Más talante y menos Cervantes

Esta semana traemos sucesos nefastos que consagran la vocación del Gobierno de la nación en formar engendros tolerantes e iguales, sin parte ni suerte en la república de las letras, pero muy duchos en la religión de Mahoma. Puede el lector escuchar cómo se alborotan en sus tumbas, pugnando por que se les conceda voz y voto en este guirigay, Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas “Clarín”, Menéndez Pelayo y tantos otros que comprendían que la escasa educación en España era uno de los peores males de nuestra patria. Hoy, a más de un siglo distancia, los españoles han cambiado el atraso y la ignorancia por un analfabetismo funcional y cultural, cuyo más alto logro se resume en desterrar de las enseñanzas mínimas a Cervantes, Bécquer, Unamuno, la insidiosa Reconquista, el reino visigodo y qué sé yo qué más personajes e historias de las que el ciudadano talantudo y pacifista se cree capaz de prescindir. ¿Cabe mayor infamia a estas alturas de deseducación? Seguramente estos grandes hombres no saben lo que hicieron para merecer esto, y si el inmortal Cervantes no fue muy reconocido en su época, frente a escritores tan brillantes como Lope o Quevedo, y fue elevado luego a los altares como el autor de la obra más genial de la literatura española, le resultará inexplicable después de tantos honores que lo proscriban como si de un vulgar gacetillero se tratase.


Ciertamente, hablar de estas cuestiones es patético y da lugar a multitud de debates, que seguramente plumas más finas que la de un servidor podrán convertir en ejemplo y tragedia memorable para quienes vengan detrás de nosotros. Confío en que la disidencia acuda a refugiarse a los grandes genios de las letras, ora malditos por políticamente incorrectos, ora obviados por insignificantes e irrelevantes para el régimen monacal que impone nuestro sistema educativo. Se dijera que lo sabemos todo muy bien, que no nos hacen falta los versos de Rubén Darío o de Federico García Lorca, que España podría vivir sin ellos y continuaría siendo España. Pero no es sólo este sacrílego despecho hacia los más grandes lo que llama la atención, sino que predomine el mal gusto estético de individuos que, impotentes ante la superioridad intelectual de un prolífico historiador como César Vidal, se dediquen a hundir su último libro en un cubo de agua durante un programa de televisión, síntoma de la mala salud moral y literaria de nuestra época. No hay palabras para calificar este hecho vergonzoso y es además materia que debería herir en lo más hondo al liberal que siempre se pregunta a dónde van a parar sus impuestos.

Si en el pasado la Inquisición perseguía la literatura prohibida e indecente y la convertía en pasto de las llamas, hoy el agua, símbolo de la pureza y la catarsis, ejerce esa labor ingrata que los cerebros racionales le han otorgado. Ahogar un libro, sea de quien sea, es visible muestra de la mediocridad de algunos críticos, hombres incapaces y oportunistas, que buscan el aclamo del público con sus sofismas, sus blasfemias hediondas y su frescura en el trato de la literatura. Podrá gustar más o menos, de hecho, pienso que las obras del multifacético Vidal poseen un marcado carácter didáctico y un estilo que a veces puede llegar a cansar, pero de ahí a poner en solfa sus conocimientos, como si esos payasos de Qwerty le llegaran a la suela del zapato, sólo pone de manifiesto su suma incultura, su incompetencia y nulidad en el mundo literario.


Pero que se haga esto en nuestro país no ha de preocupar a la señora ministra. Cuando nuestros jóvenes salgan a recorrer el mundo y los extranjeros descubran su progrez, su sectaria tolerancia, su activismo troglodita, su antimilitarismo según quién haga la guerra, su laicismo islámico, su identidad imprecisa y sus ansias infinitas de paz y hermandad entre las civilizaciones, comprenderán por qué cuando se les pregunta quién escribió La gitanilla responden con una sonrisa que eso no pueden haberlo escrito en su país.
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