Una siesta en una tarde de verano

Aquí en mi casa, en la paz insondable de la tarde, escucho el murmullo del ventilador. Se dijera que ha pasado el huracán y se ha restablecido la calma. Todo es silencio. Las puertas están cerradas. Algún familiar mío intenta dormir en su estrecho catre, en la quietud, abrazado a un cojín blanco y blando. Yo estoy callado, frente al ordenador, escuchando hasta el más mínimo murmullo. La ventana está abierta. Unos pájaros afables cantan con ánimo cansado en su coloquio del ocaso. De vez en cuando pasa alguna moto, algún camión, que interrumpe en lo mejor de la charla, y vuelven todos a empezar.

El sol penetra por mi ventana, atraviesa las cortinas blanquecinas e ilumina con su luz intensa y amarilla las sábanas de mi ajado lecho. En la mesita de noche, triste y abandonada, descansan un ejemplar de la Biblia; el Libro del Desasosiego, de Pessoa; y el voluminoso Guerra y paz, de Tolstoi. También hay una lámpara, un reloj y un móvil gris sin saldo. Bajo la cama, asoman unas zapatillas azules de toalla y una alfombrilla castaña y antigua. Frente a la cama un armario monstruoso. Luego hay una estantería y un escritorio, con un atril y un libro de historia, un montón de carpetas a un lado y un periódico en el otro extremo. Detrás de todo esto, como presidiéndolo todo, hay una silla giratoria color verde. En la silla estoy yo, girando...

Ya no tengo que soportar el coro de voces inoportunas. Tan sólo un perro viejo ladra en el callejón, solitario, sin que nadie le escuche. Al cabo de un rato vendrá su dueño a llevárselo. Pero ya no hay nadie aquí. Las gentes han huido. Duermen la cálida siesta del verano, disfrutan de la tradicional digestión recostados en el sofá, sin que les turbe la metafísica del mundo. Los cerebros, inútiles, aparcados, se han declarado en huelga. La luz generosa del sol arranca una gota de sudor de sus frentes y les invita a pasar los dedos por sus cabellos enredados. La televisión está encendida y hablando, pero ya nadie la escucha. Cada mueble se alza imperturbable en el sitio que siempre ha estado, sin visos de querer abandonar su posición natural. Se dijera que una música ultraterrena acompaña su mutismo y corona la colocación inalterable de las cosas visibles.

La tierra está desolada y vacía, como en los primeros tiempos de la creación. Yermos los campos, sin agua las botellas y sólo una imagen de playa concurrida y salvaje aparece en nuestra cabeza. Sopla una brisa acariciadora, y las gentes en chanclas y bañador van y vienen del mar grandioso, caminando por la arena. Las palmeras se mueven con el viento, las olas llegan una y otra vez a la orilla, mujeres esbeltas y maduras acompañan a sus niños a través del paseo largo, soleado y cosmopolita. Las heladerías abiertas, sufriendo un calor impetuoso, acogen a los grupillos de bañistas, jóvenes y divertidos, que gozan el solaz de sus vacaciones entre sonrisas, simpatías y rindiendo homenaje a la belleza. Juegan unos muchachos al volley playa, otros hacen castillos de arena o se acuestan en la arena bajo sus gafas de sol. En ese momento delicioso, la vista en el cielo, se detiene el tiempo, la tierra deja de rodar y los problemas se olvidan mientras leo una novela de Henry James.

¿Qué ha sido de las montañas de apuntes, de mis tardes encerrado en casa oyendo la radio mientras afuera llovía o de aquellas insoportables clases de “Análisis del entorno social”? Todo está ahí, no ha muerto. El impás del verano, más corto que nunca, concluirá en el silencio de una biblioteca, también bañada por el sol y con un simpático aire acondicionado, pero biblioteca al fin. Allí, sin turbias tardes de calor intenso, sin cielos desnudos ni brisas africanas, pasearé entre las páginas de una de esas obras que no conocen el tiempo y que transportan al lector, quienquiera que sea, a otros ambientes más exóticos o de más pintoresca presencia que el siglo en el que vivimos. Pintoresca es la palabra para describirlo todo. Todo pinta mucho y recrea cuadros de fantástica poesía. Espacio y tiempo se mezclan y se superponen bajo el pincel ilusorio, que reúne ilusión y realidad, el rojo y el amarillo, que traspone corazones y erosiona recuerdos, que trastoca épocas y hace aparecer por allí, en la Inglaterra victoriana, a un joven curioso en camiseta de tirantes y pantalones vaqueros.

Estoy en mi casa de provincias, mi única casa real, desenterrando viejos recuerdos para volverlos a enterrar, mirándome al espejo para apartar el rostro indignado. Mis dedos juguetean en cualquier mueble sólido, nerviosos, intentando hacer ruido ambiental y distraer mi mente reprochadora y altiva. Suplico el perdón de mi conciencia, que no me concede y sigo aporreando el suelo con los pies, en un estado no de impotencia, sino de estresante inactividad. Sabe el lector que nunca me gustó el verano, que me entristece, pero también que me gusta estar triste; de modo que se da una contradicción, que no puedo resolver. ¿Por qué la he de resolver? Cualquier cosa es mejor que dormir. ¡Así no tendré que despertarme! Y mejor todavía: veré cómo duerme la humanidad. El tiempo que dure el sueño... y la humanidad.
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