Los Simpson, la película

La serie que inventara Matt Groening en 1985, mientras esperaba a la puerta del despacho de su director, ha llegado a lo más alto. La familia más famosa de la tele se ha convertido en película, no sin una buena dosis de acción, sensacionalismo y devoción por las situaciones límite tan características del cine moderno. Y como era de esperar, todas esas almas elevadas que decimos no ver nada en la televisión excepto Los Simpson -y desde no mucho, Libertad Digital TV-, hemos hecho el esfuerzo de desplazarnos al cine para ver algo que podemos ver en la pantalla de casa.

Y sin embargo, no puedo decir que no haya merecido la pena. La película no es mejor que algunos episodios, dicho sea de paso, pero para lo que hay que ver en el cine y el grado ignominioso al que se ha visto reducido el humor irreverente, no puedo dejar de recomendaros que vayáis a ver los desmanes de la típica familia norteamericana. La historia empieza, como siempre, en Springfield, que va a verse sacudida por las endiabladas consecuencias de la contaminación y el vertido de basuras en el río. Sobre la ciudad se avecina una gran catástrofe que conmoverá a sus habitantes y de la que el abuelo Simpson, presa de una revelación divina que recibió en la Iglesia, profetiza en lenguas extrañas con unas palabras que sólo Marge Simpson tratará de recordar y relacionar con las señales del mundo real.

La historia, además de una crítica desenfadada a los pilares de la sociedad americana, retrata –unas veces a favor, otras en contra- ese fantástico espécimen mediático que últimamente ha dado en llamarse “cambio climático” y que el iluminado Al Gore ha exagerado hasta lo indecible con su reportaje pseudocientífico Una verdad incómoda. En esta deshonrosa labor, será Lisa la que se preste a advertir a los ciudadanos de Springfield del peligro que se acerca, y la Casa Blanca, presidida por un Schwarzenegger medio estúpido, la que adopte una de sus singulares y desorbitadas resoluciones que acabará sumiendo en la anarquía a la sociedad de Springfield, y a la que sólo Homer J. Simpson, después de un millar de torpezas y luchas internas, podrá salvar de la destrucción.

Lo que siempre me ha gustado de la serie es que, pese a su sátira salida de madre y sus descaradas hipérboles, contiene ese humor legítimo del único que tiene derecho a reírse de los americanos: un americano. Y no es casualidad que sean la autocrítica y la autoburla los principios que sustentan la idea, porque la propia cadena Fox no tiene miramientos en reírse muchas veces de sí misma y de la competencia por boca de los personajes que tantos beneficios le han dado. No hay héroe ni institución que esté a salvo de la crítica mordaz de Los Simpson, ni extranjero ni antiamericano que supiera hacerlo mejor, aunque suelan encontrar más ocasión en ridiculizar al republicano que al demócrata. Para criticar tu patria, no obstante, no se debe dejar de manifestar un cierto cariño y pasión por ella, que es lo que entrañan los finales, entre emotivos y chuscos, de cada episodio.

En el largometraje de Los Simpson se aprecia una desenvoltura semejante a la de la serie; las voces de doblaje son las mismas, las críticas son, si cabe, más atrevidas, más picantes y más duras, los efectos especiales lindan lo habitual de cualquier película del siglo XXI, los personajes no salen muy desfavorecidos –quizás se echa de menos un Bart menos sensible emocionalmente- y el guión, pese a la genialidad del conjunto, no alcanza esas logradísimas salidas de humor que nos hacen estallar en el asiento de nuestra casa.

Pero Los Simpson es una gran película y, sobre todo, una lección de cómo la ficción realista supera las complicadísimas y poco creíbles historias de Hollywood, lejanas al hombre corriente, que sin duda acostumbra a tratar en su trabajo o a tropezarse por la calle con sujetos como Homer. Dicen que los guionistas tienen muy escasas ideas y que por eso los cineastas, salvo algunas excepciones, repiten argumentos tópicos o recurren a los remakes. La película de Los Simpson –que a pesar de todo parece dejarse avasallar por el estilo del largometraje- demuestra que no es tan difícil hacer reír a la gente.

Tal vez algunos actores españoles, que idolatran la figura humana y el menoscabo del guión por reflejar la esencia de sus miserias sexuales y su carácter grosero, podrían aprender un poco de los dibujos animados. Pese a su piel amarilla, descubrirán que los Simpson son mucho más humanos, y más modernos, que muchos de ellos.

Siguiente
« Anterior