"Pablo, el judío de Tarso"

Aunque la obra no es la más reciente del historiador, quisiera reseñar aquí una que me parece de lo más interesante. César Vidal nos acerca a la vida de Pablo, una de las figuras más prominentes de la Iglesia primitiva y un paradigma incuestionable a lo largo de toda la Historia del cristianismo y, especialmente, del protestantismo. Saulo de Tarso, como era su nombre original, despuntó desde muy pronto como un vehemente fariseo y escrupuloso cumplidor de la ley mosaica. La amenaza herética que para los más acérrimos judíos significaba la identificación de Jesús como el Mesías Salvador lo condujo a perseguir a los seguidores del carpintero crucificado. Sin embargo, una voz que le habló en el camino de Damasco habría de cambiar radicalmente su vida. El autor nos acompaña a lo largo de esta apasionante metamorfosis que convertirá a Saulo en Pablo de Tarso, el apóstol que propagó la fe cristiana por casi todo el mundo conocido entonces, desde Antioquia de Siria hasta España.

En el ministerio de Pablo encontramos una vastísima obra evangelizadora, pastoral y epistolar. Los años que pasó como fiel creyente en la congregación de Damasco le reportaron una trayectoria fructífera y una amplia compresión de las Escrituras. Comenzó predicando la doctrina de Jesús en las sinagogas, una costumbre que no abandonó en sus viajes misioneros. Las continuas discusiones con los judíos orientaron su ministerio hacia los gentiles, tal como Dios le había encomendado desde el principio. Este hecho suscitaría no pocas discusiones en el seno de la Iglesia, si bien el apóstol Pedro, Santiago y los demás apóstoles compartían con él que la salvación no era sólo para los judíos. Surge aquí el fondo argumental de las cartas paulinas: la salvación por la fe. Aunque esta interpretación no es original de Pablo, sino que arranca con el propio mensaje de Jesús, el apóstol fue uno de sus principales promotores frente a algunos judeocristianos que consideraban que los gentiles debían cumplir los preceptos de la ley judía para ser salvos. Este sería uno de los ejes de discusión en el Concilio de Jerusalén y marcaría la confrontación del apóstol con Pedro, Bernabé y algunos otros fieles que, pensando lo mismo que él, disimulaban porque tenían miedo de “los de la circuncisión” (Gá. 2.12). Pablo explica en su epístola a los gálatas que “los que son de fe, estos son hijos de Abraham”, demostrando así que la fe en el sacrificio expiatorio de Jesús elimina definitivamente la barrera entre judíos y gentiles.

El autor recoge los viajes misioneros del apóstol de manera cronológica y acercándonos al contexto histórico, político y espiritual de cada ciudad que visitaba. La ciencia gnóstica de Colosas, la inmoralidad sexual de Corinto, el amor a la sabiduría de Atenas son algunos de los desafíos que tuvo que afrontar Pablo. Tanto en su primer viaje al lado de Bernabé, como en el segundo y el tercero junto a Silas, Lucas, Timoteo y otros colaboradores, el apóstol Pablo no vaciló en predicar el evangelio pese a la oposición de los judíos o el antisemitismo de muchos gentiles. Aunque no estuvo exento de peligros y encarcelamientos, apelar a su ciudadanía romana como hombre consciente de sus derechos le valió en más de una ocasión seguir libre para la causa del evangelio. No cabe duda de que la obra de Pablo de Tarso, en tantas ocasiones embarazosa, tuvo buen fin gracias a su paciencia, su esperanza y la fe en que Dios se glorificaba en sus debilidades (2 Co. 11.30).

Después de su viaje a Jerusalén, en el año 57 d. C., en el que fue arrestado y dio su testimonio ante los gobernantes y el pueblo judío, el ministerio de Pablo no llega ni mucho menos a su fin. Su apelación al César le permite asentarse en la ciudad Roma, desde donde continuaría su ministerio con cierta libertad, bajo la vigilancia de un soldado. Desde allí escribiría gran parte de las cartas que nos han llegado hasta hoy y que componen un bagaje doctrinal -pese a las muchas críticas y acusaciones que ha recibido- de inestimable valor teológico y belleza literaria, pero que además sigue la línea original del mensaje de Jesús de Nazaret.

Como indica el autor, su deseo de pasar a España llegó a hacerse realidad, y no sólo eso, sino que tendría la oportunidad de hacer otro viaje al Oriente. Pablo moriría decapitado durante la persecución en la época del emperador Nerón, por el año 64. d. C. No obstante, el apóstol fue uno de aquellos cristianos fieles que al final de sus días pudo escribir con certeza “he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Ti. 4.7), dejando que los hechos avalaran su labor. En contra de la creencia que prevalece, Pablo no falseó el mensaje de Jesús, sino que se limitó a propagar la fe cristiana de acuerdo con los patrones evangélicos. Sea como fuere, Pablo de Tarso fue un hombre entregado a Dios, lo que convierte su vida en un ejemplo muy digno de estudio.

P.D.: la Feria del Libro de Alicante estará expuesta durante esta semana. El próximo sábado ya les contaré mis impresiones.
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