y un libro, día en que el superficial Antonio Gamoneda acude a recibir el Premio Cervantes de manos del rey, y como quien dice, para quitarnos el mal humor, voy a recomendar una obra de 1883. La novela que tengo que recomendar no es que sea orgullo y gloria de las letras españolas, pues ni a su autor se le ha recordado mucho ni ésta es de sus obras más conocidas. La novela se llama Marta y María y el novelista fue aquel grandísimo amigo de Clarín, y además académico de la Lengua, Armando Palacio Valdés. Fue un escritor prolífico que empezó profesando actitudes liberales y después de una crisis espiritual fue evolucionado hacia el conservadurismo. Publicó también algunos ensayos y escribió en prestigiosas publicaciones de entonces como Revista europea o El Cronista. Aunque quiso ser candidato al Premio Nobel, no llegó a tiempo su candidatura.

Fiel a la costumbre de aquella época, Palacio Valdés critica en el personaje de María las extravagancias de las mujeres burguesas que en, su afán de imitar a las santas y místicas, “exageradas por sus biógrafos, llegaban a cometer toda clase de desvaríos impropios de su condición. El autor ya nos advierte en el prólogo que en sus intenciones no entraba ridiculizar a las santas mujeres que optaron por los rigores de la penitencia y la caridad renunciando a los placeres terrenales. Tampoco debía verse como una crítica acerada hacia la religión católica, aunque era inevitable que se tomase como tal en aquellos años de la Restauración monárquica en que los liberales y los conservadores chocaban en tantas áreas. El gran novelista invoca la buena voluntad de Cervantes al retratar para siempre las hazañas que se cuentan en los libros de caballerías, sin por ello negar la calidad y las enseñanzas de Amadís o el rey Arturo. En definitiva, que no debía interpretarse como una somera novela ideológica, espetada contra la sensibilidad de los católicos, sino como una sana crítica y al mismo tiempo entretenida obra de ficción.

Pues bien, dicho esto, la novela se encuadra en Nieva, Asturias, donde reside una familia burguesa, los señores de Elorza. María es la hija mayor, prometida con el joven marqués de Peñalta, Ricardo. Marta es la hermana menor, uno de los personajes más enigmáticos, que encarna una belleza pueril y una simpatía mucho más afables con Ricardo que los adustos modales de María. La hija mayor de los Elorza, profundamente entregada a la lectura de los místicos y a la vida contemplativa, rechazaba los continuos requiebros de Ricardo que veía ya cómo las estrafalaria religiosidad de su amada acabarían por arrebatársela. Esa devoción por cumplir cada prescripción de la iglesia la llevarán a flagelar su bello cuerpo y a mezclarse de lleno en una conspiración carlista contra el gobierno liberal.


La acción que relata es un magnífico retrato de costumbres en que se aprecia con claridad en qué consistía la vida de una familia acomodada decimonónica. En un ambiente campestre, débilmente sacudido por la brisa marítima y acariciado por la luz del sol, el tiempo parece detenerse en tertulias de sobremesa y excursiones. Se alterna la charla frívola de adineradas señoritas casquivanas con el monólogo sentimental de Ricardo atraído por la belleza inconquistable de María y la sencillez y la juventud de Marta. Tal vez, si hilamos muy fino, hallemos aquí un paralelismo con las hermanas de Lázaro, Marta y María, siendo María la que se quedaba a los pies de Jesús y su hermana la que se afanaba pese a que Cristo la invitara al descanso. Aunque no me gusta sacarle moralejas a las novelas, se podría decir de ésta que algunas prácticas religiosas en la mujer pueden llevar a veces a hacer infelices a los hombres, entristecer a la familia y hacer alarde de una candidez que sólo conduce a procedimientos grotescos y desenlaces desafortunados.

Esta obra, a diferencia del Tristán o el pesimismo, también de Palacio Valdés, posee escenas mucho más emotivas, rayando a veces un sentimentalismo difícil de digerir. Sin embargo, no niego que algunos episodios son impresionantes y algunas descripciones muy dignas de leerse. Los diálogos entre Ricardo y María no dejan de robarnos una sonrisa, al tratarse cuestiones, hoy tan relajadas, que entonces se consideraban aberrantes. Con todo, aun en aquellos tiempos la desmedida afición a la vida religiosa levantaba la crítica de algunos hombres a quienes disgustaban los excesos en cualquier materia. Sin ir más lejos, el señor de Elorza, en su condición de liberal convencido, miraba con desdén aquella obsesión de su hija por el culto católico, y Ricardo no podía dejar de sentirse anonadado ante la imperecedera fe de su prometida.

En definitiva, Marta y María es una obra situada en una España mucho más pintoresca que la nuestra. No podrá evitar quien la lea imaginarse por un momento esos agrestes parajes ligeramente salpicados por el sol y a los vecinos de Nieva murmurando en los portales las bondades y misericordias de María. A día de hoy es una sensación que, como no sea embarcándose en la ficción, ya es muy difícil de encontrar, incluso para los que somos de provincias. Para algo están las novelas, digo yo. O como diría el refrán, a falta de pan, buenas son tortas.
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3 comentarios

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La vasta riqueza de lenguaje y las grandes y originales historias que atesoran las novelas españolas del siglo XIX (y de principios del XX) chocan de lleno con la vulgaridad literaria que se ha instalado en el presente, empezando, ya que lo cita, con el inefable Gamoneda, poeta de cabecera de Zapatero y hombre de encrespadas cejas. Es por ello que me alegra mucho ver restacado un libro como el que aquí reseña.

Siempre aprecio una buena novela, y más, como usted comprenderá, si es de mi querido siglo XIX, período de la Restauración. Conocía al autor pero, desgraciadamente, no he leído la obra. En este caso, no es sólo tiempo lo que me falta, sino que, generalmente, son títulos difíciles de encontrar (con Cánovas la tarea es casi imposible), pues se salen de la lista de otros autores de la época más conocidos, como, sin ir más lejos, Clarín. Pero su reseña ha despertado mi interés y, Dios mediante, procuraré que no se me escape novela tan prometedora.

Un saludo

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12:56 ×

El siglo XIX no figura entre mis favoritos (siempre lo asociaré con la decadencia, el liberalismo masónico y afrancesado, el conservadurismo caciquil, la corrupción de los gobiernos isabelinos, la pérdida de las colonias, etc...).
No obstante, reconozco que en el terreno literario, es el siglo de las novelas monumentales como la que glosa el artículo.
Estas novelas decimonónicas tienen el encanto y la solemnidad un poco cursi de las buenas casas burguesas de provincias. Son aquellas viejas novelas de la biblioteca familiar a las que gusta visitar de vez en cuando, como a aquella tía abuela solterona que todavía recuerda visitas dominicales de corsé y abanico.
Siempre creí que desde Ramón Gómez de la Serna, Ernesto Giménez Caballero o Rafael García Serrano la literatura española había dejado atrás esta forma de narrar historias igual que un coche deportivo supera a un viejo pero elegante tílburi. Sin embargo, viendo mucho de lo que vino después, entiendo que haya que regresar a esas lecturas antes que soportar la mediocridad imperante, reconocida, premiada y subvencionada por los sumos sacerdotes de la progresía y el pensamiento único.

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Samuel
admin
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