Lo que piensa un estudiante de las leyes de educación en España

Uno de los grandes problemas que tiene España es el tropel de analfabetos funcionales, holgazanes militantes y demás traviesos hijos de la mala educación que hoy se cultiva en las escuelas. Yo entiendo que para el político cuarentón, que ya echa barriga y se deleita cada trimestre en firmar las notazas de sus pequeñuelos, matriculados en colegios privados del extranjero, la enseñanza no suponga un asunto grave. Pero sí lo es para las madres que envían a sus hijos al instituto como antes se los mandaba a la mili, con un beso en la mejilla y un par de sanos proverbios que seguramente el chico olvidará tan pronto como se encuentre a un inocente a quien fastidiar y un compinche que ría sus picardías.

Si hablo de esto es porque durante muchos años he sido alumno y he ido pasando de pupitre en pupitre, curso por curso, reconociendo compañeros de todo jaez, fijándome siempre en el semblante triste de algunos docentes o en la vulgar ligereza con que algunos interinos impartían las materias. Ahora que estoy en primero de carrera observo la desastrosa cosecha de la LOGSE y trato de imaginar cómo será la próxima. En una conversación de pasillo, hice una vaga referencia a la manifiesta puerilidad de las generaciones que vienen detrás y una compañera se burló con desconfianza. Su infundado rechazo sólo vino a confirmar la idea que ya me había formado del bastísimo producto logsista, que además de ignorante y juerguista, es incapaz de darse cuenta de la indigencia intelectual que padecemos. Mueren sin saberlo y rellenan su oquedad a base de frívolos y a su tiempo patéticas fiestas de jovenzuelos sin ningún espíritu ni sensibilidad por su autoformación.

La chabacanería supone tal atentado contra la decencia y el buen gusto que salta a la vista. Si no fuera porque aproveché mi tiempo huyendo de las majaderías de mis compañeros de secundaria, probablemente no me hallaría en condición de apreciar -o despreciar- el monstruoso fruto que ha traído la indulgencia. La panda de tunos que abarrotan las clases sólo demuestra la inutilidad de nuestro sistema educativo, o mejor dicho, la sorprendente destreza que ha demostrado para convertir a la juventud en una horda de delincuentes potenciales o por lo menos en una grave ofensa hacia los que se dejaron la piel con frustraciones y desvelos por sacar con honor su titulación.

Entre los que han logrado eludir la incitación a la holgazanería de nuestra fláccida legislación educativa, pueden verse muchos que lamentan haber caído en manos de la charlatanería de los logsistas. Una de las cosas que no soportaba es que hubiese que regatear con algunos profesores para que te dijeran algo más de lo que rezaba el vaguísimo texto del libro. Las fechas históricas, los nombres de personajes secundarios, los detalles biográficos o las intrigas de la política gubernamental son algunos de los datos interesantísimos que sacrificaban en virtud de ceñirse a un riguroso y antipático examen. Se insistía entonces en que lo importante no era conocer los hechos históricos de memoria, sino retener un par de conceptos amalgamados y difusos, algo que en la jerga eufemística de la LOGSE se daba en llamar “una idea general de la Historia”.

En los últimos meses del bachillerato, cuando se aprobó esa ley de remate llamada la LOE, ya sabía yo que la cosa iba a peor. La caterva indocta tuvo la estúpida ocurrencia de manifestarse dos veces, una favor y otra en contra, aprovechando la coyuntura del debate nacional; naturalmente, las dos huelgas eran ilegales y se hicieron desde el sofá de casa viendo Los Simpson. Luego empezó a circular la infecta mentira de que el PP quería imponer la religión católica en los colegios, algo que ni aun en el tardofranquismo tuvo mucha vigencia, porque mi padre que era protestante obtuvo permiso legal para salir de clase cuando se daba religión. Quisiera saber quién promovió esa falsedad, pero no cabe duda de que dio resultado, porque el centro de las discusiones en las clases ya no fue la LOE, sino si el partido de la oposición, al que nadie hacía ni hace puñetero caso, quería imponernos la religión. De vergüenza.

