Tribulaciones en junio

Seguro que usted, alguna noche que no podía dormir, víctima del bochorno que padecemos en esta época del año, habrá empezado a dar vueltas por la cama, sin saber cómo ponerse. Más todavía, ahora, cuando los exámenes irrumpen en nuestras costumbres relajadas y nos impiden concentrarnos en la contemplación egocéntrica de nuestro indudable glorioso futuro académico. Nos corre mucha prisa y nos da por cometer toda suerte de disparates, como estudiar la víspera del examen o pasar la noche velando las armas, durmiendo en los bancos de la facultad para ser el primero en atravesar el umbral del aula cuando la conserje abra las puertas. Se pierde la compostura y el orden; algunas alumnas chillan como poseídas en el momento cumbre, los hombres más duros presumen de no haber estudiado algunos temas. Muchos no han podido dormir. Hasta se han olvidado de sus viejos diálogos con la almohada, esa afable compañera que consuela su soledad y escucha cada noche el relato de sus penurias.

No exagero; en mi clase hay tipos que se ha quedado a dormir allí, en un duro banco. Enseguida me ha venido a la mente el madrugón de las gentes calenturientas que en las rebajas de enero asaltan los estantes de los centros comerciales en un estallido de histeria. Sólo que estos lo hacen por aprenderse un temario, por una cuestión de honor universitario y por el placer juvenil de cometer una extravagancia. Es tan divertido y da luego tanto que contar, como si se tratara de la idea más estúpida, la más atrevida, la más desequilibrada de una serie de tribulaciones estudiantiles, que luego es preciso referir en forma de hazaña en la cafetería. Para eso son las cafeterías universitarias.

Después de atiborrarse de cafés, violando todos los métodos de técnicas de estudio, llegan a la clase con una hora de adelanto y empiezan a vomitar todo eso de lo que se han empapado durante días. Los pasillos comienzan a llenarse de gente y un inmenso bullicio destruye la paz de los madrugadores. Parecen caras nuevas, antiguas pero muy poco vistas, de lozanos chavales y garridas jovencitas que no han ido por clase en todo el curso; muchas sonrisas se ven, también lágrimas, bostezos y algunos arrebatos de desesperación.

Pasan la profesora y la conserje, las puertas se abren y la gente comienza a entrar y a ocupar sus asientos. La docente, en pie sobre la tarima, aborda un discurso de introducción, haciendo gala de su capacidad para destrozar el idioma y apurar la poca paciencia que nos queda. Nuestros bolígrafos aguardan impacientes y golpean débilmente la mesa en actitud de protesta. ¡Por fin reparten los exámenes! Y entonces, ah, entonces, llega el instante más emotivo, en que unos fruncen el ceño y otros sonríen satisfechos, hasta que el disparo de salida anuncia el inicio de la prueba y se establece el silencio absoluto. De repente, los cerebros se dan a la fuga. Aunque sus dueños tratan de cazarlos lo más pronto posible, sorteando los aires impenetrables de la sala, la mayoría consigue escapar. Sólo las cabezas bien amuebladas, en palabras de Iñaki Gabilondo, consiguen mantener la disciplina, mientras los bolis azules escriben a su dictado con asombroso temple.

Después de casi una hora de interminable mutismo, los primeros alumnos comienzan a entregar el examen, hasta que después de un rato la clase queda casi vacía. En los pasillos, se reanuda el bullicio, ahora distendido y divertidísimo; todo el mundo habla con todo el mundo y todo el mundo habla de una sola cosa. Se recuerda lo olvidado, se pregunta al colega cómo ha salido, se intuyen gustos y disgustos, se oyen aleluyas y maldiciones y una atmósfera de íntima complicidad nace entre quienes han padecido el suplicio. Poco a poco nos dispersamos, algunos pasan por la cafetería antes de ir a la estación y se toman una cerveza para reanimarse. Yo vuelvo caminando entre maltrechas palmeras, con aire pensativo, bajo el sol de junio que descarga impasible sus rayos sobre mi cabeza y barajando proyectos para el próximo verano. La cosa marcha.

Todo se ha terminado, bueno, todo no, el martes hay más y, si todo sigue como hasta ahora, quizás sobreviviré para escribir el próximo artículo. Que así sea.
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2 comentarios

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o s a k a
admin
21:51 ×

Minunciosa descripción. Me hago a la idea, vamos. Pero eso de dormir en la facultad, están locos? No tienen bastante durante el día?

Que todos los dioses se apiaden de ti mañana! Y a por todas. Cuidate, Samuel, que ya queda menos (y para los 19 también, :P).

Un abrazo,

Marta

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Samuel
admin
20:40 ×

Pues sí, están locos, pero locos de remate... Afortunadamente, no sé si por obra de los dioses, de mí mismo o de nuestra divina profesora, creo que la cosa ha ido bien. Mañana Dios dirá.

Saludos.

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