Remembranzas callejeras

Es por esta época en que, despejándose uno de la siesta, tradición intocable para todos los gobiernos y tendencias políticas, salgo a la calle a ver qué se cuece. Porque en nuestras callecillas de provincias se cuecen las cosas, no acontecen, merced a un benigno sol que nos recompensa con su aburrimiento y un triste mediterráneo atado a nuestras orillas. En el edificio de enfrente, repleto de balcones y ventanas indiscretas, chocan los potentes brillos de Febo mientras las histéricas golondrinas echan sus carreras por el aire como chiquillas juguetonas.

Aparezco oníricamente en la calle, en las calles que yo frecuento y de las que el lector ya me ha oído hablar otras veces. En la avenida de Federico Soto, frente a El Corte Inglés, corazón y nervio de la cultura alicantina, se expone la feria del libro antiguo, como todos los años por estos abriles. Hay un greñudo vagabundo apostado en la esquina tocando su acordeón, mientras le gente se pasea indiferente por los puestos de libros, observando, manoseando, preguntando al dependiente incluso y gastándose unas monedillas en llevarse a casa una encuadernación de principios del siglo veinte. La mayoría pasan de largo, sin embargo. Parece que Dios los haya puesto ahí sólo para hacer ambiente literario a los que de verdad sienten algo cuando ven tantos libros en el mismo espacio.

Pero no es eso lo que hay que ver en la calle, amigo lector. Las costumbres y las historias se repiten, los libreros vienen todos los años al mismo sitio y hasta podría recordar sus caras. ¡Qué caras tienen! ¡Y qué caros son sus libros! Mas eso no viene al caso, porque pocas cosas quedan de las que un azotacalles forzoso pueda sorprenderse. En cada esquina, en cada fachada, sin embargo, podría situar infinidad de historias, circunstancias que me han pasado y después de un tiempo recuerdo. Frente aquel kiosko tuve una conversación con una amiga, allí en la puerta de Mercadona, donde se ponían aquellos alemanes con sus perros a pedir limosna, es donde un grupillo de aún inmaduros estudiantes nos poníamos a debatir sobre asuntos metafísicos esgrimiendo nuestra prosa y argumentos infantiles. ¡Qué gloriosos años aquellos! ¡Aquéllas sí que eran calles! Pero el tiempo ha ido estampando su sello en cada portería, ha recorrido la ciudad de palmo a palmo y ha mitificado sus historias. Hay comercios que han cerrado, hay dependientes que han dejado el negocio a sus hijos y los niños que salen de la escuela no son aquellos que veíamos desfilar pegaditos a la escalera. ¡Todo ha cambiado! Pero yo todavía existo y sufro la crueldad de tener que contemplarlo.

Lejos de mi jovial y callejera Alicante, me desplazo a una ciudad extranjera llena de obras y palmeras, esas obras eternas que nunca se acaban aunque parecen acelerarse en vísperas de elecciones y esas decrépitas palmeras larguiruchas que no dejan de rascar el cielo con sus ramas. Un puente serio para un riachuelo ridículo, parques sin agua, carreteras interminables y el ojo del sol contemplándolo todo. También el tiempo debe de haber pasado para esta ciudad, que barrunto en los noventa tendría más vida y sus gentes conservarían una sonrisa para el transeúnte que, febril de aburrimiento, camina despacio por sus calles. Debió de tener también muchas historias y anécdotas en las esquinas, los bancos de los parquecillos y los pasos de cebra. Hay muchas firmas y garabatos en las paredes, que revelan que por esos mundos ilicitanos, en algún tiempo, hace remotos siglos, hubo vida.

Si nos adentramos en la universidad, aunque fea y alternándose descampados con bosques de palmeras, notará nuestro paladar ese sabor cosmopolita de los grupillos tumbados al sol en el césped o tocando los bongos o bien bailando alguna que otra pieza exótica. Las estudiantes de erasmus se pasean por las facultades haciendo honor de la belleza de su tierra luciendo torneados hombros o desenfadados escotes tan sólo defendidos por la típica carpeta negra llena de pegatinas. La vida allí parece transcurrir acompasada y tranquila entre cuatro puntos de referencia: la facultad, la biblioteca, la cafetería y la estación del tren. Cada cierto tiempo, una manifestación para recordarnos que estamos en la universidad y ya de vuelta a casa, después de haber probado el airecillo internacional de estos centros de placer y recatada ignorancia, una discusión política que termine de acabar con mi paciencia.

Después de esta escapada a mis obligaciones, sin tan siquiera haberme movido de mi cama, vuelve uno a interrogarse sobre esos asuntos metafísicos que en la etapa colegial quedaron sin resolver. Me pregunto todavía si el contexto crea al individuo o el individuo al contexto. Por más que intente hacer una síntesis de estas dos impresionantes extrapolaciones, mi corazón sigue apegado al determinismo para librarse de sus remordimientos y mi mente a la creatividad del individuo para intentar superar sus fracasos. Ambas me dejan insatisfecho y he tenido empatía con ambas. Después de haber acabado un libro de Karl Popper la semana pasada, la confusión es aun mayor. Hasta que no pase el odioso calor no podré pensar con cordura.
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