Santa faz: peregrinos practicantes, pero no creyentes

Cuando llega el día de Santa Faz, miles de peregrinos se apelotonan en la N-340 sin que nadie se pregunte qué poderoso motivo empuja a las masas a la calle un día determinado del calendario. Es cosa de la tradición, se justifican, invocando la sagrada excusa para poder echar una canita al aire. La mayoría no poseen fervorosos sentimientos religiosos o los guardan para lucirlos en hilarantes picnics populares. Hay por ahí muchos creyentes, sin embargo, con su sombrero de paja y su caña de romero, que van a pagarle sus votos al viejo lienzo con la imagen de Jesús y a prometer el oro y el moro si les toca la lotería o se cura un bienamado pariente. Pero lo más divertido es que la gente, que parece ir pisando huevos durante los ocho kilómetros de romería, no se agolpe luego por ver el objeto por el que se convoca la fiesta.

Ahora yo podría recordar el manido argumento que se emplea en Semana Santa de que, en el fondo, la mayoría de los españoles, hasta los más progres y ateos, son cristianos. Porque no hay que negar que España posee una cultura férreamente religiosa. En mi condición de protestante, obviamente, con todo el respeto que me merecen las festividades católicas, me atrevería a cuestionar que se pueda ser cristiano una o dos veces al año, o que esta superstición idolátrica demuestre de alguna manera el apego religioso de las multitudes. A mi juicio no obedecen más que al llano amor por la juerga campestre, si acaso a la ilusión de hacer una misma cosa todos los años y de camino aparentar ante los patriarcas bienpensantes que se tiene algo de fe. Seamos serios, por Dios; la religión en España está de capa caída, y aunque puede alegarse que los de más edad mantienen todavía sus convicciones, habría que ver en qué condiciones las mantienen y si las tienen siquiera los más jóvenes.

Creer que la fe es una herencia familiar y la tradición puede sustentar la fe de los hombres me parece peligrosamente simplista. A estas alturas, pocas víctimas de la mala educación española deben de pensar que los milagros de la Reliquia, si es que los conocen, son algo más que leyendas. Todo se puede cuestionar, pero si la virtud tiene sólo que basarse en unos prodigios sucedidos hace quinientos años, evidentemente los individuos preferirán buscar otros modelos de vida más sólidos. Aun así, si alguien se siente tentado por la poesía y la pureza del cristianismo, como le pasaba a Chateaubriand, hallaría quizás cierto refugio en la melancolía y el placer elitista de ir contracorriente. De ningún modo, a mi juicio, llegaría a tener una genuina fe en Dios cimentada en la propia experiencia.

Podríamos preguntarle a muchos jóvenes españoles si tienen convicciones religiosas y muchos responderán que son católicos no practicantes, otros tantos agnósticos y una minoría se confesará creyente. Esta manía occidental de pretender ser lo que no se practica parece haber convertido la religión en una herencia marchita de nuestros antepasados, una reliquia que en sí misma no vale nada, pero la conservamos por ser nuestra y por ser antigua. Muchos piensan que las ruinas del cristianismo merecen conservarse, aunque sólo sea para no dar lugar a nuevas doctrinas que intenten arreglar el mundo. Y Dios sabe que no nos hacen falta más.

Pero a pesar de esa urgente necesidad, parece una burla ingeniosa que la gente haya convertido una peregrinación religiosa en una peregrinación profana. Poca distancia hay de una cosa a la otra si se hace a la ligera. Lo mismo que cuando se cree ciegamente el dogma sin dar lugar a la experiencia propia del individuo. Eso es algo que da mucho que pensar para la caminata, pero que quizás no se les pasa a muchos por la cabeza. Están en otra cosa.

P.D.: por razones de estética, mi otra publicación de carácter político -El Politicastro- ha mudado su nombre y dirección a El ojo derecho. Perdóneme, lector. Pero... ¡tuve que hacerlo!
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