Albarracín, un pueblo viejo y tranquilo

Pasan las horas, una tras otra, con cínica periodicidad. Estoy sentado aquí, en mi cama, ajeno a todo el mundo, y sabiendo que todo el mundo es ajeno a mí. Formo parte de uno de esos ridículos debates en que ignorantes e ignorados intentan hablar sobre lo que no entienden o conocen a medias. Valiente vida. Ya no hablo ridículamente con seres inanimados que desde la prisión de sus pantallas luminosas me tientan a inmiscuirme en sus mediocres razonamientos. En vano se enreda una mente caprichosa en ponerse a hacer y a deshacer en campo ajeno. Allá cada cual con sus ideas, y las directrices de su voluntad.

Reflexiono sobre los que tienen apariencia de aportar agudos argumentos, y no veo más que grandes escultores de palabras. Con todo, no logran que desee cambiar por una hora de conversación animada un instante respirando aire puro en el peñón de una montaña perdida. Intenté hace algunos días escaparme del vicio de la realidad. Huí adonde el tiempo no transcurre, donde anochece en la montaña cuando menos te lo esperas y escuchas a lo lejos el rumor de los tambores de la procesión de domingo de ramos. Sentado durante unos instantes interminables, miré hacia abajo. Parece que las casitas arremolinadas de Albarracín van a convertirse en una roca compacta y oscura. De ella, sin embargo, brotan los sonidos inveterados del pueblo que yace a mis pies. Abajo se oyen ora los ladridos de un perro, ora el lejano motor de un automóvil, ora el incesante ruido de las gentes que aun quedan por sus calles. De nuestras bocas no deja de salir vapor, el frío arrecia y nuestros ojos observan embelesados la quietud nocturna. La paz es atronadora. Nadie quiere irse de aquí.

Allí estuvimos, con los acordes de una guitarra de fondo, embelesados en ese minuto de contemplación gloriosa. Teníamos que bajar. Yo no quería irme. Allá arriba no se sentían los males, ni se respiraba porquería, ni se oía el fragor estridente de un comentarista de fútbol. Allí no había nadie, pero estaba todo. El pensamiento humano se desperezaba sin barreras, sin techos. Sólo el cielo cobijaba nuestras cabezas, y de vez en cuando un águila rasgaba su azul con su gallardo vuelo. Revoloteaba unos instantes hasta que se sumergía en lo oscuro.

Fue uno de esos momentos en que el hombre deja de ser lo que es. Se convierte en el eterno admirador que siempre ha sido. Las palabras ya carecen de valor. Las cigüeñas que se paran a veces en sus nidos a contemplar el paisaje parecen inconscientes de lo que ven. Pero el hombre no puede menos que avergonzarse, avergonzarse del incesante ruido de sus ciudades, pues aun los pueblos vistos desde el aire exhuman el sonido infernal de la vida. Cómo deben de verse las ciudades desde el cielo, asentadas en la tierra, cada una por separado, con sus propios gritos, su propia podredumbre, su propia anarquía. Se nos antoja imaginar una columna de humo que se alza parsimoniosa hasta formar una nebulosa de maldades, cobijando la ciudad toda.

Pero ya estoy lejos de ver las cosas desde arriba. Ahora soy uno de esos diminutos seres a los que un ermitaño cualquiera puede estar observando en este momento. Uno de esos sujetos de la ciudad que pernoctan dentro de una casa ajeno a la visión gloriosa del todo. Si le sobreviene desde alguna desgracia, ha de verse venir desde aquellas montañas oscuras, a mil cien metros de altura. ¿Desde dónde si no se va a ver mejor? ¿No está Dios en los montes? Lejos de sentir delirios de grandeza, cuando un hombre sube y contempla, alberga el enorme deseo de humillarse, besar la tierra húmeda y entonar una canción. Pero aquí no hay sitio para avergonzarse, ni tiempo para respirar. La vida urbana no es para tiempos de paz.
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4 comentarios

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01:26 ×

Leyendo tu hermoso artículo no he podido evitar asociarlo a la frase final del Discurso de Fundación de la Falange, aquel 29 de Octubre de 1933 en que se alzó una bandera que unos pocos seguimos sosteniendo. Aunque seguro que la conoces,no me resisto a la tentación de transcribirla porque creo que define como pocas la esencia de un estilo:
"Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas. Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas."

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07:02 ×

http://lachusmaeditorial.blogspot.com/









¡¡¡¡¡Literatura barata para las masas!!!!!

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15:05 ×

Un artículo en verdad hermoso, sí. Me han entrado ganas de escaparme a la montaña y abandonar el mundanal ruido de la ciudad. Pero ya nadie hace esas locuras, sólo se pueden disfrutar en pequeñas dosis.

Por cierto, ¿sabe usted qué es eso de la Chusma Editorial?

Un saludo

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Samuel
admin
15:46 ×

En pequeñas dosis, sí, como las aspirinas, pero le aseguro que son locuras muy saludables.

De la chusma poco puedo decirle. Uno se sorprende que llegue a colarse entre sus papelotes esta clase de spam literario. Qué cosas se inventan.

Un saludo.

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