Pero esos años ya pasaron, y los que no se quedaron atrás, alcanzaron este paraíso llamado universidad donde la gente sale por la puerta de atrás y se bebe el café mientras el profesor larga un discurso aburridísimo sobre ni se sabe qué. La mayoría de nosotros tenemos que desechar de nuestras mentes la imagen de un profesor anciano y con barba, murmurando latinajos y deteniéndose a cada instante mientras localiza en su intrincado cerebro la palabra más idónea. Por el contrario nos encontramos con toda suerte de excesos: una profesora incapaz de forjar una oración coherente y otra que, como diría Santa Teresa, “se divierte mucho”, pues en cada epígrafe introduce cuarenta o cincuenta subordinadas, saltando de tema en tema con voz juguetona y melodiosa, mientras una sonrisa acompaña sus continuos estallidos de frenesí.

Muchos desengaños nos quedan todavía y muchas horas de biblioteca, comprobando en los libros si las pintorescas peroratas de algunos docentes se corresponden en algo con la realidad. Muchos libros que leer y argumentos que verificar, bajo la sombra de un mes de junio cada vez más próximo. Esta es la época en que se acumulan ideas y se descubren afinidades, en que se contempla por un momento el camino transitado y se fija uno en esos pobres diablos que cayeron víctimas de sí mismos y las fuerzas hostiles del sistema que pretendía ayudarnos. Nos están observando, quién sabe si con admiración o lástima. Espero que a algunos se les haya pasado ya la tontería. Todavía están a tiempo.
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4 comentarios

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Marta
admin
20:27 ×

Yo sinceramente creo que la educación es el verdadero opio del pueblo. Desde siempre. Manjar donde los haya para la estratosfera del poder: mentes en blanco, robots que votan, al fin y al cabo, crear ignorantes útiles.

Un abrazo, Samuel!

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Javi
admin
21:45 ×

Hola Samuel, aunque te leo desde hace mucho tiempo -la línea lógico-causal que me llevó a ti fue el blog de Urdaci, de Josephsplatz y el espantapájaros- no me había animado nunca a escribirte –tampoco a ellos-. Estoy de acuerdo contigo en todo lo que expones y, te lo dice uno que, hasta llegar a la universidad casi no tocó un libro, pero la fortuna quiso que conociese a gente estupenda, inteligente y culta en la universidad y, se me pegó un poco. Tuve profesores muy zoquetes, de beocia descarada, pero también los tuve muy buenos que me infundieron esta hambruna patológica de cultura que hoy me asola. Hoy -recién licenciado en derecho desde hace unos meses, con 24 añitos- me considero un devorador de libros -que me quitan un tiempo precioso y necesario para las duras oposiciones que, en mi tierra -León- es el futuro aguardado a los licenciados en derecho, a pesar de dejarme los codos y la lozana frescura con la que llegué a la institución universitaria-. También toco en un grupillo de verbenas por el verano –piano y acordeón- lo que me deja casi sin tiempo para los placeres de la lectura.
Nada más Samuel, sólo quería pasar a saludarme, felicitarte por el estupendo blog que tienes y darte mi modesta enhorabuena por lo fenomenal que escribes, es un verdadero placer leerte.
Un saludo.

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10:15 ×

Es la primera vez que entro en tu blog y lo primero que quiero hacer es felicitarte. Tu artículo sobre la educación en España me ha gustado mucho. Yo conozco una maestra que da clases a niños de siete años desde hace más de treinta. Me explicó asustada que el listón se ha bajado de tal manera que, salvo casos excepcionales, lo normal es que el nivel medio al llegar a la universidad no pase de mediocre.

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Samuel
admin
14:53 ×

Javi y Fernando, muy bienvenidos. Os agradezco cordialmente vuestra visita y os invito a que paseéis por mi humilde blog como si estuviérais en vuestra casa.

La tragedia de la educación en España es un asunto que me inquieta. Ahora veo que también a vosotros y que estamos dispuestos a remediarlo. De momento, darse cuenta es un gran paso y hacérselo entender a la persona que tienes al lado una tarea difícil, sino imposible.

Un cordial saludo.

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