El ultimátum de Bourne. La última de la saga de Matt Damon

La película prometía ser el desenlace de un puente (la segunda de la saga, El mito de Bourne) que a mi gusto había dejado mal sabor de boca, por su simplicidad de argumento, pese a que por fin conociéramos el verdadero nombre del imparable Jason Bourne y se saldara con la desaparición de Treadstone. La tercera de la serie, sin embargo, improvisa una nueva trama que conecta con los verdaderos orígenes de la amnesia del héroe y la reconstrucción de su sombrío pasado. Con una Pamela Landy eclipsada por la obstinación de Noah Vosen, su jefe, Bourne logrará burlar de mil maneras los controles de la CIA hasta penetrar en los agujeros más sucios de la organización y encontrarse cara a cara con la realidad.

Dicen los críticos que los bruscos movimientos de la cámara impiden apreciar las escenas trepidantes que nos regala este último episodio de Paul Greengrass. Desde que empieza hasta que acaba, casi no hay respiro. La verdad se descubre, pese a todo, en momentos reposados dispersos, a modo de rápidas confesiones y revelaciones imprevistas que por un breve lapsus interrumpen la persecución constante, ya sea en Moscú, ya en Londres, ya en Tánger o Nueva York. A mi juicio, es cierto que en algunas peleas no se distingue nada, y que también sacrifica escenas afectivo-sentimentales por conservar la uniformidad de la acción, pero nada de esto le hace perder la intriga ni la emoción que es lo que, al cabo, buscan todos los amantes del género.

A Julia Stiles (Niky Parsons) se le da un papel simbólico e innecesario que aspiraba a sustituir al que interpretaba Marie St. Jacques (Franka Potente) en la primera película. Pero el romance es un aspecto que el director sólo insinúa sin que llegue a producirse. Con todo, es un aspecto que la saga trata de eludir desde el asesinato de Marie, quizás para expresar una mayor frialdad y en beneficio de unas secuencias que no se detienen ni quieren hacerlo. En El ultimátum de Bourne las personas, sin renunciar a su apariencia, dejan de ser personas. El propio Bourne manifiesta en cada movimiento su enorme capacidad perceptiva y su intuición trepidante, pero su enorme potencialidad está tapada bajo su figura anónima, su carácter siempre frío y la brutalidad de sus sentimientos absolutos. Una idea fija sustituye a la persona corriente, un objetivo casi indefinido y que, cuando se descubre, sólo da lugar a una angustia reflexiva, una repulsa tremendamente pedagógica, propia de un ducho prisionero más que de una mente excepcional.

La trilogía, basada en el tópico del falso culpable –la novela de Robert Ludlum–, que no deja de recordar a El fugitivo pese a las distancias, gustará mucho a quienes se han cansado de James Bond. O eso es lo que dicen, quienes se han jactado de presentar a Jason Bourne –al final siempre se impone su nombre de guerra, o de inocente- como el antihéroe del agente británico. La acción de Bourne, sin embargo, depende fructuosamente de la persecución de coches, la doble escapatoria ante las propias cámaras de la CIA, las típicas llamadas telefónicas del perseguido para decir al perseguidor “¡Estoy aquí!”, o a Pamela Landy: “Te estoy viendo” y la penúltima persecución por los tejados de Tánger, único momento en que el final se imagina mucho más funesto del que acaba por producirse.

En definitiva, que es una de esas películas que un servidor, sin que se considere un experto cinematógrafo ni un fanático del género, recomienda ver en pantalla grande y sin palomitas. Un día que esté aburrido, que su mente no exija algo más educativo y menos excitante. Pensará el lector que me paso la vida en el cine, y no es verdad, porque soy poco cinéfilo, es decir, poco butacófilo, y sigo amando los clásicos de Alfred Hitchcock, Frank Capra, John Ford y Billy Wilder, que a veces veo tumbado en el sofá de mi casa. Qué se le va a hacer.

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3 comentarios

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El Cerrajero
admin
00:38 ×

Precisamente el epiléptico movimiento de cámara hizo que esta película me decepcionase profundamente.

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08:38 ×

A mí tampoco me gustó. Es mareante y confusa.

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Ruth
admin
14:52 ×

Las cosas como son, nunca me ha gustado salir de un cine más mareada que si hubiese pasado esa hora y media-dos horas en un barco por el Estrecho. Pero aunque en algunas escenas tanto cambio de cámara llega a dejar al espectador sin aliento como si la carrera se la estuviese pegando él, en líneas generales eso le da cierto puntillo a la pelicula. A mí sí me gustó, pero el empeño en mostrar a Jason Bourne como un tipo sin sentimientos (tras haber demostrado que los tenía, con Marie)le deja a una con la miel en los labios respecto a la relación con Nicky Parsons.
Por lo demás, el que fue al cine y no le gustó ya sabía a lo que iba tras dos películas de la saga.

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