El absurdo negocio de la venta de best-sellers

Como todos los años, la asociación de libreros, gremio conflictivo donde los haya, hace su agosto en pleno mes de julio. Yo he sido uno de esos dependientes malhumorados que pasan calor en una caseta de madera aguardando a que el vulgo amante de los best-selleruchos me interpele para preguntar cualquier tontería, como el descuento de la feria o si tengo más novelas de tal o cual autor. Nada hay más desesperante que humillarse a vender los libros de los demás por un mal sueldo, pero es lo que trae la indigencia de los estudiantes sin tiempo y con muchas lecturas de cabecera. Encerrado entre tres paredes y un exiguo mostrador, siento lo que las fieras enjauladas en el zoológico, repitiendo el mismo paseo monótono, arriba y abajo, mientras la gente pasa y observa, con perversa curiosidad. «¡Eh, muchacho!», chilla una vieja compradora, y luego un par de viandantes distraídos me espetan «¿Tiene algo de Allende?», como si fuera algo extraordinario que la tuviéramos en bolsillo o cartoné.


A eso de las ocho de la tarde, cuando encendemos las luces, los subordinados nos convertimos en presa fácil para todos las moscas y mosquitos de la Explanada, que entran, pican y salen cuando quieren, sin preguntar precios, ni descuentos, como si fuesen los reyes del libro. Parapetados detrás de una hilera de libros (La clave Gaudí, entre ellos, lo mismo que si dijera El código Da Vinci, La ecuación Dante, El enigma Dante, El enigma Vivaldi, etc.) contemplamos cómo cae la noche frente a nosotros, allá fuera, en el ambiente festivo nocturnal, de guiris que van y vienen de la playa, catervas de jovenzuelos que se encuentran en el McDonald’s y parejas de todo género –y especie– cogiditos de la mano o de la cintura, luciendo elegantes y sencillos modelitos de verano las mujeres y los hombres camisas descamisadas y pantalones oscuros.

Aparecen viejas caras que no había tenido el disgusto de ver en muchos años. Les digo que estudio Periodismo, cosa que aprueban fervientemente, pero no sin advertirme para que me guarde de ciertos comunicadores que inyectan el veneno en la conciencia de ciudadanos indefensos. Echamos unas risas, respondo con aspavientos y evasivas, nos saludamos, seguimos riendo a carcajadas, hasta que se marchan y vuelve el rutinario «¡Eh! ¿Se cobra aquí?», y yo respondo, con fingida amabilidad «¡Enseguida!». Acabada la fórmula del sagrado intercambio, una cortesía dirime los posibles enfados que suscitó el durísimo proceso de compra. Repito una vez más, ya casi mecánicamente «Esto es la promoción de la heladería Antiu Xixona –le enseño un punto de lectura–; comprando un helado y presentando este vale, le dan el segundo». Entonces, los oídos de nuestro target, acostumbrados al frío contacto entre comprador y vendedor, preguntan nerviosos y a trompicones «A ver, ¿cómo? ¿me regalan qué?», o si no «¿Me regalan otro libro?», a lo que yo respondo, por centésima vez «¡No! Otro helado».

He tenido también la oportunidad de trabajar frente al público y descubrir perfiles pintorescos. La mayoría de los compradores tienen cara de haber leído muchos y malísimos libros. Hacen comentarios poco afortunados como «La sombra del viento está que te cagas», o «Si le dejaran, abriría campos de concentración», no refiriéndose a Lucía Etxebarría, sino a Vidal, o incluso De Prada, que ha escrito El séptimo velo y el desgraciado no ha vendido un ejemplar. Al menos en nuestra caseta. Sin duda, la gran triunfadora de este año ha sido Matilde Asensi, escritora alicantina, que el sábado estuvo firmando libros y prodigando simpatías. «¿Ha venido Matilde?», me preguntó una pareja de viejos, que hablaron mucho conmigo y no compraron nada, porque ellos habían venido a ver a Matilde... Cuando llegó el día, los clientes nos quitaron los libros de las manos. El origen perdido y Peregrinatio fueron los que más vendimos. ¿El gran fracaso? Jon Juaristi, cuya presencia fue tan fugaz que pocos lectores consiguieron su autógrafo y dedicatoria.
Sepa usted que en esta feria ni siquiera faltó una divertida persecución policial en la que algunos top manta huyeron despavoridos, atropellando a la gente y derribando en la huida aquellos mamotretos que tanto trabajo me había costado levantar. Fue la nota más interesante de una jornada tediosa, dominada por el inicuo interés de aumentar las ganancias y contribuir a la perpetuación del malvado sistema que da de comer a tantos y tantos libreros. A mí me hubiera gustado estar al otro lado del mostrador, manosear las obras y poner cara de «yo soy el que manda», para terminar llevándome un par de libros a casa. No lo hice, porque habíamos intercambiado los papeles. Pensé con malicia que yo también hacía preguntas incómodas adrede cuando era cliente para realzar mi condición de comprador. Sólo que yo no compraba entonces las bobadas que vendí ahora.
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2 comentarios

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o s a k a
admin
21:26 ×

Fantástico! Pero yo, sinceramente, me mmuero por estar "detrás de la barrera". ¿Te cambio el sitio, anda?


Marta

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Samuel
admin
18:52 ×

¿Por tu viaje a Irlanda? ¡Por supuesto! ¿Cuándo hacemos el trueque?

Un cordial saludo,

Samuel.

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