A las Hogueras: mucho ruido y pocos fuegos artificiales

La ciudad entera bulle en fiestas. Vuelve ese ambiente semibélico de las tracas, los petardos silba boom, las mascletaes de mediodía y la banda de trotamúsicos uniformados marcando el paso con el fragor de sus tambores. Niños extremadamente peligrosos salen a las calles a cometer toda clase de tropelías que mientras dura la festividad se les permite hacer; colocan petardos en las papeleras, debajo de los bancos o en las tuberías, a cual travesura más ingeniosa y emocionante. La Policía detiene el tráfico, los autobuses cambian su recorrido, se instalan en las calles barraques i racós y unos gigantescos monumentos de cartón pintado se levantan ante nosotros denunciando mil injusticias, caricaturizando famosillos estrafalarios o defendiendo causas políticamente correctas. La crítica y el arte se dan la mano, los vecinos se echan a las calles, hay desfiles de foguerers en la avenida Alfonso el Sabio y por todas partes acompaña el pachanguero “A la llum de les fogueres...”. Las belleas y dames del foc lloran como magdalenas, mientras las llamas devoran las hogueras –nunca digáis fallas en Alicante, por vuestro bien– y el diario Información entrevista a la ganadora para demostrar una vez más que la inteligencia está reñida con la hermosura. El sentimentalismo azucarado de estas fiestas entretiene a las abuelongas provincianas, así como provoca la hilaridad de no pocos profesores e intelectuales, que se burlan cínicamente –y con razón– de la puerilidad popular.

No es mucho lo que hay que ver y oír, porque se repite todos los años. Incluso los festejos barraqueros siguen sin pasar del Bye, bye, de David Cibera, o el Corazón salvaje, de Marcela Morelo. Y la gente los sigue cantando y bailando, a voz en cuello a las dos de la mañana, como si el tiempo no transcurriese, a los ojos de diminutas estrellas que nuestros ojos no consiguen percibir. Prefiero dormir, en medio de la algarada general, o contemplar el digno espectáculo de los fuegos artificiales desde mi modesta ventana, aquí en un segundo piso de un próspero barrio apartado del centro urbano, situado entre dos estruendosas barracas. En el concurso de este año, nuestra hoguera –“Solsticio”, diseñada por Pere Baenas– ha vuelto a ganar el primer premio, ya por cuarto año consecutivo, pese al sabotaje de unos vándalos que la prendieron fuego de madrugada. La bellea ganadora de este año ha sido Blanca Ortiz Díaz, de 21 años, estudiante de Derecho y de Periodismo, pero no de la universidad pública, sino de la CEU de Elche.


Entre el día 19 y el 20, tiene lugar La plantà, que es cuando las fallas -¡perdón, las hogueras!- tienen que estar colocadas en su sitio. El transcurso de la fiesta es sencillo y metódico. La tradición se cumple a rajatabla. Por las mañanas, a las ocho, pasa la banda musical estrenando La despertà, y un hombre pasa detrás de los tamborileros poniendo tracas y matracas. Como seguramente el lector habrá adivinado, el propósito de emitir tanto escándalo es que nos despertemos. ¡Ilusos! La gente bota un instante sobre sus camas, esconde la cabeza bajo el almohadón y sigue durmiendo. A mediodía, sobre las dos, tiene lugar la mascletà de la plaza de Los Luceros, que es donde el Hércules C.F. celebra sus victorias futbolísticas, que son muy pocas. No dura mucho, pero la mascletà retumba en cada palmo de la ciudad, despertando las emociones de los alicantinos que aún no se han aburrido y los turistas que la escuchan por primera vez. De desfiles y cabalgatas, conozco lo justo, pero no es de los espectáculos más divertidos y carecen de interés para quien no le atraiga mucho admirar el vestido de novia alicantina u otros trajes regionales.

Los festejos acaban mañana, 24 de junio, con La Cremà, cuando a las doce de la noche del día de San Juan ardan las primeras hogueras, después de que prendan la mecha a la de la plaza del Ayuntamiento, bajo la atenta mirada del ya veterano alcalde del PP, Luis Díaz Alperi, ¡que no se va el tío! Y cómo no, por ahí estará también la perversa y ambiciosa Etelvina Andreu (PSOE), conspirando en la sombra. Cuando los monumentos estén en llamas, los niños alicantinos agotarán hasta el último petardo, los bomberos apagarán el fuego de las efigies chamuscadas y tendremos una noche mágica de estruendo, embriaguez, locura y leyenda. Al día siguiente, no habrá el menor signo en las calles de que se haya celebrado ninguna fiesta. Todo será pasto del fuego: se quemarán las barracas, arderán las hogueras al abrigo de la noche y las luces de colores –horror de la izquierda ante estos despilfarros capitalistas– se apagarán de pronto a las ocho de la mañana. El tráfico circulará normalmente, aunque mi autobús seguirá tardando una eternidad en llegar hasta RENFE. Suerte que las clases han concluido.


Ejem... Los fuegos artificiales seguirán una semana más, unas veces empezarán a las doce, otras a la una, y se habrá acabado todo. ¡Qué digo! En Alicante nunca se acaban las Hogueras, porque al poco tiempo de clausurarse la fiesta los artistas comienzan a diseñar su nueva creación mientras cada distrito fogueril prepara su candidatura para el año próximo. Más que una vieja tradición de casi ochenta lustros de antigüedad es ya una institución intocable que sobrevive al tiempo, al llanto de los niños y al fuego devorador y que da trabajo a más de quince mil personas, creando un beneficio para la hostelería y el comercio de más de 2,7 millones de euros. Es, lo que se dice, además de las lagrimitas, un gran negocio para nuestra ciudad.
Siguiente
« Anterior

1 comentarios:

Click here for comentarios
Anónimo
admin
12:56 ×

¿Tienes algún problema con Alicante o algo?

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
Responder
avatar