Francisco Umbral, genio del columnismo español y olvidado ensayista

Sobran las palabras a la muerte de Umbral, porque él conocía muchas y seguro que volvería de la muerte a explicarme cuál es la manera de ordenarlas. Quizás tanto despliegue de talento en los periódicos para inmortalizar su literatura -ya inmortal- y elogiar su semblante de excéntrico literato, acabe por provocarle una resurrección repentina y urgente. Dejemos al escritor que descanse de sus trabajos, de sus días y de sus placeres.

Es cierto que con la desaparición de Umbral muere un modo de hacer literatura que, en el temprano siglo veintiuno, no se puede rescatar. Sus columnas en la contraportada de El Mundo se habían convertido en una costumbre tan vulgar y elocuente como que saliera el sol por las mañanas. Era esa la parte que los que no leemos el periódico de principio a fin, ni lo hacemos todos los días, no nos queríamos perder. Umbral nos demostró que se podía hacer poesía de la prosa más nefasta de la realidad, de los trajes y los tangas, de los políticos y las circunstancias más indiscretas y menos curiosas. Los personajes de actualidad que vistos por la tele nos parecen tan chuscos y poco edificantes, en los chismes de Paco Umbral adquirían garra literaria. Limaba sus asperezas, o las destacaba, a cuál más aristocrática, mudó su existencia muerta y contextualizada por la representación de sus espíritus privados. Todos los nombres propios sacrificaban su vida insignificante en el altar de los perfiles literarios. A algunos les gustaba, y a otros no tanto.

Si dentro de veinte años cayese por fortuna en manos de alguien alguna columna de Umbral, no concebirá el pasado de forma tan mediocre, tan nauseabunda, como habitualmente lo concebimos quienes le culpamos de toda la ruindad posmoderna y la falta de gracia que los mortales hemos logrado. Quedará, sin embargo, entre sombras y silencios, cuando se pregunte si aquel Umbral que vio las primicias del nuevo siglo no era tan sólo una imaginación nuestra para exculpar lo degradante de nuestra época y nuestras letras, una pieza de museo que ensalzamos pero que no está a la usanza, un escritor llegado del nebuloso siglo XX a convertir la vida española en periodismo bello. A cuántos devenires sobrevivió para poder convertir en palabras los hechos precoces o retrotraídos, las novedades que casi siempre se antojan una barbaridad porque ocurrieron de prisa y mal. Su aspecto bohemio y modales exquisitos daban a nuestra era una gracia literaria inmerecida. Políticos, escritores y admiradores lo han despedido, y le han dado su último adiós como quien saluda de lejos a la elegancia y las ocurrencias de un lustro inalcanzable.


Umbral nos deja el testimonio de un hombre que sobrevive a las desgracias con la finura del aristócrata. Nos deja casi más de un centenar de libros de los que, aun ausente, querrá que hablemos. Nos deja un español y mujeriego que nunca quiso resarcirse de sus desmanes y aventurillas. Nos deja, en definitiva, una vida que merecía ser vivida, quizás sólo para traspasarla a los libros y que se cuente entre los grandes de España.

En el umbral de su muerte, en vano trató de dictarle a su esposa una última columna, en un gesto de misericordia y desdén por el mundo mortífero y entretenido que abandonaba. Lo único que pudo decir fue “romanticismo”, “clasicismo”, “las uvas doradas” y “punto”. Y con eso se definió a sí mismo, retrató su alma independiente exiliada en tiempos huidos. Lástima que no pudiera acabarla. Será la primera vez que el tiempo se le echara encima.
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2 comentarios

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Pikatoust
admin
22:37 ×

Samuel, me ha encantado tu artículo en honor de Umbral. Además, escribes realmente bien. Quién sabe si algún día tu escribirás esa contraportada y con un resultado que no tenga nada que envidiar al honorable Umbral.

Un saludo,

pikatoust

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12:41 ×

Samuel es ya un periodista con una prosa insuperable y grandes detalles en sus escritos, el tipo de gente que deberá sustituir a maestros como Umbral en el futuro. Lamenté mucho su muerte, porque iba a echar de menos su columna y su presencia, el saber que ahí estaba, nebuloso y con la bufanda, escribiendo a la antigua. Cuando murió Campmany, sentí lo mismo.

Un saludo

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